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Los caminos de la crisis (III)

  • Por Eliseo Verón | 28/07/2012 | 23:31
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Cómo conceptualizar la crisis, cómo pensarla, me preguntaba, desde Italia, en mi columna anterior. ¿Visible, invisible, para quiénes, cómo, por qué? De estos temas seguí conversando estos últimos días, razonando, interrogando. Con una creciente sensación de confusión. En ese contexto y a propósito del papel de los medios en situaciones de crisis, aquí va una: entro en internet y me encuentro sorpresivamente con los comentarios del vicedirector de La Repubblica, introduciendo el video “Repubblica” del miércoles 25 de julio, en el sitio internet del diario. Primero me quedo asombrado, y después mis neuronas aplauden.

Rodeado de sus principales editores, el señor Cresto-Dina dice: “Es con un sentimiento de obscuridad que cada día abrimos los diarios, y como nosotros todos los ciudadanos, porque estamos frente a una situación que se ha vuelto casi incomprensible y de difícil lectura, una carrera que no lleva a ninguna parte. Parece que todo lo que las instituciones, los gobiernos europeos, están intentando hacer para encauzar la tempestad que amenaza al euro, no sirve para nada. (…) Hay una paradoja en todo esto. Porque del miedo debería venir una solución, una solución que debería ser claramente política. Porque el ataque es político. En este momento la política financiera europea la están haciendo los especuladores y los lobbies económicos; son ellos los nuevos gobiernos de Europa. Se necesita por lo tanto una respuesta política (…) El espléndido aislamiento de Alemania no puede durar… La única solución en las próximas semanas es una reacción política de Europa, que debe encontrar una unidad (…) Este es el único camino para superar un mes de agosto que se anuncia terrible, y para salvar al euro”.

En la sociedad civil hay una suerte de visibilidad fragmentada, que por lo tanto no puede disipar la obscuridad general. “La crisis no es una cosa visual”, me dice Pasqualino Cervellini, patrón  de un excelente restaurante de la región de Le Marche. La gente sale igual, las calles están llenas, como antes de la crisis, pero el sábado, la familia, en lugar de una gran cena de pescado sale a comer pizza: esa diferencia es invisible, salvo para los profesionales de la restauración. En su interpretación, enseguida aparece el miedo: “la gente tiene miedo, siente que no hay futuro”. Y de golpe, hablando de sí mismo, Pasqualino me sorprende al usar el término “melancolía”: tras una vida de trabajo alimentado por la pasión de preservar la calidad (“si en Italia, uno de los países turísticos más hermosos del mundo, descuidamos la calidad, estamos definitivamente perdidos”), Pasqualino siente que no hay el más mínimo reconocimiento de ese esfuerzo, por parte del Estado: “es una frustración muy grande”. ¿Qué hacer? Escucharnos, y empezar a comprender los problemas que tiene cada uno, dice Pasqualino a propósito de un viejo proverbio (que yo no conocía) según el cual la persona inteligente tiene las orejas grandes y la boca chica.

Múltiples perspectivas fragmentarias de la crisis, cada una desde un nicho profesional o laboral específico, que se entrecruzan… ¿dónde? Es como si estuviera operando una dinámica disipativa, que no encuentra por el momento un punto de equilibrio donde la imagen de lo que ocurre pueda estabilizarse. Conversación con mi amigo Umberto Eco, este último martes. “Hay esa diferencia entre la temperatura real y la sensación térmica, ¿no? –dice Umberto–. Nunca entendí cómo se establece esa diferencia, pero con la crisis está pasando algo comparable: la crisis real y la crisis percibida”. Me sonríe: “Tu y yo formamos parte de esa numerosa clase de gente que no puede dar explicaciones técnicas de la crisis”. Parece que los economistas tampoco (pienso yo, pero no lo digo, porque no quiero desviar la conversación). ¿Qué relación hay entonces entre la crisis y la percepción de la crisis?, le pregunto. Después de una larga discusión, convenimos en que hay una compleja circularidad: la crisis real afecta de múltiples maneras la percepción de la crisis, porque los distintos sectores sociales viven en mundos diferentes y son afectados diferencialmente, y viceversa. “Mucha gente gana lo mismo que antes, pero el miedo le hace gastar menos”, prosigue Eco: percepción de la crisis que afecta de hecho la economía real, y alimenta la amenaza de recesión. Y la amenaza de recesión aumenta el miedo.

¿Qué hacer? (mi eterna pregunta). “Lo que pasa –me contesta Umberto, anticipando lo que Cresto-Dina iba a decir al día siguiente– es que hemos comprendido que no depende de nosotros. Si los grandes intereses financieros quieren hundir a Italia, la van a hundir”. ¿Podrá el miedo provocar una respuesta vigorosa de la clase política? Parece que en el mes de agosto tendremos la respuesta.


*Profesor plenario, Universidad de San Andrés.

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