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Buenos Aires siempre ha estado abierta a los grafitis, desde el tradicional “fileteo” de comienzos del siglo XX, con textos cortos que reivindicaban la sabiduría popular, hasta las primeras pintadas políticas de los 40 y 50. En los 70, el aerosol permitía escritos clandestinos rápidos y efectivos con consignas políticas. En los 80, las “tribus” urbanas aparecieron con diferentes técnicas, mensajes y formas de expresión.
En la última década se pone en práctica una ritualidad distintiva que delimita y protege el espacio de cotidianeidad de los jóvenes. Para Mónica Lacarrieu, antropóloga y doctora en Filosofía y Letras, “el grafiti es una marca territorial que procura comunicar aspectos vinculados a cierta realidad social. La exhibición pública de esa estética es una forma de segregación, a partir de la cual el grafitero intenta ser distinguido por su práctica y su mensaje”.
En general, a medida que inician su práctica, los grafiteros se van incorporando a grupos juveniles acordes a sus expectativas, dice IfesYard (22). Al igual que Nito (20), un grafitero del Conurbano que considera su grupo de artistas amigos su segunda familia.
También el muralista Pelos de Plumas (27) comenta que si bien algunas veces pinta solo, muchas otras se junta con amigos para realizar obras de mayor envergadura. Según la psicóloga social Patricia Caballero, “en estas agrupaciones predomina la proxemia, es decir, la importancia asignada a la calle para la transmisión de sus mensajes”.
Los grafiteros conforman grupos nómades que la calle aglutina. La tecnología favorece la articulación entre ellos y desde las redes sociales adquieren mayor visibilidad. Para Claudia Kozak, doctora en Letras y autora del libro Las paredes limpias no dicen nada, el grafiti permite reconocer territorios.
Kozak aporta el caso de grafitis que se repiten durante cuadras y luego abruptamente se interrumpen, “lo que hace pensar en la delimitación de jurisdicciones que evidencian fuertes lazos de cohesión grupal sobre el espacio barrial y manifiestan un juego de disputas y tensiones en la ocupación del territorio”.
Es muy interesante la experiencia generada en el sitio web GRaFiTi: Escritos en la Calle (www.escritosenlacalle.com). Ahí cada grafitero sube una imagen de su obra, la titula y la ubica geográficamente en un mapa.
Los jóvenes al mando. La especialista en subculturas juveniles y autora del libro Tribus urbanas, María José Hooft, considera que –sin perder la identificación entre ellos– en los últimos tiempos estos grupos priorizan su agrupamiento por cuestiones estéticas, artísticas y afectivas.
Más allá de las clases sociales, “se reconocen basándose en cuatro componentes centrales: la estética, la música, los lugares y la territorialización”. Y cuenta Hooft que existe cierta movida “oscura” en torno a la Galería Bond Street, el Palacio Pizzurno, el Cementerio de la Recoleta, el Jardín Japonés y zonas de Belgrano.
Caballero agrega que la asociatividad de grupos sirve también para incrementar los recursos de cada individuo. Estos lazos solidarios potencian capacidades y perspectivas, y amplían experiencias.
Los jóvenes grafiteros suelen ser estigmatizados, o vistos como productores de arte callejero. Lacarrieu considera que esa idea de “cultura alternativa” coloca a un grupo social determinado por fuera del orden dominante.
El crítico y diseñador Javier Clemente sitúa al grafiti como emergente de un conjunto complejo de condiciones: la localización específica, la influencia social, la situación política, los acontecimientos personales del autor. Ilustrando esta situación, el joven Eduardo Greco (15) cuenta que hoy se siente cómodo practicando Parkour, una técnica de desplazamiento en grupo.
No obstante su alto valor estético, resultan ser ilegibles para gran parte de la población. Y esto ha detonado algunas políticas públicas dirigidas a reducir tal tipo de expresiones callejeras, como ha hecho el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con su Unidad Antigraffiti, que sale a la calle a eliminar todo rastro posible de ellos. Cualquiera sea la técnica utilizada, el grafiti le “grita” a la indiferencia ciudadana. Para Claudia Kozak, sus significaciones indagan sobre cómo los individuos utilizan (o, en este caso, leen) el espacio en el que viven. De este modo –sostiene–, “el grafiti supone otra manera de habitar la ciudad, cubriéndose con significados imprevistos y heterogéneos surgidos de su contacto con la escritura callejera”. Para Lacarrieu, “busca disputar un lugar de reconocimiento tanto territorial como social, y se ha convertido en un recurso de inclusión social para muchos grupos vulnerables y vecinos de barrios relegados”.