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Si hace una semana Londres se me hacía una ciudad manoseada por una muchedumbre multinacional que no estaba en aquellos días fundacionales de marzo de 2011 en los que descubrí asombrado un Parque Olímpico que hoy se me hace una postal aburrida de un sinfín absurdo, hoy me ha invadido el barrio.
Bastó que comenzara el atletismo para que miles de londinenses –y de los otros– descubrieran Stratford, un extremo este despreciado y reservado hasta hace poco para los restos de patéticas fábricas de industria pesada caídas en desuso desde que se modernizaron las guerras. Entonces, ya la esquina de High Street y Warton dejó de ser mía y llegar al súper fue imposible sin antes explicarle a siete gringos cuál era el mejor acceso para el Estadio.
Mi barrio dejó de ser mi barrio. Pero tuve mi premio: disfruté del día mágico de Germán Lauro y celebré su noche de ensueño sentado arribita nomás de la llegada de los que corren.
Una final olímpica, cuatro mejores marcas personales, tres récords nacionales y un sexto puesto. Quién lo hubiera dicho. Ustedes saben que venimos hablando del tema hace rato. Pero jamás de tanto, todo junto y el mismo día. Lauro, el de Trenque Lauquen que tira con giro porque mide mucho menos que los gigantes que lo rodearon anoche, acaba de dejar su mensaje. No tengo ni idea de quién pondrá la oreja. Ni de si será capaz de entender el mensaje.
Tampoco sé si habrá un alguien para escuchar y comprender a Suárez y a Rosso, los que metieron un bote compuesto argentino en una final olímpica por primera vez desde Cappozzo y Guerrero en Helsinki.
Con historias como éstas se pasan bien rápido estos juegos. Y se tolera que ensucien el paisaje del barrio.
Hasta se me va la calentura por el partido que Federer le ganó a Del Potro. Miento. Ese partido no me dejó caliente, sino un poco triste porque creo que el chico de Tandil se creyó en serio esto de ser olímpico. Y sólo creérselo podrá darle algo de ánimo y de resto físico para intentar la de bronce. Aunque ya no sea lo mismo.
Pero fue tan groso el partido que jugó Juan Martín que no puede darme bronca. Bronca me da lo innecesario, la displicencia, el no animarse. Y Del Potro acaba de volver a ser ese jugador que merece que sus colegas más encumbrados le cuelguen el rótulo de heredero. Sospecho que el enorme partido que jugó ayer provocará un efecto derrame en su futuro en el circuito. Fundamentalmente porque lo tuvo contra las cuerdas a uno de los tres mejores tenistas que vi en mi vida –yo agrego a McEnroe y ustedes pongan el restante; me da igual– en la cancha preferida del maestro. Wimbledon supo ser el patio de Boris Becker, pasó a ser el jardín de Sampras y hoy es la chacrita de Federer. Ahí se hizo patrón Del Potro. De ahí se fue moqueando porque el dueño de casa juega menos que hace cinco años, pero es más sabio que entonces.
Para muchos será incomprensible que una serie de buenas noticias compensen mi reclamo vecinal. Si, al fin y al cabo, llegamos a sábado sin siquiera un puto bronce.
Son ataques que me dan de vez en cuando. Ataques de estúpido conformista que se siente satisfecho con el placer del goce mismo sin que el resultado final sea el eterno condicionante. Son esos ataques que me impiden medir la emoción del momento olímpico según se suban o no mis muchachos al podio. Al fin y al cabo, si bien me despierto todos los días a las 6 mirando el espantoso Orbit pidiendo a la memoria de Sir John Gielgud una pequeña medallita para mis amigos, yo pasé mi adolescencia sin sumar ni una en los podios de Montreal, Moscú –ahí ni fuimos– y Los Angeles.
De tal modo les pido que me permitan seguir disfrutando de estas pequeñas cosas y le expliquen a los que se preguntan por qué ahora que hay más plata no llegan las medallas que el único lugar en el que el dinero garantiza un trofeo es en un negocio de la calle Cangallo que hacía publicidad en la vieja Oral Deportiva.
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