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Un estalinista en prosa

  • Por Quintín | 28/07/2012 | 23:03
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Mi antipatía por Damián Selci se remonta a cinco años atrás, cuando leí un artículo suyo y de Claudio Iglesias que proclamaba la necesidad de una purga estalinista en el ámbito académico. Selci e Iglesias sostenían que “es oportuno responder con una revalorización implacable del estalinismo y sus técnicas” y elogiaban “el espectáculo motivador de las autocríticas y los fusilamientos como motor de legitimación permanente de la conciencia política colectiva”. Como broma es repugnante, pero en la Argentina es de buen tono actuar como si el estalinismo nunca hubiese existido, por lo que sus muertos no merecen el respeto que se les otorga a las víctimas de otros genocidios.

Si Selci (Buenos Aires, 1983) se confesaba estalinista en 2007, era perfectamente previsible que 2012 lo encontrara militando en La Cámpora, según afirma en una entrevista reciente. Selci dice que Cristina Kirchner “es la figura que permite que los de mi generación sientan que estamos teniendo una juventud. (...) Cristina significa que el país se convirtió en algo muy interesante y empezás a valorar a tus compatriotas”. El argumento es un poco mesiánico pero suena sincero: desde las juventudes hitleristas a las islámicas se considera que el líder es dador de vida.

Eterna Cadencia acaba de publicar Canción de la desconfianza, la primera novela de Selci, que resulta una extensión de su combate político por otros medios. El libro no es un panfleto sino más bien una especie de Retrato del artista como joven cuadro. Mientras acompaña los pensamientos del protagonista Styrax, la narración anota con minucioso goce la fealdad de su entorno. Hay mucho de Marechal en la novela, de Adán Buenosayres y de Megafón: el barrio, el joven edénico, el grupo de conspiradores, la guerra simbólica entre el Bien y el Mal que adquiere aquí la forma de un homenaje al secuestro de Aramburu. Styrax y su célula se apoderan de un estudiante para reclutarlo tras reformar su conciencia educada por la burguesía.

Lo más flojo de la novela es la pintura del bando de los burgueses, a quienes Selci llama “Esclarecidos”, aunque ese nombre debería servir para distinguir a los propios más que el de “Empecinados”, cuyo origen se remonta a un guerrillero español del que se ocupara Galdós. En todo caso, Styrax sería un empecinado esclarecido, siempre activo, siempre pensante, mientras que el enemigo está formado por un conjunto de borregos programados para el vicio, la debilidad y la pereza. Styrax es un moralista de vida estoica, proscribe las drogas, reniega de las diversiones gregarias y abraza el ascetismo. Cuando disfruta de una medialuna, se disculpa mediante este extraño giro: “Nadie está salvo, cada tanto, finalmente, de un ataque de pura emoción preedípica”. Por lo demás, Styrax vive rodeado de mugre, come porquerías y viene de cuatro años sin tener sexo. Ese rechazo a todo hedonismo que no sea el pensamiento revolucionario es propio de un socialista de Juan B. Justo, o de un positivista de José Ingenieros. Pero las obsesiones pedagógicas de Styrax son las de Selci: hablar como vanguardia del pueblo, adorar la ciencia y el Estado, predicar la necesidad del Terror en la historia.

Canción de la desconfianza revela trabajo y no carece de méritos. Entre ellos, el de observar con atención el deterioro material de una buena parte de la clase media y exponer el profundo conformismo de la era K, cuyos artistas parecen condenados a trabajar para el poder y a celebrar lo que se tiene. Si Proudhon hacía filosofía de la miseria y Marx decretaba la miseria de la filosofía, Selci les canta a la filosofía y a la miseria. La combinación vuelve árida la prosa y gris el mundo, pero expresa una síntesis plausible de la vida intelectual argentina.

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