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Todo se sabe cuando sale en los diarios, pero hay ficciones de la realidad que merecen ser revisadas. Por ejemplo, aquellas que incursionan en el registro de las proezas raras e insuperables. Si el libro Guinness incluyera un capítulo dedicado a la recensión universal de los actos idiotas, seguramente el ingenioso Hu Seng obtendría un lugar destacado, no menor a una nota al pie, pisado por otro pie. El intrépido oriental, habitante de Chongqing, decidió sorprender a su amada Li Wang enviándole por correo, como obsequio de cumpleaños, una caja de cartón conteniendo su propia exquisita persona, convenientemente dispuesta en posición fetal. Para perfeccionar el misterio del envío, para rescatarlo de cualquier penosa anticipación de objeto, Hu Seng prescindió de realizar prudentes agujeritos en la caja y, como el correo demoró la remisión del presente en los tiempos supuestos, llegó como regalito muerto al domicilio de la novia, asfixiado por los vahos de su propia inspirada falta de oxígeno.
Los milagros de la medicina o la intervención de un panteón de dioses chinos de ignoto nombre lograron rescatarlo de ese fin sentimental, pero los cables periodísticos no consignan la reacción de Li Wang. ¿Habrá comprendido la amada que su novio era un idiota consumado, o habrá sucumbido simbólicamente de amor al descubrir que había alguien dispuesto a dar la vida por ella? Las emociones no son precisamente razonables, y en la base de toda esta falta de cálculo podemos encontrar una flagrante falta de respeto a la evidencia de que los entes no deben multiplicarse innecesariamente. Además de idiotamente imprudente, ¿era tan papanata Hu Seng, al punto de no advertir que en términos amorosos un obsequio debe constituirse en algo distinto de su emisor? ¿No se le ocurrió pensar que como obsequio de cumpleaños su novia esperaba un peluche, un álbum de fotos, un polar de plush, un anillo de diamantes, un rascacielos, una rasqueta para la espalda, una cajita con lubricantes íntimos que al abrirse deja escuchar los primeros inolvidables compases de La internacional, y no al pelmazo que ya tenía de antemano? ¿O, a cambio de ser el imbécil que todos suponemos, Hu Seng descubrió un extremo de la ofrenda emocional que para consumarse debe suprimir la prenda en sacrificio?
Tenía intenciones de continuar la columna con otra clase de papanatas, aquellos que primero se dispusieron a sancionar (y luego se arrepintieron de hacerlo) al alumno que depuso su juicio estético respecto de la muestra de Evita comentando que le había dado asco. Típico adolescente rebelde, el muchacho dio involuntariamente una lección acerca de lo incontrolables que serían los votantes de dieciséis años y lo controvertido que resulta siempre evaluar un juicio estético con el prejuicio –de abogado radical– de la tolerancia y lo políticamente correcto. Lo que para unos es causa de devoción para otros es razón de execración, y hasta Stalin coincidía a veces con sus críticos.
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