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A través del espejo

  • Por Rafael Spregelburd | 03/08/2012 | 22:18
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Hablemos de lo que no se puede. Argentinos y chilenos jugamos un juego en el que la hilera confusa de nieves de los Andes hace las veces de espejo deformante. Como en la Casa de la Risa del Italpark, este espejo muestra lo que es ancho de un lado angosto del otro; lo que es progre en una cara, represivo en su simétrica imagen espejada; lo que es natural de un lado, alienado del otro. Lo simpático del juego (que casi siempre termina con estúpidos nacionalismos) es que no está del todo claro si los reflejos son reales o fabulados, y –sobre todo– cuál es el lado real del espejo, y cuál la divertida deformidad: Buenos Aires encuentra en Santiago –como en ninguna otra ciudad– su otro más temido. Y más amado. Que para eso es la alteridad.

Tal vez la simetría no sea tal: los pobres chilenos se fuman –por ejemplo– casi toda la farándula televisiva argentina, mientras que la venganza aún no opera en dirección contraria. Asimismo, los santiaguinos acomodados viajan a Buenos Aires asiduamente, tal vez porque su poder adquisitivo es mayor, mientras que los porteños, si viajan, se van quién sabe a dónde.

Toda charla transandina desemboca en riñas infantiles que llevan por sujetos las palabras “nosotros” y “ustedes”. Es natural, casi biológico: así es como pelean los hermanos. Buenos Aires es sucia, un basural; Santiago reluce de limpieza a fuerza de vigilancias varias. En Buenos Aires la vida es más bohemia; en Santiago el acceso a la cultura es para pocos. Las catástrofes son naturales en Santiago; en Buenos Aires involucran en cambio empresas ferroviarias, colectivos, concesiones mal llevadas, corrupciones humanas diversas. Estudiar en la UBA es “gratis” (las comillas son mías, y señalan la condición juguetona de la superficie de este espejo); en Chile, hay que endeudarse con un banco de por vida para estudiar cualquier cosa, sobre todo si esta cosa implica compra de libros, y en general será una cosa para la que después no habrá mercado laboral. Las artes (sobre todo las performativas) pueden en Buenos Aires aspirar a una “sofisticación más o menos universal” (otra vez las comillas son mías y de nadie más) porque pueden optar por no machacar sobre lo obvio (por ejemplo, que está mal matar seres humanos); en Santiago, el teatro es universitario y –por ende– carga el lastre de todo humanismo y suele poner su voz enteramente al servicio de –¡ay de este “mal”!– ofertar lo obvio. Los funcionarios argentinos oscilan entre el cancherismo, la inutilidad, el caripeleo y la simpatía; los chilenos pueden ufanarse de su pasado represor sin restricciones y tales declaraciones no hacen más que ganarles votos. El caso de Cristián Labbé, apodado “La B., o La Bestia” (las comillas no son mías sino de ellos) es bien conocido pero irrelevante: pese a haber admitido los secuestros, torturas y asesinatos propios de su rango, pese a haber usado fondos públicos para el libro homenaje al General Krassnoff: «Miguel Krassnoff: Prisionero por servir a Chile», pese a haber afirmado que cerraría los colegios tomados en las revueltas y haber expulsado a los alumnos “extracomunitarios” (de otras comunas), los habitantes de Providencia siguen votándolo. Los vecinos de Ñuñoa afirman que es porque en Providencia hay mucha vieja pinochetista. Pero la comuna de Ñuñoa también goza de un alcalde de ultraderecha. Como todas las demás comunas por las que consulté. Porque Santiago, a diferencia de Buenos Aires, sí está dividido en comunas más o menos independientes: los buses van del color de su comuna, y si son intercomunales (para el caso insólito en que alguien deba ir de una comuna a otra) van de blanco. Un diseño simple que pretende señalar, simbolizar, hacer visible la procedencia, el destino, el poder adquisitivo.

Por la tarde, hermosa en esta ciudad hermosa, quiero ir a tomar un chocolate con unos amigos. Pero ellos tienen la mala idea de tener una niña. Los niños a este lado del espejo tienen prohibición de entrar en los bares. Esto es porque en los bares se fuma. La interdicción es algo natural en cualquier ciudad. En Buenos Aires, por ejemplo, se ha decidido prohibir fumar, que es algo asqueroso, enfermizo e inexplicable. Aquí lo que se prohíbe son los niños. Mis amigos –ya resignados a la lógica de este lado del Ande que les ha tocado en suerte– me ofrecen el chocolate más exquisito dentro de su casa. Intramuros. Porque hablemos de lo que no se puede: intramuros, a ninguno de los chilenos parece gustarles cómo anda Chile.

Intramuros a nosotros tampoco parece gustarnos Buenos Aires. Que no estuvo ni estará bueno, al fin y al cabo.

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