Publicado en edición impresa de un conflicto sin solucion aparente  

La droga y nosotros

  • Por Aldo Neri | 04/08/2012 | 23:04
0
Comentarios
| Este artículo fue leído
0
veces

Empecemos por el final: en el largo plazo, pienso que la producción y la comercialización de drogas estupefacientes y su consumo estarán legalizados y sujetos a un marco regulatorio estricto, como sucede en los países más avanzados con las drogas hoy permitidas: bebidas alcohólicas, tabaco, o las medicamentosas. Y creo que esto es lo más razonable. Y habiéndome probablemente ya granjeado el rechazo de algunos lectores, agrego que no es bueno analizar fenómenos complejos, como el consumo de drogas, con métodos simplistas que llevan a recomendaciones ingenuas o sólo retóricas.

Escuchamos afirmaciones sobre la droga y la actitud de los países imperiales frente a los periféricos, o sobre los beneficios para algunos de la corrupción en la Justicia o la policía, o sobre su participación en la financiación de la política, o sobre el crecimiento del negocio del delito organizado, o reflexiones respecto de su cultivo y su distribución como economía de subsistencia para ciertas poblaciones marginadas; y como todos estos aspectos son ingredientes ciertos de la realidad de la droga, deducimos soluciones unilaterales que llevan al fracaso y a la frustración.

Y así como en la política recomendable arriesgué empezar por el final, propongo lo mismo en la cadena que lleva del arbusto o el laboratorio al consumo: empezar por el usuario de droga. Y fundamentalmente porque, antes que todas aquellas otras realidades que impulsan y caracterizan la droga, su consumo es un hecho cultural, síntoma y consecuencia antes que causa.
Lo que nos alarma es el auge, no su existencia. Sabemos intuitivamente que en cualquier sociedad y en cualquier época se encuentra todo: lo bueno y lo malo para la especie, pero lo que cambia es su extensión y, destaco, su valorización social. Y no es cosa distinta lo que sucede con hábitos que se expanden o restringen acordes a los cambios en ese contexto cultural, entre aquéllos la tendencia a refugiarse en “paraísos artificiales”. El auge que nos alarma va a la par de un ciclo en que la cultura parece incapaz de reemplazar a la fantasía fracasada del “progreso inexorable”, de un siglo y medio atrás, por un proyecto de sociedad amigable que aproveche los avances de la humanidad minimizando sus costos.

¿Por qué sorprendernos de que en esta sociedad cada vez más desigual, para peor sobreestimulada por la publicidad del consumismo, un joven se evada con droga? Los pobres de la Edad Media, en una sociedad jerárquica y rígida, aceptaban que los nobles comieran faisanes y ellos garbanzos porque los nobles eran pocos y lejanos, y no existía un aparato publicitario para convencer a todos de que comer faisanes era indispensable para ser feliz. Pero el mundo cambió, y uno se cruza permanentemente con las posibilidades que no tiene y otros muchos sí tienen. ¿Es entonces sorprendente que ello genere, además, resentimiento y violencia, desde que la democracia nos convenció de que todos somos iguales?

La droga será importante entre nosotros hasta que enfrentemos ese tipo de problemas. Claro, hay conflicto humano más allá del social: la necesidad de negar la muerte, y la de construir un mundo interior efímero e ilusorio pero gratificante; siempre estará la tentación de buscarlo artificialmente ante frustraciones o desventuras. Pero para revertir su auge hay que actuar sobre sus causas, y hay muchas cosas para hacer en este camino: la más tonta es penalizar y estigmatizar al consumidor, más allá de la discusión constitucional. Es un problema de salud pública, y como tal hay que encararlo. La sola represión del tráfico nunca alcanzará. Frente al alcohol, quizás la droga más antigua y universal, mucho más consiguió Inglaterra con el impuesto y la limitación de las bocas de expendio y la horaria que Estados Unidos con su ley seca.

Por cierto, siendo el consumo de drogas un fenómeno esencialmente cultural, las políticas y sus tiempos deben adecuarse a la idiosincrasia de cada sociedad: pocas medidas sirven igual en Finlandia que en Argentina. Gradualismo y motivación popular son parte de la receta. Y es bueno que el sistema político haya iniciado su discusión entre nosotros. Y quizás, tirando de la punta de este ovillo, descubramos cuánto tiene que ver con la cuestión social central que venimos soslayando.

*Ex ministro de Salud.

Comentarios

Comentá en Perfil.com

Para comentar debes estar logueado,
ingresá a través de:


 

Últimas noticias

Últimas fotogalerías

Últimas fotogalerías