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En contra de lo que sus detractores señalan, me preocupa el cansancio de la señora Fernández. Durante la última cadena prime time, en ocasión del Día de la Industria, se la vio agobiada, ojerosa, titubeante ante una audiencia que no es la que ella más prefiere: la de los incondicionales festejantes de cualquiera de sus mil ocurrencias.
Para colmo, tuvo que salir a hablar después de la espantosa publicidad que terminaba con la sigla GenIA (Generadora de Industria Argentina). ¿En qué presupuesto, más allá de la obsecuencia, se puede justificar un recurso tan bastardo en un espacio y ante una audiencia totalmente inadecuados para semejante charada?
Creo que ese traspié inicial quitó brillo a un discurso además impropio para la circunstancia. Fue como si en una celebración cualquiera (un cumpleaños, una boda), el orador se dedicara a exaltar sus propios méritos antes que los de los festejados.
Hubo, incluso, enredos en los que la señora Fernández no suele tropezar. Comenzó apelando a la política para realizar luego una pormenorizada (y, por lo tanto, aburridísima) exposición económica que, para los legos como yo, era incluso inconsistente (¿el dólar barato es adecuado para la sustitución de importaciones?). Pero no quiero discutir los farragosos argumentos, porque no tengo capacidad para hacerlo.
Como medio país, yo esperaba que el discurso terminara para ver qué decía el señor Tinelli sobre la “primera dama” de Ideas del Sur. Me sorprendió el desatino de los organizadores de la emisión: ¿lanzarse directamente a la competencia con el zar de la televisión? El asunto debe de estar relacionado con la promovida soberanía etérea, pero la señora Fernández debería ser resguardada de una aventura semejante.