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El 27 de diciembre de 1925 Serguei Esenin se suicidó en una habitación del Hotel Angleterre de Leningrado colgándose de la araña que pendía del techo. Antes se cortó las venas y con su sangre escribió un poema de despedida que decía: “Morir en esta vida no es nuevo,/ pero vivir tampoco es nuevo”. Había sido el más grande poeta ruso antes de la Revolución de Octubre, y cuando la Revolución de Octubre llegó, él, el poeta campesino, el poeta que les cantaba a las bellas muchachas, al heno, al sol y a la luna, quedó desplazado, descentrado. Hizo intentos auténticos tendientes a llevar a cabo verdaderas poesías revolucionarias, pero los resultados fueron catastróficos. A más compromiso, menos poesía. En 1921 había conocido a la bailarina Isadora Duncan, de quien se enamoró perdidamente. Se casaron un año después y viajó con ella por Europa y Estados Unidos. En 1923 regresó a Rusia, acosado por el alcoholismo y la nostalgia del talento y la fama perdida.
A su muerte, los entonces reconocidos grandes poetas rusos (un poeta oficialista jamás fue ni será un gran poeta: se puede disfrazar, recibir subsidios, recitar en público, pero al final sus poemas terminan resultando más muertos que la carne fría) se mofaron de él. El poeta borracho había muerto. Solamente dos voces se levantaron para defenderlo, la de Trotsky y la de Vladimir Maiakovski. Trotsky fue quien leyó una despedida en el funeral de Esenin. Esa despedida de Trotsky sólo se compara con otra, leída por Louis-Ferdinand Céline ante la tumba de Emile Zola. “El poeta ha muerto, ¡viva la poesía!”, clama Trotsky. El breve discurso de Trotsky está incluido en un libro formidable, Literatura y revolución.
Vayan a buscarlo. El poema de Maiakovski es aun más enternecedor si se tiene en cuenta que con él se ponía en contra a toda la comunidad poética oficialista y lameculos de Rusia. “Es mejor morir de vodka que de hastío”, decía Maiakovski.
“Tal vez,/ si hubiera habido tinta en el Hotel Angleterre,/ usted no habría tenido razones/ para abrirse las venas.” Mejor que aumentar los suicidas es aumentar la producción de tinta. Eso lo sabía Maiakovski, pero es algo que sabe cualquiera. Maiakovski asumía la defensa furibunda de Esenin concluyendo su poema con unos versos que desde entonces son célebres: “En esta vida,/ morir es fácil./ Mucho más difícil/ es construir la vida”.
A lo mejor fue la envidia o las ganas de hacerse un poco de publicidad. A lo mejor tuvo una mala noche allá, en California. A lo mejor intentó parecer “maldito” (o sea cool). Algo llevó el jueves pasado a Bret Easton Ellis a lanzar un ataque total vía Twitter contra la memoria y la figura de David Foster Wallace, el escritor que se suicidó en 2008 y de quien en estos días se habla mucho en los EE.UU. a raíz de la aparición de la primera gran biografía. “El más aburrido y sobrevalorado escritor de mi generación”, “en busca de una escuálida grandeza que simplemente no estaba destinado a alcanzar”.
Pensaba en Esenin leyendo las breves intervenciones de Easton Ellis sobre Foster Wallace. Pensaba que en los gestos de Trotsky y Maiakovski había un riesgo, un peligro (uno murió asesinado, el otro se suicidó pocos años después de un tiro en el corazón) que ese genio incomprendido de la literatura norteamericana llamado Bret Easton Ellis no podría asumir jamás. Basura.