REPORTAR UN COMENTARIO
Estás reportando este contenido.
Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Debés completar todos los campos obligatorios
para poder continuar.
He descubierto algo que ya sabía. ¿Vale hablar de descubrimiento en estos casos? Supongo que no. Pero he descubierto que las empleadas que te atienden en el mostrador de la aerolínea son las mismas que después te reciben en la puerta de embarque. Sí, la chica que te corta el boarding pass es la misma que te lo ha dado minutos antes en un paisaje anterior, minutos que parecen horas porque entre un encuentro y el siguiente te han hecho desvestir y vestir de nuevo porque algo sonaba a metal, te han sugerido volcar los líquidos de las botellas, abrir los alimentos para bebés para comprobar que no son nitroglicerina, y te han tomado huellas digitales y fotos. Ellas son las mismas, pero te es imposible recordarlas. Hacen un camino en paralelo que no se toca con el tuyo (laberíntico y sisifoide) y llegan perfumadas desde el check in hasta el embarque.
¿Cómo descubrí que eran las mismas? No por sus caras, todas muy parecidas, con el mismo pelo tirante, representación última de la eficiencia. Tampoco por su uniforme chillón, ligeramente vintage, destinado a diferenciar a una aerolínea de otra pero que acaba por ser siempre el mismo uniforme. No; las he descubierto porque la misma chica que me negaba un asiento junto a mi bebé de ocho meses aduciendo que “el sistema ya había adjudicado dos asientos separados y no había forma de cambiarlo” reapareció luego en el avión más relajada, diciendo extra sistema: “¿Por qué no cambia de asiento con otro pasajero?”.
La famosa excusa del sistema. Lo que a la hora del check in es “sistema” se comporta como inamovible. Pero a la hora del embarque adquiere su carácter real: un avión es una pobre lata de sardinas. ¿Por qué me quería hacer creer que no podría viajar junto a mi mujer y mi bebé cuando la solución era tan simple: cambiarle el asiento a un buen cristiano? Porque la tal buena voluntad no entra en los planes del “sistema”, y a la hora de imprimir tiquecitos, sopesar valijas y sospechar terroristas, el sistema es regido por una máquina ignota.
Cuando en el mostrador pedí dejar una queja por escrito y presentarla ante el sistema me respondió con la alegría propia de la lengua italiana: “Por supuesto, si es que lo encuentra”. No, no lo encontré.
Videla | La última declaración: "Asumo en plenitud mis responsabilidades"
Quiénes aparecen en el video de la "pasión irrefrenable" de Néstor Kirchner