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Pensar que de joven quería ser escritor, novelista; escribir libros radicales, experimentales, vanguardistas; entregarme al vértigo de lo nuevo, de la ruptura, de la más extrema soledad, vivir favorecido por la incomprensión social, volverme el idiota de la familia. O más aun, en un escalón más alto todavía, llegar a ser editor, ahora que los editores son más importantes que los autores, los curadores más que los artistas y los productores más que los músicos; construir una obra a través de un catálogo, tomar decisiones arriesgadas (¡editar libros de mil páginas!), descubrir talentos ignotos, rescatar del olvido a los escritores mártires del mercado, tener un stand en la Feria del Libro, revolucionar la edición independiente. Pero nada de eso ocurrió. Jamás escribí un libro, nunca pisé una editorial. Ocurrió, en cambio, lo que yo más temía. ¿Profesor de Sociología, docente en Letras? No. Periodista. Columnista de un suplemento cultural. ¿Cómo fue posible? ¿En qué momento sucedió? ¿Cómo no me di cuenta antes de mi decadencia inevitable? Ahora ya estoy jugado, atrapado en el espacio de la contratapa del entretenimiento dominical. Precisamente en la jerga de este diario, o quizás en la jerga particular del ex editor de este suplemento, a los columnistas de Cultura (Quintín y yo) se los llama “contratapistas”. Palabra curiosa y poco agraciada, pero que no deja de agradarme: indica una fatalidad geográfica antes que un género periodístico. El contratapista lee desde atrás, al revés, en un extremo, desde la periferia. Está en la frontera: tiene un pie dentro del diario y el otro entre los huevos que se envuelven con él. Y así, desde esa posición descentrada, un día, casi sin darme cuenta, comencé a leer a otros columnistas y cronistas, hermanos en la dicha y la desdicha de tener que escribir ideas geniales cada siete días. Primero a viejos columnistas de la primera mitad del siglo XX (¡en esa época escribían una nota diaria!) como Salvador Novo, en México, o Joaquín Edwards Bello y Jenaro Prieto, en Chile (todos ellos también grandes escritores). Luego, más actuales, los comentarios sobre libros de Christopher Domínguez Michael en Letras Libres, en México; la columnas intempestivas de Ignacio Echevarría en El Mundo de Madrid, la ya clásica de Mathieu Lindon en Libération de París, y, por supuesto, las crónicas quincenales de Roberto Merino en El Mercurio, de Chile. Desde la época en que escribía en Las Ultimas Noticias, Roberto Merino viene reinventando la crónica literaria, en una mezcla que incluye dosis justas de erudición ilustrada, referencias a la cultura mediática, recorridos urbanos, autobiografía solapada, anécdotas de escritores y perplejidad existencial. Cada tanto, Merino acepta que sus crónicas se compilen en libros; libros que, a cuentagotas, saltaban la cordillera (en las valijas de quienes viajábamos a Santiago: recuerdo en Ezeiza, cuando en la aduana me abrieron el bolso de mano y encontraron cuatro ejemplares de Horas perdidas en las calles de Santiago y no entendían por qué tantos ejemplares del mismo libro…) para convertir a Merino en un autor semisecreto entre nosotros. Pero faltaba un libro suyo editado en Argentina. Pues… ¡la editorial Mansalva lo hizo!
Acaba de aparecer En busca del loro atrofiado, que reúne las columnas publicadas en Las Ultimas Noticias entre mayo de 2001 y octubre de 2003. Aquí un fragmento, muestra gratis de su estilo único, de una columna llamada Libertad de no opinar: “Llamé hace un par de semanas a Rafael Gumucio. Me dijo que se iba esa misma tarde a Concepción, con Patricio Fernández, a fin de participar en un foro sobre la libertad de opinión. Me permití preguntarles por qué tenían que hablar de la libertad de expresión, por qué no opinaban nomás…”.
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