Publicado en edición impresa de el miembro mas antiguo de greenpeace en la argentina  

Cómo ser ambientalista en un país donde el tema interesa poco

Leonardo Silva tiene 37 años, y un cuarto de siglo –el mismo que lleva la organización en nuestro país– trabajando en sus filas. Empezó a los doce como voluntario, ordenando recortes, fue preso, formó gente y hoy dirige las acciones que se hacen en la vía pública para llamar la atención sobre un tema. Dice que, en un país sin políticos preocupados por la agenda verde más que en tiempo de elecciones, la conservación la defiende la gente, que toma las causas como propias.

  • Por Clara Fernandez Escudero | 03/08/2012 | 22:23
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Riesgos. Cuando cumplió la mayoría de edad, Silva estuvo habilitado para salir a hacer acciones. Una de las primeras fue colgado de un edificio, en Africa.

Riesgos. Cuando cumplió la mayoría de edad, Silva estuvo habilitado para salir a hacer acciones. Una de las primeras fue colgado de un edificio, en Africa.

A los doce años, a Leonardo Silva no le importaba restarle tiempo al fútbol, ni al colegio, ni a los jueguitos electrónicos ni a las chicas; un interés que, confiesa, llegó un poco más tarde. Tres veces por semana, cuando terminaba la jornada escolar en el Euskal Echea de Llavallol, se tomaba un largo colectivo hasta Congreso. En la Capital no estudiaba idiomas ni aprendía a tocar un instrumento: durante horas, encerrado en una oficina de dos ambientes con otras cinco personas, ordenaba recortes de diarios.

Los recortes –que al principio eran apenas unos pocos, pero media década más tarde ya llenaban un par de sobres– daban cuenta de la irrupción, tímida al principio y con más fuerza cada vez, de una organización que ya llevaba más de una década en Europa y Estados Unidos, pero que en estas latitudes era todavía, simplemente, sinónimo de “esos que se juntan para salvar ballenas”.

Para Leonardo, Greenpeace era otra cosa: se había transformado en parte indisoluble de su vida. Veinticinco años más tarde, el todavía muy joven Silva –tiene 37, una mujer dedicada al ambientalismo y un hijo al que está a punto de ir a buscar al colegio en bicicleta– es, en realidad, un veterano: es el miembro más antiguo de la oficina local y, hoy, su director de Logística. Es decir, quien se encarga de organizar las acciones –que no suelen pasar desapercibidas– que llevan a cabo los voluntarios para hacerse oír sobre un tema particular.

“Al poco tiempo de fundarse en Argentina, en 1987, un chico que iba a mi colegio les pidió permiso a los curas para darnos una charla sobre Greenpeace. Cuando terminó, le pregunté cómo podía hacer para colaborar. A los pocos días estaba en la oficina, ordenando los recortes”, dice, sentado en el comedor del edificio “verde” que alberga hoy a la organización en Buenos Aires.

Militante. Como gran parte de la población a fines de los 80, los Silva no eran especialmente dedicados al cuidado del planeta. La democracia era reciente, y cualquier tipo de organización desconocida despertaba interrogantes con reminiscencias de la década anterior: “¿En qué te estás metiendo?”. Pero Leonardo sentía que lo suyo iba por otro lado. “Lo primero fue el amor por los animales. No entendía el concepto de un pajarito como mascota”, ejemplifica.

En 1985, Greenpeace había saltado a las primeras planas de los diarios del mundo por el hundimiento del primer Rainbow Warrior, el barco emblemático de la institución. En Argentina, la opinión pública estaba ocupada con cuestiones más urgentes: entre otras, empezaba el juicio a las Juntas.

“‘Qué lindo lo que hacen, pero ¿quiénes son?’, me repetía mi viejo. Ellos eran militantes, pero no políticos, más bien religiosos, si tal cosa existe”, cuestiona. “Misionaban en villas, daban apoyo escolar, catequesis. Todo el tiempo libre que tenían lo dedicaban a eso. Sus inquietudes iban por ahí.”

