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Desde algún lugar de nuestra historia futbolera reciente, se forjó una especie de leyenda que indica que Paraguay es un rival difícil, de los más complicados de las Elminatorias. En efecto, un solo dato estadístico basta para justificar la sentencia: la Argentina llegó a Córdoba con una sequía de victorias como local ante los paraguayos de 39 años. Sin embargo, en este cada vez más frecuente juego mediático de repetir como loros sin analizar nada se nos pasó que este equipo paraguayo atraviesa su peor momento desde que se instaló este sistema de competencia regional. Desconozco la razón por la que se pensó este partido desde las urgencias del equipo de Sabella ignorando que quien necesita desesperadamente una victoria es, justamente, el rival de ayer.
En realidad, ante cada uno de los rivales de esta instancia previa, la Argentina tiene mucho más una obligación que una urgencia: dejar en claro que es la Selección con mas potencial del torneo. Algo que finalmente quedó en claro en Córdoba aun sin brillar. Y un compromiso: darle forma de equipo a esta constelación de fenómenos que, de mitad de la cancha hacia adelante, nos permite soñar con lo que se nos ocurra.
Si se tiene en cuenta que el mayor desafío era conseguir una ventaja lo antes posible y que antes de los 5 minutos los paraguayos ya habían vuelto a sacar del medio, mas difícil resulta comprender la inestabilidad con la que hubo que convivir durante buena parte del juego, fundamentalmente en un primer tiempo insatisfactorio. Es cierto que, a veces, da ganas de darle la pelota a un rival como el de anoche para dejarlo desnudo en su inoperancia y falta de imaginación. Ni que hablar del fastidio que provoca soportar que se le tolere un esquema de falta sistemática.
Pero no nos estaríamos haciendo un favor si justificáramos nuestras limitaciones destacando méritos que este rival finalmente no tuvo.
Al equipo que la Argentina está buscando no lo ayudaron algunas performances individuales. No lo ayudó la confusión crónica de Lavezzi, cuya forma de entender el juego desentona con la de sus compañeros de ataque. No lo ayuda el presente de Braña, un muy meritorio jugador que entrevera oficio con fricción y vive demasiado cerca de la sanción, al margen de no trascender con la pelota. No lo ayuda sumar a Campagnaro en un puesto “en el que puede jugar” pero en el que casi nunca se sintió cómodo. Tampoco Rojo parece la solución de la banda izquierda, aunque es justo darle crédito a un jugador muy joven y con mucho tiempo aún para aprender.
Los socios de arriba. Afortunadamente, el nivel de influencia que están teniendo jugadores como Gago, Di María, Higuain y Messi ayuda a relativizar la necesidad de incorporar o inventar laterales que puedan influir en ataque. Al menos por ahora. Sin embargo, de la mano de esas limitaciones termina haciéndose evidente el motivo por el cual un equipo que se va amigando con la posesión de la pelota sigue siendo deficiente a la hora de trascender en tanto la pelota no pase –reduciendo el analisis al partido de anoche– por aquellos cuatro fenómenos ya mencionados.
Durante un rato del segundo tiempo, aun manteniendo sus diferencias de ambición, los dos se parecieron bastante en sus intrascendencias e imprecisiones. Entonces, cuando parecía que buenos y malos estaban destinados a encerrarse en el mismo corral, Messi decidió que era hora de disfrazarse de superhéroe. Empezó picando otra pelota contra un poste y, luego de un rato de esos en los que deja a un lado su enorme calidad de asistidor para obsesionarse buscando su gol, llegó esa maravilla de tiro libre y el final de la historia.
No vayan a creer que detrás de los cuestionamientos de estas lineas se esconde un canto escéptico y desesperanzado. Se trata, simplemente, de poner el listón por encima de la mediocre línea del conformismo estadístico y aspirar a celebrar, finalmente, la creación de un equipo que honre el potencial de sus mejores hombres.
Se trata, también, de mirar a los demás desde arriba. Lo suficiente como para diluir los fracasos recientes ante Venezuela y Bolivia. Lo suficiente como para no volver a padecer la patética clasificación para Sudáfrica 2010.
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