Publicado en edición impresa de la re-re de cristina  

Reinado perpetuo

Conspicuos miembros del elenco oficial promueven acelerar la campaña para que CFK siga, siga y siga.

  • Por Roberto García | 17/08/2012 | 02:36
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Como es una novela, importa saber el misterio del cambio. Y como la tarea investigativa se le puede encomendar al memorable detective Sam Spade o al progresista émulo del sueco Stieg Larsson, el engendro policíaco a escribir develará no sólo el enigma del cambio sino también –sobre todo– la naturaleza del contexto que lo envuelve y el proceso evolutivo que, casual o premeditamente, ensaya Cristina de Kirchner para su principal afán político. Es que el “modelo” requiere una interpretación más típica de la literatura negra que de las superficialidades lógicas de un autor que redacta cien páginas para descubrir un asesino insólito.

En rigor, hay un doble cambio. Primero era la reforma y la distracción de colar en el proyecto la quimera menemista de la re-reelección para la dama. Pero, de repente, se invirtió la ecuación: el fundamento de la reforma, la transformación social y la incorporación de derechos –por no hablar de otros desgarros y limitaciones consecuentes– se postergaron para priorizar, en cambio, la sagrada conveniencia de mantener sine die o por varios mandatos a la señora en el cargo. Perpetua, algo más que el nombre de la mujer de Ernest Junger.

Como si ahora hubieran descubierto una mayor rentabilidad en vender la continuidad en el mercado de una mandante insustituible con nombre y apellido, un producto, que en colocar ante la población una lista de criterios, ideas o ventajas a las cuales debe adherir una vasta mayoría de la población. En suma, como si interesara más la marca que el genérico. Al revés de lo que pensaban al principio en el Gobierno. El otro cambio se relaciona con la oportunidad, con los tiempos elegidos: lo que iba a ser medular el año próximo, la reelección y la reforma, se anticipa aceleradamente a este semestre. En esa dirección concurre el Gobierno. Resta conocer un elemento adicional: para 20l3 se imaginaba una pretensión de La Cámpora en pos de sacralizar a Cristina, con otro entorno a su alrededor, ministros más jóvenes reemplazando a los viejos –muchos ya ejercen esas funciones en verdad: Alvarez en Justicia, Naón en Cancillería, Berni en Seguridad, Kiciloff en Economía, Costa por Moreno, algún ignoto por De Vido–, pero esa especie nadie la confirma: Ella sigue inescrutable aun para los más cercanos (si es que los hay), nunca echa personal aunque lo sancione, conserva elenco por más que el auditorio lo repruebe.
Volviendo a los detectives, habrá que aceptar un resultado inicial de la pesquisa: el desembarco silencioso de los que aludían a la reforma como concepto. Del magistrado Raúl Zaffaroni –quien, ajeno al mundo como varios de la Corte Suprema, declama por imponer el parlamentarismo del constitucionalista Nino cuando rige el esplendor personalista santacruceño heredado de Néstor– al otrora revoltoso Luis D’Elía. Ese latiguillo se esfuma por la prioridad de la re-reelección, aunque todavía lo esgriman personajes como Diego Bossio, titular de la Anses, esposo de una confidente de la mandataria, quien disimula que los derechos sociales le interesan más que su permanencia y la de la Presidenta. Figuras con dimensión política (gobernadores, intendentes bonaerenses, funcionarios de primera línea), más necesitadas del sobaquismo explícito, han reemplazado la consigna de la reforma, invocan la luminaria y no al libreto: los Gioja, los Pereyra, los Fernández, sólo se refieren a la imprescindibilidad de vivir con la estampita de la dama presidencial en todas las casas del país. Perpetua, eterna, como alguna vez lo exigió la legisladora Diana Conti y muchos la demandaron por bromista. O, metafóricamente, por exceso alcohólico como aquel devoto de Cornelio Saavedra que lo imaginó por encima de otros y Mariano Moreno lo fulminó en una nota (entre otros castigos). Curioso que este fenómeno de la supremacía personalista ya venga desde el 25 de mayo y que Cristina hoy encarne a Saavedra cuando su ídolo debe ser Moreno.

Habrá quien diga que el cambio de agenda y de fechas obedece al fracaso de ciertos presupuestos básicos: no duró un mes el despliegue por Malvinas con el cual se pensaba impregnar el año y más efímera resultó la nacionalización de YPF, otro estandarte de la propaganda.

Para el oficialismo, el envión reelectoral y el adelanto publicitario provienen de la nueva pasión economicista de la mandataria: entiende que a pesar de la desaceleración de la actividad y las restricciones impuestas al dólar, por ejemplo, su imagen no cayó como deseaban sus adversarios (a pesar de que en más de una oportunidad ciertas expectativas desfavorables le produjeron una transitoria depresión) y que el capítulo sombrío de la recesión se habrá de superar entre lo que va de este año y el próximo. Más allá de la eventual recuperación brasileña, clave para el sector industrial, Ella disfruta –como si fuera una hacendada– con los mismos mapas climáticos que circulan en el sector agropecuario: vaticinan con precisión matemática la bendición húmeda para el sur y el afianzamiento desértico para el norte, hasta bien avanzado 20l3. En castellano: precios altos para la soja y otros granos, alivio fiscal para el Gobierno. Tampoco ignora que quienes la odian y desafían desde ese sector han empezado a invertir casi con el mismo empeño que el año pasado depositaron su voto a favor de Ella, para agrandar la cosecha y disfrutar de una renta soñada (Cristina ya prometió que no tocará el nivel de retenciones).

Mientras, la Presidenta abundará en una política de “créditos para todos”, un facilismo para que no haya despidos y se agreguen voluntades a su campaña. Con esos datos, los investigadores policiales de la novela suponen que el Gobierno puede obtener en 20l3 un 40% de los votos, cifra mágica y suficiente para intentar la re-reelección disfrazada de reforma. Aunque para muchos esa alternativa resulta más peligrosa: han empezado a temer no tanto por la perpetuidad en el poder de una mujer, sino por un cambio de sistema, por limitaciones a la libertad, por otra forma de vida. Aunque las dos cuestiones sean indisolubles.

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