Publicado en edición impresa de El ECONOMISTA DE LA SEMANA  

Política en un país consumodependiente

  • Por Luis Secco | 17/08/2012 | 03:19
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La retracción del nivel de actividad económica, que arrancó en la segunda mitad del año pasado, es probable que se modere en esta segunda mitad, pero difícilmente se produzca una recuperación lo suficientemente fuerte como para colocar a la Argentina de nuevo en una senda de crecimiento perceptible. Seguramente habrá, tal como lo hubo en el descenso, una gran dispersión sectorial. Los sectores productores de bienes de consumo masivo (que no sufrieron tanto la recesión de estos meses), los relacionados con la producción de agroexportaciones (gracias al precio de las commodities de exportación), los que exportan a Brasil (gracias a la potencial recuperación de la demanda brasileña) y los productores de autos, electrónicos y electrodomésticos (gracias a las restricciones a ahorrar en dólares) mostrarían los mejores números. Pero ni en lo que resta del año, ni en el próximo, Argentina volverá a mostrar tasas de crecimiento que despejen las dudas sobre la salud del "modelo".

Argentina es consumodependiente a la hora de crecer, por lo tanto es clave preguntarse por qué podría recuperarse el consumo. Hoy, las decisiones de consumo, sobre todo las de durables y de bienes o servicios que no son de primera necesidad, no reflejan confianza sino en muchos casos lo contrario. La desconfianza en el peso y la falta de alternativas para canalizar el ahorro hacia instrumentos que lo protejan de la inflación y de una mayor desvalorización de la moneda hace que muchos individuos (aquellos con capacidad de ahorrar) se vuelquen a adquirir bienes que son percibidos como un sustituto de los dólares que no se pueden comprar. Si el consumo logra recuperarse, lo hará más por este motivo que por cualquier otro. Esto difiere de los períodos en los que el consumo creció a partir de un aumento del poder adquisitivo de las grandes mayorías de consumidores, mientras aumentaba la masa salarial real producto de aumentos reales de los salarios y del empleo.

Además, la inversión no podrá sustituir el consumo privado como motor de la demanda agregada. La inestabilidad regulatoria, las dudas sobre la salud macro de la Argentina y las sospechas de que un cambio de políticas y de precios relativos se vuelve cada vez más necesario y cercano, son factores que pueden jugar a favor de ciertos consumos, pero difícilmente jueguen a favor de la inversión. La falta de inversiones reduce las perspectivas de crecimiento de la demanda agregada en el corto plazo y genera dudas sobre la capacidad de sostener tasas de crecimiento elevadas en el mediano y largo plazo. Este es un punto central de la Argentina que tenemos por delante. Existen hoy cuellos de botella energéticos y logísticos importantes que podrían actuar como obstáculos al crecimiento cuando en algún momento se restablezcan las condiciones para un nuevo boom de consumo.

Es probable que todas las políticas públicas apunten a fortalecer el consumo a través de tasas de interés reales negativas, préstamos pro consumo, aumentos de salarios, jubilaciones y subsidios directos, pero todas estas políticas se tornarán cada vez menos efectivas producto de que todas ellas no harán otra cosa más que favorecer una tasa de inflación mayor. Un mix de política fiscal y monetaria expansiva se vuelve progresivamente inefectivo para impulsar el nivel de actividad económica y termina impulsando sólo tasas de inflación mayores. La política monetaria se ha vuelto cada año más endógena de la política fiscal (tal como se puede ver en el gráfico), y en la medida en que el balance del BCRA se transforme en el único instrumento disponible para financiar el déficit fiscal y los vencimientos de capital de la deuda pública, las presiones inflacionarias subyacentes resultarán cada vez mayores.

Y mientras no se actúe para contener la inflación, todas las políticas serán sospechadas de transitoriedad y resultará muy difícil volver a crecer. Con dólar cuasi fijo y precios clave congelados, la inflación produce costos crecientes y pérdida de competitividad, mayor poder de los sindicatos, tensiones laborales e incertidumbre, congestión y restricciones en servicios públicos, mayor gasto público compensatorio, déficit fiscal (que sólo puede financiarse usando el balance del BCRA) y, por ende, más inflación; percepción de "dólar barato" y atesoramiento. Y a esto debemos sumarle respuestas de política económica inadecuadas (regulaciones crecientes, prohibiciones, etc.) cuyas consecuencias son más desconfianza y recesión.

En un marco de crecimiento elevado, "problemas" como la inseguridad, la pobreza, la inflación, la falta de medios de transporte, la falta de energía o las congestiones se tornan más llevaderos, más tolerables. Hasta las regulaciones y trabas transaccionales tendrían un impacto menor si el crecimiento fuese tan alto como en el pasado (claro que esto sería prácticamente imposible ya que las mismas restricciones se encargarían de que el crecimiento no resultara así de elevado). Pero sin crecimiento o crecimiento amarrete, esos problemas, persistentes, y otros que surgen de las medidas que toma el Gobierno se sienten más intensamente y generan cansancio en la sociedad. Cansancio que ya se siente y que se refleja, entre otras cosas, en la caída en la imagen y popularidad de las autoridades. No importa cuál sea su estilo, basta con recordar que lo mismo le sucedió a Menem a partir de 1998, cuando la economía empezó a retraerse; le pasó a De la Rúa casi desde el arranque de 2000, y le está pasando a la presidenta Fernández de Kirchner en este 2012.

Cuando no hay crecimiento y los problemas de larga data no se resuelven, se genera un circulo vicioso de difícil salida. Porque la creciente debilidad política que acompaña el proceso dificulta la toma de decisiones y la ejecución de políticas que signifiquen correcciones importantes o un cambio del rumbo. En esas circunstancias, un gobierno popular y con buenos números de aprobación, o sea un gobierno fuerte, puede volverse rápidamente débil si no logra recrear condiciones para que vuelva el crecimiento. Y el crecimiento resultará cada vez más esquivo, aun cuando el contexto regional e internacional resulten muy favorables, si la política económica no se reencauza hacia la normalidad.

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