Publicado en edición impresa de posibilidades  

Sin Sol

  • Por Angélica Gorodischer | 17/08/2012 | 02:53
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Cuando el Padre Sol se pone caprichoso es como para repudiarlo. Y mire que se lo tengo dicho: “Vamos, viejo, portate bien porque lo ques si seguís así la cosa se te va a poner fiera”. Ni bola que me da y eso que le hablo con cariño para que no crea que estoy enojada… todavía. El sigue dale y dale en la suya y se mete detrás de las nubes que las muy mariposonas están encantadas de protegerlo, y nada de aparecer aunque ya va siendo hora. Agosto, le digo, agosto, ¿no te suena eso? Mira para otro lado y se hace el que no me oye. Claro, viene el frío que es más viejo que el Padre Sol, y él, el Sol, se hace el respetuoso y le da lugar. Se hace el respetuoso dije, porque respeto el muy maldito no siente por nadie. Como tiene fiaca a esta altura del año, se agarra del pretexto del frío y le dice venga nomás compañero que le dejo el sitio. Y el frío, un tipo de lo más desagradable, encantado de la vida. No le dice ni gracias, ¿usted puede creer?, ni gracias le dice. Va y se instala en el horizonte y desde allá se viene despacito, disimulando, pero una que lo conoce bien, ya sabe que va a llegar y que de ahí en adelante sonaste hasta conseguir que se vaya de una vez.

Qué sacrificio. Qué disgusto. Qué desazón. Qué pesadumbre. No es que se me hayan acabado los sinónimos: es que me da bronca. Trate de comprenderme: a esta altura (agosto) yo ya tendría que estar tendida cual romántica heroína de una de esas novelas tontas escritas por damas tontas (George Eliot dixit) en el césped verde verdísimo de mi jardín mientras el viejo Padre Sol me manda unos rayitos para que me acaricien y me hagan cosquillas. Pues nada. No está, se fue, está juntando gente para un piquete o para que toquen el tamboril hasta que le aumenten el sueldo o le den un subsidio o qué sé yo. La cosa es que no cumple con su deber. O sí cumple, pero tarde. Puede ser, no se lo niego, que esté embarcado en una saga solidaria. No digo que no. Los senderos de la solidaridad son inescrutables como los del Señor Todopoderoso. Puede ser que haya decidido hacer una excursión por los supermercados para que bajen los precios y una pueda desayunar, almorzar, merendar y cenar por seis pesos. Espero que si lo logra me avise. Puede ser que esté contratando gente y alquilando avionetas para cargar bolsas de billetes de cien dólares (genuinos, no impresos por Ciccone) a tirar desde al cielo para los que quieran agarrarlos y comprar así planchas, medicamentos, cartuchos para impresoras, algodón, prótesis, guantes de cirugía, libros de Ivy Compton-Burnett y de Arthur Machen y de Lady Asthia Besthwold-Parrison y hasta de Boris Plavtuschenko. Puede ser que lo haya pensado cuidadosamente y haya llegado a la conclusión de que ahora que el Sapiens sapiens sabe cómo se originó el universo, su misión en este rincón de la galaxia ha terminado y se vaya a la Anses a tramitar su jubilación. Solamente estoy tirando posibilidades sobre la mesa, no se alarme. En una de esas mañana se asoma por la ventana de mi dormitorio y dice qué tal, che, ¿me extrañaste?

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