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El futbolista Ever Banega ha dado por inaugurada la temporada futbolística 2012/2013 con las llamas de su Ferrari, al igual que los Juegos Olímpicos lo hicieron hace una semana pero con su característica antorcha y ahora original pebetero.
Cada cuatro años, con estos Juegos tenemos la excelente oportunidad de ser turistas en el universo hiperdiferenciado de los deportes en el mundo y demostrarnos con insistencia que las definiciones de último momento se pueden dar no sólo en el fútbol. De hecho, en estas dos semanas podemos corroborar que el fútbol no tiene ni de cerca las definiciones asombrosas del básquet, ni la intensidad del vóley, los ida y vuelta del hándbol, los reñidos finales de arco y flecha y hasta las magníficas carreras de natación en la que gana uno hasta que en realidad gana otro.
El fútbol suele tomar para sí algunos calificativos algo exagerados, de los cuales podría destacarse el de que es el deporte más lindo del mundo o que hasta último momento puede pasar cualquier cosa. No se termina de entender el por qué de esa idea. Excepto por el Barcelona, debemos llenarnos de paciencia para ver un gol, ya que lo que allí sucede es terriblemente aburrido.
El fútbol representa en Argentina algo tan exagerado como una Ferrari, que excede la definición de automóvil. A partir de esta semana, lamentablemente, estaremos todos otra vez revolcándonos en interminables datos y más datos sobre goles, pases, declaraciones, rumores de vestuario, barras bravas, policías, Víctor Hugo (pero hablando de fútbol) y el vacío de Juan Román Riquelme que no le permite seguir en Boca; mientras Federico Molinari irá regresando a paso ágil al ostracismo.
El modo en que distribuimos la atención sobre los deportes es desigual, tal como la riqueza en el capitalismo. El precio de una Ferrari está cercana a los 200.000 dólares, presupuesto con el que los remeros Suárez y Rosso podrían seguir entrenando y compitiendo por tiempo largo, o el yudoca tucumano podría ayudarse para pelear mejor hasta los próximos cuatro años.
En los portales de deportes está siendo difícil encontrar todo lo que uno quisiera saber sobre los Juegos Olímpicos. Como el torneo de Primera división se está iniciando, toda la información está mezclada. Mientras Boca intentaba regresar de Venezuela, el resultado del vóley frente a Polonia no aparecía entre los titulares destacados, ya que seguro que el enojo de Schiavi por la demora en Venezuela debía ser la supernoticia a destacar del mundo de los deportes, tal como si en estos días no hubiese nada para contar. Obvio que lo que le pasaba al capitán boquense era terriblemente espantoso, algo que los deportistas amateurs argentinos no habrían podido soportar.
Por estos días, también toca en suerte la sobreabundancia de encuestas que dicen que baja y baja la imagen de la Presidenta. Como en los Juegos Olímpicos, se trata de un torneo por lograr quién tiene el valor más bajo y a quién se le mueve más rápido para abajo su valor. Hace algunos días me dijeron que en un solo día su imagen había subido veinte puntos producto de un suceso fatídico. Hacer encuestas ese día es como hacerse un análisis de sangre a la salida del restaurante. Pero parece no importar. Lo relevante no es entender, sino que se baje el récord de imagen positiva.
Con las llamas de Ever de fondo se ilumina el asombro eterno del fútbol y la pasión descontrolada de las tribunas. Con los números bajos de imagen en las encuestas se ilumina lo que se quiere ver y mientras tanto, en Londres, cientos de argentinos desconocidos hacen maravillas con lo que tienen, sólo para que queden en el recuerdo de sus familias emocionadas, nada más.
*Sociólogo. Director de Ipsos-Mora y Araujo.