Publicado en edición impresa de Sin medallas y con interrogantes  

La gloria no es eterna

  • Por Gonzalo Bonadeo | 04/08/2012 | 22:31
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No consigo recordar cuántas medallas llevaba ganadas la Argentina a esta altura en los Juegos de Atenas y de Beijing. Me queda claro que la distorsión real la provocaron, primero, Georgina Bardach con su epopeya en los 400 medley de 2004 y, luego, Paula Pareto en aquellos 12 segundos interminables e inolvidables de 2008. Gracias a nuestras dos gemas la Argentina consiguió meterse en el medallero por primera vez en la historia el primer día de competencias.

Otra distorsión la provocó el seleccionado de fútbol. En ambos casos, la subestimación periodístico-futbolera del torneo olímpico hizo que se considerara como una conquista menor a los que, finalmente, fueron los únicos títulos no juveniles de nuestro seleccionado en los últimos veinte años. Además, por un lado, desde las ordinarias trincheras de los productos presuntamente especializados en fútbol fue imprescindible minimizar un logro en un contexto tan ajeno para ellos como la Biblioteca Nacional.

¿Cómo legitimar un triunfo en un certamen en el que nuestras millonarias piernas se entreveran con sudorosos pesistas uzbecos, carnosas voleibolistas dominicanas o escuálidas maratonistas etíopes? Por el otro, que Bielsa haya sido el factótum de un título y la dupla Riquelme-Messi la del otro, fue demasiado. No sólo minimicemos esas medallas doradas –aunque no ganemos una Copa América ni pasemos de cuartos en el Mundial–, sino que evitemos volver a estar en esa cosa rara y repleta de deportes que no le importan a nadie llamada Juegos Olímpicos. Y lo logramos. El fútbol argentino hizo lo necesario para no llegar a Londres y para resignar la defensa de las dos conquistas más importantes logradas desde Pekerman y sus pibes para acá. Coincidencias de la depredación: nuestro fútbol no tiene Juegos Olímpicos; nuestro fútbol tampoco tiene más a Pekerman.

Hago énfasis en el asunto fútbol porque considero aquellas como las dos medallas más o menos sencillas ganadas por nuestra delegación en Grecia y en China. Basta recordar cómo se aseguró la plateada derrotando en semifinales por 3 a 0 a Italia y por 3 a 1 al Brasil de Ronaldinho.

Todas las demás, aquellas que hoy se reclaman desde distintos ámbitos –sospecho que también desde algunos escritorios de la política–, fueron tan difíciles y hasta azarosas como casi todas las que ganamos en la historia. Una historia que, por cierto, no es la de una nación líder al respecto. Hay números lapidarios: con la victoria de la posta 4 x 100 medley de anoche, Michael Phelps solo ya superó a la Argentina en el medallero histórico. Nada de esto que estoy explicando apunta a minimizar ni un poco las virtudes de nuestro deporte. Se trata de que entendamos que no venimos de una tierra que llega a los Juegos para llenarse los bolsillos de medallas ni invadir Facebook con fotos de nuestros podios. Se trata de dimensionar definitivamente la enormidad de los deportistas que nos dan de tanto en tanto ese tipo de alegrías porque, entre otras cosas, deben considerarse ante todo especies que se extinguirán apenas se descuelguen la medalla.
A veces, los argentinos nos lamentamos como si creyésemos que la desgracia es eterna. Es hora de asumir que la gloria tampoco lo es.

Ayer fue otro día sin medallas y que llenó de interrogantes el destino de equipos que siguen en carrera aunque no con la misma expectativa de podio. Al handball le está costando previsiblemente el debut olímpico. De todos modos, la ilusión de meterse en cuartos sigue vigente y depende de ganarle a Túnez, un rival de nivel similar.

La mano del vóley venía similar hasta que, anoche, le ganó a Bulgaria jugando, por lejos, el mejor partido del torneo. Con él no sólo le llegó la clasificación sino que reabrió la sensación de que un buen día y un cruce razonable puede regalarles una semifinal, instancia para la que, de antemano, no figuraba como favorito.
De cualquier manera, haberle ganado al único invicto que le quedaba al grupo ya convierte este estreno olímpico en algo positivo.

El básquet y Las Leonas han llegado acá con aspiraciones obvias de figurar entre los cuatro de arriba. A los de Ginóbili les está tocando jugar un torneo inestable, pero las cosas parecen ya no depender tanto de eso como de la inesperada derrota de España ante Rusia, que nos deja muy cerca de cruzar en cuartos con un rival que suele ser mala noticia para nosotros.

A las de Aymar, la enorme –por implicancia y por rendimiento– victoria ante Alemania diluyó la derrota ante Estados Unidos y borró las dudas que mostró ante Nueva Zelanda. Ahora un empate ante Australia le bastará para meterse, una vez más, entre las cuatro mejores de los Juegos y disputar por dos veces la ilusión de una medalla.

Como verán, los estados de ánimo cambian de un día para el otro y, aun pasando de una buena a una mala, hay que comprender que acá se trata de construir una performance íntegra en un torneo y no ya un puñado de partidos.

Que para andar sentenciando favoritismos y fracasos cada dos días ya está nuestro entrañable y flamantemente regresado fútbol.

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