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La biografía como artificio

  • Por Damián Tabarovsky | 17/08/2012 | 03:02
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Seré yo el primero en escribir en un suplemento cultural sobre un libro que no leyó? No lo sé. Sé, eso sí, que el libro en cuestión es El cuervo blanco, de Fernando Vallejo, biografía de Rufino José Cuervo, recientemente publicado por Alfaguara. No lo leí, pero en cambio sí leí la reseña que Matías Serra Bradford publicó hace dos semanas en ADN. ¿Seré yo el primero en escribir en un suplemento cultural sobre un libro que no leyó, glosando una reseña que salió en otro suplemento? Tampoco lo sé. Pero sí sé que la reseña de Serra Bradford me pareció excelente y que menciona, de entrada, las otras dos biografías que escribió Vallejo, ambas extraordinarias (esas sí las leí): El mensajero, sobre Porfirio Barba Jacob, y Almas en pena chapolas negras, sobre José Asunción Silva. Serra Bradford pone en sistema El cuervo blanco con los otras dos biografías, y teniendo en cuenta los antecedentes de Serra Bradford (como crítico, como traductor, como editor y, sobre todo, como escritor) tiendo a pensar que debe estar en lo correcto; como lo está, ahora sí con seguridad, cuando describe el estilo de Vallejo como biógrafo: “Vallejo creó una figura paralela, encantadora: el biógrafo cascarrabias. Tres biografías escribió y se puede decir que Vallejo ha reinventado el género, llevándolo al territorio del monólogo interior, o del soliloquio.” Antes de leer El mensajero, había leído con cierto interés lejano una novela suya –El desbarrancadero– y ya con mucho menos entusiasmo otros libros de ficción. Y, por supuesto, aún mucho menos entusiasmo me genera su figura pública, su “imagen de escritor”, como se dice ahora, especie de provocador profesional de poca monta, el empleado del mes del épater le bourgeois… (por cierto: ya va siendo hora de dejar de hablar –e interesarse– en la figura pública de los escritores, detalle irrelevante, para volver a los textos, a la escritura). Y entonces, leí El mensajero e inmediatamente comprendí que ese era el Vallejo que valía la pena leer, que estaba en presencia de un libro mayor, de algo novedoso, radical, algo que, como menciona Serra Bradford, se acercaba mucho a la “reinvención de un género”. Como biógrafo, Vallejo se instala en el otro extremo de la genialidad de los mejores biógrafos anglosajones. Por dar un ejemplo, estos tres: el James Joyce de Richard Ellman (al que le sumaría un libro menor, pero encantador: Cuatro dublineses), el Henry James de Leon Edel (al que le agregaría, también, otro libro menor pero nuevamente encantador: Vidas ajenas), y The Life of Ivy Compton Burnett, de Hilary Spurling, seguramente menos conocido que los dos anteriores, pero de un nivel de precisión y exhaustividad que abruma. Es que precisamente lo que Vallejo nos ahorra es la precisión y la exhaustividad, para reemplazarlo por una posición de narrador subjetivo que descree, o más aún, discute con el narrador impasible, lejano, archivista propio de la tradición de la biográfica anglosajona. Vallejo muestra todo el tiempo el artificio, el truco, la impostura, el simulacro, la metaficción biográfica. Sin embargo, curiosamente –o no tanto– Serra Bradford coloca a las biografías de Vallejo bajo una tradición inaugurada por A.J.A. Symons con En busca del Barón Corvo (que leí hace mucho tiempo en una linda edición de Seix Barral). Es decir, en la tradición inglesa de la excentricidad, la desmesura, la homosexualidad, y el odio al nacionalismo). Hay allí una pista de lectura que no deja de ser interesante. O casi un deseo: convencer a Vallejo que abandone, por una vez, las biografías sobre autores colombianos, y se centre en autores ingleses de principios de siglo XX como Barón Corvo, o mejor, sobre un contemporáneo de Corvo, pero mucho mejor escritor: Ronald Firbank.

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