Publicado en edición impresa de ESCENARIOS DE COMUNICACION  

Teatralidad del poder

  • Por Eliseo Verón | 09/09/2012 | 00:11
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Este último lunes viví una secuencia de situaciones (de la que soy el único responsable), que cuando concluyó (pasada la medianoche) me pareció sintomática de lo que está ocurriendo en nuestro país en términos de comunicación política. La secuencia tuvo tres grandes bloques (sin tanda publicitaria entre los bloques, porque por el momento no he podido venderle mis secuencias existenciales a ningún anunciante). El primer bloque fue una sesión del seminario que coordino en la carrera de Comunicación de la Universidad de San Andrés, donde se discutió una presentación sobre el modelo teatral aplicado al funcionamiento del poder. Ya en mi casa, me quedé aguardando el discurso de la señora Presidenta por la cadena nacional en ocasión del Día de la Industria (que se difundió en diferido: el presentador de TN explicaba que estaban esperando la cadena, haciendo el gesto de tirar la cadena…del baño) y finalmente –movido por la curiosidad– mi tercer bloque fue el primero del programa Desde el llano, de Joaquín Morales Solá, con la participación de Santiago Kovadloff y Eduardo Fidanza.

En mi seminario –donde profesores invitados presentan temas que después son discutidos con la participación de los alumnos– se habló, entre otros ejemplos, de la puesta en escena que Alejandro Magno montó en el campo de batalla de Issos, donde a pesar de su gran inferioridad numérica derrotó al ejército del rey persa Darío III. Se comentaron imágenes de Elizabeth I, soberana de Inglaterra e Irlanda entre 1558 y 1603, y cuyo largo reinado comenzó con una ceremonia en la que Elizabeth se presentó enteramente vestida de blanco –como Cristina cuando asumió en 2007–. En el caso de Elizabeth, la metáfora de la novia fue explícita: a pesar de los múltiples pretendientes que se sucedieron a lo largo del tiempo, asociados siempre a alguna alianza política, nunca se casó y terminó siendo venerada como virgen; llegó a afirmar que estaba casada con su reino y con sus súbditos, y habló de “todos sus esposos, mi buen pueblo”.

Este camino metafórico está probablemente cerrado para Cristina, puesto que parece haber adoptado la posición de eterna viuda.

La larga intervención de la Presidenta con motivo del Día de la Industria, además de permitirle mostrar que en Tecnópolis algo pasa, confirmó lo que ya he señalado en estas columnas más de una vez: en sus prestaciones discursivas, Cristina es incapaz de afrontar el más mínimo riesgo de debate político. En consecuencia, una vez decidida su intervención, el festejo fue organizado por la Casa de Gobierno, y los empresarios invitados a concurrir. ¿¡¡Cómo negarse!!? Rodeada de un público que no representaba ninguna amenaza y que no podía hacer otra cosa que estar ahí (en el peor de los casos, con una expresión impenetrable en el rostro), la señora Presidenta, después de un video de propaganda de seis minutos, actuó su ritual de siempre por cadena nacional: explicar pedagógicamente, controlar si Fulano o Mengano está en la sala, pedir confirmación de alguna cifra, y regañar indirectamente a tal o cual, con el acostumbrado tono de maestra de escuela. Y recordando que Él, en 2003, inició una política de defensa de la industria nacional como nunca se ha visto en la historia del país. Durante el discurso, que duró alrededor de una hora, el público aplaudió con elegancia (vs. entusiasmo) dos veces.

¿Bastará esta táctica para frenar su caída en la opinión pública? Probablemente no. Según una encuesta reciente de Management & Fit, las dos curvas de imagen se han cruzado por primera vez y la imagen negativa de Cristina supera por 9 puntos a la positiva. A propósito de las clases medias, Fidanza insistió en que “cuando hay restricciones, eso genera angustia y cuando hay sobreactuación, hay rechazo”. En una última encuesta de Poliarquía, el 40% de los que votaron a Cristina no quiere su reelección: hay un verdadero problema de caudal electoral.

Pero no me cabe la menor duda de que el Gobierno tiene un plan B, y un plan C y un plan D (en orden de peligrosidad creciente) y alguno puede dar buenos resultados: la puesta en escena teatral del poder se ha hecho hasta ahora muy bien. La señora Presidenta empezó su primer mandato enteramente vestida de blanco y después pasó al negro. Para ser reelecta por segunda vez, ¿tendrá que vestirse de rojo? Esperemos que no, porque Cristina, con todo, no es Susana Giménez y no vende celulares.

Comentando el discurso de la Presidenta, Santiago Kovadloff habló de “ideología redencionista” y de “unicato”. En mi seminario, la discusión había culminado en una cuestión fundamental: ¿cómo sería una teatralidad política democrática?, ¿diferente de una teatralidad autoritaria? Buena pregunta, que quedó en suspenso.       


*Profesor plenario, Universidad de San Andrés.

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