Al plantearse su futuro universitario, no pudo elegir el que define como “el cliché de los ambientalistas”, biología marina: no quería irse de Buenos Aires, y sólo podía hacer esa carrera en Mar del Plata o en Puerto Madryn. Se decidió por la publicidad, pero no terminó. “Mi verdadera novia era Greenpeace, porque todo el tiempo libre que tenía se lo dedicaba a eso”, se ríe. “Estaba buscando mi identidad, y era un lugar donde formarme, aprender; pero al mismo tiempo se había transformado en un compromiso que no podía dejar”. Pasó a ser miembro del staff, pero “lo único que tenían para ofrecerme era de cadete”. A los ocho meses, como “estaba todo por hacer”, lo nombraron coordinador de voluntarios. El resto es historia: fue preso varias veces y aprendió a escalar, a colgarse en las alturas, a enfrentarse a quien hiciera falta. Pero no al principio: hasta que cumplió los 21, mandaba a los voluntarios más grandes que él –hay que ser mayor de edad para participar de las acciones en los espacios públicos– a poner el cuerpo. La cumbre de Río de Janeiro, Eco’92, fue la “mayoría de edad” del ambientalismo en el mundo. El tema había explotado. Hasta entonces, aquí, “nadie sabía que Greenpeace existía. En veinte años, a mí, que todavía soy joven, me sorprende la transición de cómo pasó de ser algo que nadie conocía a una institución de la que habían escuchado hablar, pero que no sabían que estaba en el país; y luego, a algo totalmente masivo”.

En Argentina, Greenpeace tiene hoy casi cien mil socios activos, que donan dinero para que la organización se mantenga –la forma en la que se sostiene en todo el mundo– más un millón de ciberactivistas: “Nosotros lanzamos una denuncia, y al instante activamos nuestras redes. Ese cambio es fundamental: los pedidos llegan directamente a quienes estén involucrados –los gobiernos o las grandes corporaciones– casi inmediatamente. Si denunciamos la tala indiscriminada en el Chaco, el mismo día la Casa de Gobierno recibe 200 mil mails y llamadas telefónicas reclamando, pidiendo respuestas, exigiendo explicaciones”, se entusiasma.

Un tema verde. “Las cuestiones ambientales son parte de las agendas políticas en épocas de campaña, todos hablan de eso hasta que asumen los cargos. Y no es solamente responsabilidad de este gobierno: las agendas son deficientes históricamente”, dice Silva. Lo que hacen desde Greenpeace es “estar a la vanguardia de reclamar a los gobiernos y a las grandes empresas que sientan el tema ambiental como una prioridad y no como un maquillaje, una herramienta de marketing o una salida elegante cuando el mal está hecho. Nunca previenen, y minimizan lo que pedimos, que el uso de los recursos sea sustentable, pueda autorregenerarse. Lo contrario de la minería”, ironiza.

“Acá existe, sobre todo, una gran disociación entre la gente y los gobiernos y las corporaciones. La gente ha tomado mucha más conciencia individualmente, a pesar de la desinformación que hay, casi adrede, que los grandes actores. Greenpeace es sólo una pequeña parte de una serie de organizaciones a nivel mundial que mueven una agenda que la gente ha tomado como propia y de la que se hace cargo. La legitimidad que tenemos a nivel local no la teníamos hace 25 años, y a esa legitimidad, la que te da la gente que piensa como vos, es a la que más les temen los políticos y las megaempresas: a que no somos cincuenta tipos que salimos a la calle, sino que hay 100 mil que piensan –y pagan para sostenerlo– que el medio ambiente es un tema prioritario y varios millones más que nos acompañan en cada acción que emprendemos.”

Como cuando tenía doce años, Leonardo es, básicamente, un optimista empedernido. “Una acción, que no es más que un mero acto de rebeldía que busca comunicar que hay algo que está mal, en sí no logra nada. Pero si eso se reproduce y cambia algo concreto, a partir de ahí sólo puede construir para arriba”, sostiene. Sus padres evangelizaban a través de la religión. El es un evangelizador “verde”. Es que lo que se hereda no se roba: sólo se transforma.

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