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En sus intervenciones sobre el regreso de la democracia en 1983, Fogwill escarbó con saña en la “oración cívica” del alfonsinismo, un tic basado en la buena voluntad de “reducir a todo el país a la añeja trama constitucional de 1853”. Si hay un recuerdo verbal de Raúl Alfonsín, además de la felicidad que nos deseó en las Pascuas de 1987 (la Pascua de los huevos llenos), es aquel en el que lo vemos recitar el Preámbulo de la Constitución, soporte ideológico y publicitario de su campaña presidencial.
Esa imagen sería la de la versión democrática del “constitucionalismo”, una disciplina-plaga en la que se sucede una misma escena: la escena en la que, ante la sanción de una ley, aparece el constitucionalista Daniel Sabsay y se despacha con los on y los off de la Constitución, nos revela los sí y los no que la afectan (por lo general, los no) y se planta como un granadero a caballo para defender lo que, acaso con ironía, algunos siguen llamando Carta Magna. La discusión acerca de si la Constitución debe ser de goma o de acero no es nueva. La sociedad debería inclinarse por que sea de goma. En la elasticidad, la dinámica y la capacidad de ser filtrada por la historia pueden hallarse las funciones útiles de una Constitución. De lo contrario, se convierte en una pieza museográfica, cuando no en un tótem religioso o una Biblia que, como sabemos, es un texto sobre los que los teólogos se sientan para “traducirlo”.
Hay una corriente teológica cuya muchachada –una acumulación inorgánica de personajes conservadores– daría todo lo que tiene por retroceder a la “añeja trama constitucional de 1853”. Los invito a recordar algunos pasajes del Manifiesto cívico argentino. Virtudes ciudadanas (2007), el libro de fantasías republicanas de Sergio Bergman. Se lo prestaría, pero lo leí y lo tiré –muy subrayado– para ahorrarles tiempo y disgustos a los cartoneros. Es un libro que añora la lectura de la Constitución como Antiguo Testamento. En un momento habla de “volver a los textos y verbos fundamentales de nuestra nación como los que encontramos en nuestra Constitución”. Que “Constitución” haya sido escrita con mayúscula y “nación” con minúscula no es un error de imprenta. Para Bergman, la Ley se debe adorar. Tan grande es esa adoración, que lo lleva a preguntarse: “¿Cómo hacemos para que la brecha entre Constitución y realidad se reduzca hasta cerrarse?”. Que la realidad “sea” la Constitución: un verdadero plan de ficción conservadora.
En el otro rincón, otro peso pesado del constitucionalismo retro: Héctor Aguer. Alguna vez monseñor se preguntó cuánto restaba para poder “purificar la razón política” en la Argentina. La inquietud pega con su simpatía descontrolada por fray Mamerto Esquiú, cuya frase pronunciada ¡en 1856! le gusta citar: “Si en los cuarenta años que han transcurrido no hubiera habido legislaturas a manos de la política, la corrupción no sería tan honda y los gobiernos no habrían tiranizado descaradamente a los pueblos”. Pero si los legisladores de hoy –ya que la cita es aplicada con el fin de reactualizar el Bien del siglo XIX– no deberían surgir de la política, ¿qué idea tiene Aguer acerca de la representación popular? ¿En qué consistiría su “reformismo”?
Otra de las frases de Esquiú que Aguer suele recordar es aquélla pronunciada en la jura de la Constitución de 1853: “La vida y conservación del pueblo argentino dependen de que la Constitución sea fija”. En fin: parece preferible que la Constitución sea de goma (no confundir con “hacerla” de goma) antes de que funcione como culto a un pasado entrevisto como el paraíso ideológico de la Argentina.
*Escritor.