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Contra los jóvenes

  • Por Quintín | 17/08/2012 | 03:00
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Leo que un tal Gerardo Werthein, empresario que preside el Comité Olímpico Argentino, anuncia con satisfacción que su política es la de mandar a los Juegos a los jóvenes, y no a los “atletas entrados en años, que no tienen ningún futuro”. Si no entiendo mal, eso implica que un deportista con una mejor marca previa puede quedar relegado frente a quien tiene el único mérito de haber nacido después. No voy a discutir de políticas olímpicas, ya que en el fondo todas se orientan por el principio que Mussolini descubriera hace casi un siglo, el de que las medallas son útiles para la propaganda nacionalista. Pero no es casualidad que el cantito de la juventud –en una época en la que los cantitos de la juventud vuelven a atronar el aire– aparezca también en el deporte.

En otros terrenos ocurre algo parecido. En el cine, por ejemplo, rige desde hace algunos años la moda del reclutamiento de jóvenes talentos. Así hay becas, subsidios y concursos dedicados a los cineastas más jóvenes y a sus primeras obras. Muchos festivales, con la excusa de aportar renovación y frescura, otorgan sus premios máximos a primeras y segundas películas aunque un director joven suele ser tanto o más conservador en su estética y especulador en su carrera que un colega maduro. De hecho, el negocio cinematográfico se ha orientado tanto hacia los jóvenes, que muchas veces son los viejos quienes tienen dificultades para filmar y para conseguir que sus películas circulen en los festivales. Como símbolo, muchas veces propuse que algún festival (el Bafici, por ejemplo) cambie sus reglas aunque sea por una vez y restrinja su competencia internacional a directores mayores de setenta años. Sería interesante ver cómo resulta la experiencia (y, de paso, se podría traer al país a Oliveira y a Godard).

La literatura, desde luego, es parte del campo de batalla en la liquidación de los viejos y la promoción de los jóvenes. Así es como los suplementos culturales nos aturden con la nueva novela, la nueva narrativa, la nueva crónica y la nueva poesía, junto con la nueva cocina y la nueva política. Nada demasiado nuevo, pero cada vez más tenaz. Los escritores jóvenes son simpáticos de a uno y sus obras pueden ser estimulantes (este año, lo es por ejemplo El viento que arrasa, de Selva Almada) pero cuando vienen de a muchos (sobre todo si se refugian bajo banderas generacionales) se parecen demasiado a una patota que intenta aplicar al arte los preceptos del señor Werthein. Para desintoxicarnos de tanta juventud, propongo dos contraejemplos. Uno es el de Juan Filloy, quien fue seguramente el escritor argentino más longevo y publicó hasta los 103 años. Filloy era tal vez un escritor menor, pero lo suficientemente libre, original y sólido como para haber tenido mayor difusión. De él acabo de leer Los Ochoa, saga familiar que recorre todas las modalidades del delito durante más de un siglo. El libro es de 1972, tres años posterior a Los Caserta, de Aurora Venturini, que se publicó recién en 2011.

Venturini, descubierta hace poco gracias a un concurso de literatura joven, tiene noventa años y su escritura es extraordinaria. Como Filloy, Venturini trabaja la locura interna de la lengua, pero lleva el humor al delirio; su obra, que incluye Las primas (2009) y El marido de mi madrastra (2012), construye una falsa autobiografía en medio de la bruma y la memoria, entre la violencia y el erotismo, a caballo de la ciudad y el campo, de dos continentes y de dos épocas. El mercado literario marginó a Filloy y excluyó a Venturini. ¿Pero quiénes fueron los jóvenes maravillosos que los Werthein del mundo editorial enviaron a las Olimpíadas de la literatura allá por 1970, cuando Filloy y Venturini eran ya escritores entrados en años y sin futuro?

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