REPORTAR UN COMENTARIO
Estás reportando este contenido.
Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Debés completar todos los campos obligatorios
para poder continuar.
Hermann Hesse nunca fue santo de mi devoción. Esa frase se ajusta perfectamente a la literatura, ese terreno donde pululan santos a los que uno suele rendir pleitesía incondicional. Como ocurre con otros escritores, a Hesse se lo lee en la adolescencia, incluso siendo preadolescente, y si por alguna razón, por distracción o falta de curiosidad, uno se lo salta, es difícil que se lo intente más tarde. Ni las reiteradas recomendaciones de Borges para que leyera El juego de los abalorios consiguieron lo que amigos íntimos (con criterios mucho más confiables que los de Borges) con sus no menos reiteradas insistencias de que leyera Demian o Siddhartha. Y sin embargo, no siento antipatía por él, sino todo lo contrario. No conseguía recordar por qué Hesse me caía tan simpático y tuve que esforzarme, hasta que lo recordé.
A nosotros hoy nos resulta fácil halagar a nuestros maestros. Mucha gente influye no sólo para que lleguemos a ellos, sino para que aprendamos a apreciarlos, para que tomemos los caminos correctos y para que entremos a su obra por la puerta justa. Es sabido que entrar por la puerta de atrás de la obra de Céline (leyendo, por ejemplo, De un castillo a otro antes del Viaje al fin de la noche) puede repelernos. En muchos casos, sin saberlo, ciertos críticos o autores nos dan la pista justa acerca de “por dónde entrarle” a ciertos escritores. No siempre esa insistencia surte efecto; ya ven, Borges se cansó de recomendar El juego de abalorios, y nunca quise abrir esa puerta –que tiene aspecto de gran puerta de catedral gótica–. No hay que dejar de agradecerles a esos críticos o autores que por un momento dejaron de hablarnos de sus propias obras para dedicarse a hablar de las obras de los demás.
Eso también hizo Hesse. Y si me cae simpático es porque a diferencia de otros escritores que se dedican a recomendar a otros escritores ya canonizados, él supo ver con claridad el nacimiento de dos grandes escritores del siglo XX: Robert Walser y Arno Schmidt.
Cuando en 1904 Robert Walser publicó Las composiciones de Fritz Kocher, Hesse lo leyó y vio todo con claridad. Y lo recomendó vivamente desde un periódico para el que publicaba reseñas de novedades. Tal vez fue gracias a Hesse que Kafka legó a Walser, y no es muy riesgoso afirmar que sin Walser, Kafka no hubiera existido. En cuyo caso le debemos a Hesse mucho más que el hecho de haber “descubierto” a Walser: también, lateralmente, descubrió a Kafka.
Muchos años después, cuando en 1949 Arno Schmidt publicó una serie de nouvelles bajo el título Leviatán, Hesse volvió a comprenderlo todo. Y recomendó no perder de vista a este escritor a quien calificó de “auténtico poeta”, cosa que aún hoy resulta difícil de aceptar por escritores con más ventaja (me refiero a ventaja a la posibilidad que da calificar a un escritor no leyendo una sola obra, sino todas) como W. G. Sebald, para quien Arno Schmidt es poco menos que un payaso (a propósito, las opiniones vertidas por Sebald sobre Arno Schmidt se parecen mucho a las que recientemente hizo públicas Paulo Coelho sobre James Joyce; dan risa).
Así que gracias, querido Hermann, por haber preparado la pista de aterrizaje para que podamos disfrutar de la obra de dos de los más grandes escritores del siglo XX.