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A comienzos del siglo XX, envalentonados por el avance de la Revolución Industrial, los ricos se volcaron al espiritismo. Aunque la excusa era comunicarse con los muertos, el desafío era comprobar la existencia del más allá. Si podían hablar por teléfono o soñar con aviones, ¿por qué no pedir pruebas del otro mundo? Cien años después, cuando cielo e infierno perdieron su consistencia de arpa y tridente para convertirse en una realidad “energética” y la tecnología nos acercó a Dios (a su lugar), la clave pasa por corroborar la presencia del espíritu y avanzar hacia su control. Si de verdad existe un alma, idea que mientras no alcancemos la inmortalidad seguirá resultando atractiva, lo mejor es comenzar a manejarla, quitándole la potestad a cualquier divinidad todopoderosa, en especial a aquéllas afectas a las restricciones. La filosofía oriental llega descuartizada a nuestras playas. Lo que en contexto suele ser una búsqueda profunda de la espiritualidad, acá se reconvierte en una nueva manera de mirarse el ombligo que, en el peor de los casos, recomienda ser vegetariano. Con todos sus pecados, las religiones tradicionales aún visibilizan al pobre a través de las colectas anuales o los sermones domingueros; éstas ponen el eje en la meditación, actividad que puede ser muy genuina si se la toma en serio. O una vía de evasión para ricos y famosos.
*Filósofo y publicista