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Este es un llamado a la solidaridad para la persona (mujer, alrededor de 25 años, no alcancé a ver cómo estaba vestida, ni ninguna otra seña particular) que hace unos días, en un cibercafé (no se cómo se llaman ahora esos lugares que alquilan computadoras –una apretada con otra– para usar internet) de la avenida Corrientes, justo enfrente del Teatro San Martín, dejó abierta su sesión, y dejó también que yo accediera a su intimidad, al menos, a un fragmento virtual de ella. Paternalmente, le diría que preste atención la próxima vez. Superado este consejo altruista, no puedo dejar de señalar la inmensa curiosidad que me da saber quién era esa chica (Who’s That Girl, como la canción de Madonna) porque lo que vi no dejó de llamarme la atención: estaba en Facebook; y sus amigos, y los comentarios que estaban en el muro (ni idea si a lo que está en el muro se lo llama comentarios, ni mucho menos por qué se lo llama muro) eran, casi todos, de conocidos míos (en el mundo real, obvio). Su Facebook era como el mío, si yo tuviera uno: nada más perturbador que encontrarme conmigo mismo, pero veinte años más joven y mujer (por otra parte, ¿se dice “tener un Facebook?” ¿Y quién dice cómo se dice? ¿Bill Gates? ¿Steve Jobs, desde el más allá? ¿Los suplementos de informática de los multimedios que les venden computadoras a los gobiernos? El combate por cómo se dicen las cosas es el hecho político del presente). Aunque, volviendo a la historia, encontrarme conmigo mismo mujer y joven, no tiene nada de perturbador… Y así, mientras desde la caja reiniciaban la máquina (porque yo les había dicho que había dejado la sesión abierta: de haber sabido con lo que iba a encontrarme, quizás no lo hubiera hecho) alcancé al menos a ver una frase (¿un post?, ¿un comment?, ¿una entrada?) de la escritora española Elvira Navarro que, lacónicamente, decía: “Se sabe demasiado lo que es la literatura”. Más abajo, había cinco o seis comentaristas, cada uno con una frase, que no pude alcanzar a leer. Y luego de ver mis mails (nadie me había escrito), me quedé pensando en la frase de Elvira, en la polisemia de esa frase, escrita en ese lugar tan, tan, tan… ¿hostil? (¿pero es Facebook un lugar hostil para la literatura, para el pensamiento?). Se sabe demasiado lo que es la literatura, ¿es una frase melancólica? ¿La expresión del deseo de que así no fueran las cosas, el deseo de que la literatura sea un misterio, la proyección de una incertidumbre? O, a la inversa, ¿es una constatación, una afirmación, una positividad, la garantía de un conocimiento riguroso? Inmediatamente, entonces, aparece otra pregunta: ¿puede pensarse a la literatura bajo el modo del “sólo sé que no sé nada”? O mejor dicho, acortando la frase a su punto nodal: ¿puede pensarse la literatura? O todavía más, yendo al grano de la oración: ¿puede la literatura? Y en ese caso, ¿qué puede la literatura? ¿Puede pensar? Si la literatura pudiera pensar, si todavía pudiera pensar entre medio, o mejor dicho, en el margen, en el hiato de la mesa de novedades, del premio arreglado (o no, lo mismo da: el arreglo antecede al premio, no a la inversa), de la nota en el diario, de los blogs autopublicitarios de los escritores, de los agentes, de los editores a los que no les importa el catálogo, de los gerentes de marketing, de los lugares comunes, de la convencionalidad absoluta, de la normalidad, de las metáforas policiales (atrapar al lector), del populismo antiintelectual; si la literatura pudiera pensar pese a todo eso, o fuera de todo eso, o contra todo eso, si pudiera la literatura, ¿en qué pensaría? Y así me quedé yo, pensando, fumando en la puerta del salón de computadoras, en la vereda, esperando a que la chica volviese, como quien espera que vuelva lo que nunca ocurrió.