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Eran otros tiempos. Otros atletas, otros dioses, otras civilizaciones. Sobre todo, era otra historia. Los que competían estaban desnudos, simplemente porque la religión no condenaba al cuerpo. Los Juegos Olímpicos honraban al dios Zeus y, para hacerlo, se suspendían las guerras. Durante el tiempo de la competencia, los soldados dejaban sus armas y viajaban a Olimpia, transitando libremente por territorios enemigos. Desde siete días antes hasta siete días después, había paz.
Así fue, por lo menos, desde el 700 hasta el siglo II a.C., cuando Roma los conquistó. Luego, los cuerpos se cubrirían y el nuevo dios no vería la paz como una manera de honrarlo. Lo alabarían de otra manera. Por ejemplo, incendiando la Biblioteca de Alejandría, donde se reunía todo el saber que había alcanzado hasta entonces nuestra civilización.
En nuestro agosto de 2012, mientras los atletas compiten, las guerras continúan. Supongo, lector, que si vio la escena debió intuir la insensatez humana: los representantes de Siria desfilando con su bandera, ante el secretario general de las Naciones Unidas, el señor Ban Ki-moon, mientras la muerte arrasa a su país en estos días, cuando la guerra se expande y toma otra dimensión.
Los combates se concentran en Alepo, la capital económica siria, donde comenzó la utilización masiva de los grandes medios militares que posee el gobierno. El desastre humanitario es inmenso: 200 mil personas huyeron de la ciudad. La intensidad del combate permite suponer que no es probable que el conflicto se mantenga mucho tiempo.
La batalla de Alepo es decisiva. Así lo reflejan los corresponsales, quienes unánimemente sostienen que ninguna de las dos partes podría soportar la pérdida de ese territorio. Si en Alepo se juega el destino de la guerra, es probable que en los próximos días asistamos a una escalada de las presiones internacionales: Rusia y China por un lado, las potencias occidentales por otro.
Resulta, ante estos hechos, notoria la ineficacia del sistema de seguridad colectiva, basado en las Naciones Unidas, que sólo funciona para resolver conflictos si hay acuerdo de los miembros permanentes. El problema es que, lógicamente, los mayores conflictos se caracterizan por el desacuerdo de las grandes potencias. Como verá, lector, es un sistema que sólo sirve cuando no sucede ninguna amenaza grave a la paz y a la seguridad.
Recuerdo en 1993 la posición china sobre Haití. En una de las reuniones informales del Consejo de Seguridad, donde se discute abierta y duramente, cuando sugerí en mi informe la adopción de una resolución, el representante chino dijo que siendo un problema de otra región que no los afectaba, no vetarían. Era un tema de la “pequeña seguridad”.
En la medida en que la brecha entre Occidente y China-Rusia aumente, veremos la creciente pérdida de relevancia del Consejo de Seguridad y de los órganos políticos de las Naciones Unidas.
En Siria, la paz global puede estar en riesgo porque el enfrentamiento podría involucrar militarmente a otros Estados. Israel teme que Bashar Al-Assad pueda usar su vasto arsenal de armas químicas si la situación en Alepo le resultara adversa.
Para los israelíes, éste no es un mero debate de política exterior. Desde las Alturas del Golán, ven la guerra y el humo, oyen los disparos de artillería.
¿Podría Siria usar ese arsenal químico? ¿Podría pasarle esas armas a Hezbollah? Estas hipótesis no son fantasiosas. El Pentágono ya estableció que para atacar los lugares que concentran el arsenal químico sirio serían necesarios 75 mil soldados. Esos centros, donde trabajan 10 mil personas, sólo están a 20 kilómetros de Alepo.
Danny Yatom, ex jefe de los servicios de inteligencia israelí, dijo: “Si tuviéramos la información de que Hezbollah va a poner sus manos sobre estas armas no convencionales, no ahorraremos esfuerzos para impedirlo”. A su vez, el primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó, la semana pasada, que ése es un “casus belli”.
Si consideramos que ante los graves riesgos del drama sirio no tenemos un sistema eficaz que asegure la paz, es útil preguntarse si el actual liderazgo de las principales naciones está preparado para hacerlo. Lo que menos desea Barack Obama es que, en estos cien días que restan para las elecciones en Estados Unidos, su país ingrese a un nuevo conflicto, con los posibles costos políticos. Obama no podría, por otro lado, perder Siria. Sería su catástrofe.
De todos modos, el señor Obama ya sabe cómo son los asuntos del mundo. En cambio, el caso de su competidor, Mitt Romney, es preocupante. Su falta de preparación, claramente exhibida en su reciente gira por Europa e Israel, no lo hace el mejor dirigente para asegurar la paz.
El semanario alemán Der Spiegel sintetizó el fallido intento del republicano: “Sólo estuvo una semana afuera, pero los palestinos lo acusaron de racismo, los británicos están molestos y los sindicalistas polacos no lo quieren. El viaje de Romney por Europa y Medio Oriente fue estropeado por una torpeza tras otra”. Esa publicación también recuerda que Romney conoció Europa cuando era misionero mormón. En dos años, convirtió a veinte personas.
No parece tranquilizante que en un conflicto como el que ocurre en Siria, con todos sus riesgos, el ocupante de la Casa Blanca sea el señor Mitt Romney.
En Moscú, la apuesta a favor de Al-Assad no deja dudas. Desde hace semanas, su tío y responsable de las finanzas del clan, Mohammed Makhlouf, está instalado en Moscú. La prensa progubernamental rusa sostiene que lo que sucede no es el resultado de una movilización de la población contra la dictadura de Al-Assad sino que se debe “a la acción de un movimiento terrorista liderado por extranjeros provenientes de Arabia Saudita, Qatar, Turquía, Estados Unidos y Europa”.
Al cerrar esta nota, llega la noticia de que el presidente Obama autorizó las operaciones encubiertas para apoyar a los rebeldes sirios. Así, con estas lógicas en juego, ausentes de mecanismos internacionales, parece razonable estar inquietos. Es natural echar de menos la vieja historia, cuando los dioses eran honrados con la paz.