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En enero de 2011, Julian Assange desconocía qué era Ecuador. Allí se iniciaba la mayor persecución a la prensa en su historia reciente. Se cerraban la radio Voz de la Canela Oriental y TV Sangay, en la fronteriza ciudad de Macas, al sur del país. Arrancaban los millonarios juicios contra el diario El Universo y los periodistas autores del libro El Gran Hermano. Revista Vistazo y diario Hoy enfrentaban sumarios por la supuesta violación a la Ley de Elecciones. El semanario Vanguardia era allanado.
Mientras Assange divulgaba los cables diplomáticos y acordaba publicaciones con medios de todo el mundo, en Ecuador el gobierno se había apropiado de al menos veinte de ellos, propiedad de ex banqueros que incumplieron deudas con el Estado. Se emprendía la aprobación de la ley de comunicación y la creación de un consejo de regulación de contendidos informativos. Promovía un proyecto de reforma al código penal que distinguía 17 formas de criminalizar la opinión y la libre expresión, pero las presiones, nacionales e internacionales, lograron reducir a tres ese tipo de delitos en el proyecto, que aún no está aprobado.
El promotor de este escenario es Rafael Correa Delgado; él quiere ser juzgado por sus ideales y objetivos, y sin embargo cree tener el poder moral de calificar al resto (izquierdistas, empresarios, banqueros, activistas, jóvenes, madres de familia, intelectuales, escritores, premios Nobel y presidentes) por los resultados históricos del capitalismo. Cuenta con un efectivo y millonario aparato de propaganda que ha logrado consolidar una estrategia de polarización y odio contra todo aquél que disienta. Lo sabemos quienes documentada e irrefutablemente denunciamos la corrupción de su familia en El Gran Hermano. La respuesta mediática a la publicación fue: mentirosos, calumniadores, buitres, gusanitos, miserables. La reacción judicial, demoledora: demanda de diez millones de dólares por lesionar la dignidad presidencial.
Para entonces, Assange no tenía idea de que el hermano del Presidente se llevaba 300 millones de dólares de contratos estatales. Tampoco sabía que el reaccionario discurso que impulsa Correa se entiende casa dentro como progresista.
En la mente de Correa, sus únicos interlocutores válidos son quienes han ganado elecciones. Por eso Assange no es su par, es su fetiche. Su herramienta para posicionar los ideales de justicia que dice perseguir y concretar en su personal revolución. Su estándar de propaganda mundial.
Entre las razones por las que el fundador de Wikileaks recibió asilo fue el hecho de compartir con el público información documental privilegiada que fue generada por diversas fuentes, y que afectó a funcionarios, países y organizaciones. La combinación del poder y el secretismo conduce en última instancia a la corrupción. La frase le corresponde a Daniel Domscheit-Berg, principal colaborador de Assange en WikiLeaks hasta 2010. El libro Dentro de WikiLeaks de Domscheit-Berg describe cómo la organización se transformó en extremo reservada mientras hacía gala de transparencia.
Ahora es Correa quien lucha por esa causa, con balcón mundial incluido, gracias a que los medios globales ya lo identifican como figura regional por enfrentar a Londres, Estocolmo y Washington. Mientras Assange no salga de la embajada ecuatoriana y más se tensione la relación diplomática, será figura. Podrá entonces continuar la lucha mundial de la libertad de expresión, aunque casa dentro miremos la corrupción y la persecución social en silencio.
*Periodista ecuatoriano demandado por Correa luego de que publicara una investigación sobre negocios ilícitos de su hermano.