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En la primera parte un médico nada futbolero asiste a un barrabrava de San Lorenzo que agoniza en la calle. Este antes de morir le pone la bandera del club de bufanda y le dice: “Aguantame los trapos”.
En esta segunda y última parte, el médico viaja a Europa y durante un congreso no puede dejar de mirar el resultado del partido del Casla en su iPhone, y cuando vuelve en el avión lee los suplementos deportivos on line. La azafata le pide que lo apague y él le dice: “Ya lo voy a apagar”, y se demora un rato. En el kiosco del aeropuerto va a comprar cigarrillos (no fuma hace cinco años, pero no se aguanta) y entre las revistas ve un número aniversario de San Lorenzo que viene con un DVD. Lo compra y lo hojea en el remise, con la ventana baja, fumando.
De noche en su cuarto se oye que dice: Buticce, Albrecht, Rosi, Calics, Villar, arriba Rendo... Prende la luz, su mujer le pregunta qué le pasa (está casado, con hijos estudiando en el exterior). Mira la revista, apaga la luz y dice: Rendo, Veglio, Cocco, González... El domingo le pide a su amigo cuervo que lo lleve a la cancha. En la popular mira como asustado a los demás gritando, saltando. De a poco se suma al grito de la hinchada. Pierden 1 a 0 y el árbitro no cobra un penal evidente. Empiezan a volar cosas, el amigo se lo quiere llevar y él sigue saltando desaforado. En los empujones el hermano del barra brava muerto lo reconoce y se lo lleva al corazón del agite. Uno le pregunta si es alemán, no escucha, dice que sí. Lo bautizan “el Alemán”. Se vuelve solo a su casa, sentado en el asiento de atrás del colectivo, se trata de calmar pero por momentos se ríe solo.
Es obstetra. El lunes está en un parto. “¿De qué cuadro lo van a hacer?”, pregunta. “El abuelo es de Huracán”, dice el padre. “No, tiene que ser de San Lorenzo”, le dice. “Vamos a ver”, dice el padre. “Si no lo hacés de San Lorenzo no lo asisto yo”, contesta y se empieza a sacar los guantes, como yéndose. La madre con las piernas abiertas, empapada en sudor, los mira y dice: “¿Me están jodiendo?” “Está bien, está bien”, dice el padre, “es de San Lorenzo”. Al día siguiente, tiene que dar explicaciones al director de la clínica.
Va a ver a su amigo cuervo que es psicoanalista. Quiere parar con esta conducta, pero no puede. El amigo le habla de una proyección traumática puesta en el fútbol. Le dice que San Lorenzo no es lo más importante. Discuten. El médico se va gritándole: “No tenés huevos, loco, no tenés huevos.” Vuelve a la cancha, ya es “el Alemán” en la barra brava. Ese día hay heridos. Lo invitan a un asado. De vuelta en su casa a la noche, lejos del sexo tullido matrimonial, tienen sexo apasionado y de pie con su mujer, que lo mira sorprendida.
El lunes lo llaman del hospital para decirle que no vaya más. “Prendé la tele”, le dice el director. En el noticiero lo identificaron con las cámaras de la cancha. Su imagen congelada en pantalla. Santo Biasatti dice: “¿Saben quién es este señor que tira piedras? Un prestigioso médico porteño.”
Una noche le traen un herido de bala. Se vuelve médico clandestino de la barra brava. Empieza a tomar decisiones. Viajan a un partido en el interior... El final mejor no contarlo todavía.
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