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Ahora desprécieme

  • Por Martín Kohan | 14/09/2012 | 23:32
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La historia parece inspirada en Borges. Dos hombres en la llanura se enfrentan mano a mano en un duelo. Lo que existe alrededor se desvanece; el mundo cesa y, en cierto modo, no hay otra cosa que ellos dos. De hecho, en lo sucesivo, ya casi no se hablará de este día más que para evocar la lucha que estos hombres libraron entre sí. Una verdad y un destino se juegan en la escena del duelo. No hay un muerto, no es tan grave; no hay cuchillos de por medio, se trata nomás de fútbol, un asunto sin importancia. Pero uno vence y el otro es vencido y esa circunstancia es inapelable. Con el tiempo, sin embargo, el que imperó comprende que esa victoria lo condena. Que no existe ni existirá más que por ser el que se impuso al otro (que él es ahora el otro, que por lo tanto no es nadie, y etc., etc., etc.). Y comprende, de igual manera, que el triunfo lo hace indigno. Que tuvo que ser traidor para poder ser un héroe.

Como Argentina y Perú han jugado en estos días por las eliminatorias, hubo entrevistas a Luis Reyna. Reyna tuvo que marcar a Maradona en las eliminatorias de 1985. Lo hizo de manera implacable, como un autómata o como un maniático; lo hizo con aspereza, lo hizo con fiereza, lo hizo sin lealtad. No jugó más que para eso, para anular a Maradona. Eso hizo y lo logró: su pegoteo enfermizo, sus patadas suculentas, sus manotazos de ahogado, su omisión del reglamento, consiguieron que Maradona no aportara nada al partido.

Al terminar lo felicitaron. Hoy no duerme pensando y pensando. Pasaron diecisiete años y todo menos eso es olvido en su pequeña historia. Hasta el gol que le convirtió a Argentina en el partido siguiente se ha perdido para todos. Reyna murmura que se arrepiente. Que jugó feo y él no era así. Que no creía en lo que hizo y no sabe por qué lo hizo. “Espero que las generaciones siguientes me olviden”, imploró. Porque sabe que su sola esperanza es ser borrado de toda memoria.

Para ser un personaje borgeano del todo, debería haber contado su historia en tercera persona y no en primera. Pero no pudo, pero no puede. Ése es el sello de estilo del habla de Maradona.

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