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Cuando los bolcheviques tomaron el poder en 1917, los bares y teatros de San Petersburgo estaban funcionando con normalidad, algo poco alineado con las ilusiones socialistas del siglo XIX, que imaginaban que el cambio se produciría de manera espectacular en una gran lucha de clases. Al final fueron unos pocos, algo además contradictorio con el término “bolchevique”, que refería a una mayoría dentro del partido obrero social demócrata ruso luego de su fragmentación en 1903.
El caso, analizado con el paso del tiempo, es maravilloso. El socialismo se erigió por el enorme sentido de la oportunidad de Lenin y no por un agotamiento social de las relaciones de producción capitalista. Una terrible decepción.
Siempre costó bastante cambiar a las sociedades, algo que los chinos experimentaron con Mao, los rusos con Stalin o los cristianos de México con Plutarco Elías Calles. Nos ilusionamos con el cambio y que éste sea producto de la revuelta romántica, pero cuando no se produce de manera natural, los políticos empujan para que ello se produzca contra las voluntades del resto.
En argentina, el kirchnerismo asume un rol de tutor del destino de todos. Un pueblo engañado por los medios de comunicación y el ideario liberal, un pueblo alienado que no logra observar la realidad por sus propios ojos ya que es portador de la ideología dominante que lo ciega, por ejemplo a través del Grupo Clarín. El objetivo fundamental de Cristina Kirchner es quitar las vendas cueste lo que cueste.
Para los bolcheviques, no era un problema que un par de trasnochados hubieran hecho uso de la opción del golpe de Estado sin que enormes masas los acompañaran. Las leyes de la historia estaban de su lado, de modo que en el fondo hacían camino de la mano del destino. Y al revés, si enormes masas se quejan es sólo por ideología y no por realidad.
La movilización del jueves 13, como mínimo, sorprende. Luego de cuatro intentos en el año, un cacerolazo ha sido adornado en imagen con muchísimas personas. Allí, una nueva revuelta activa el ensueño revolucionario de que eso impulsará la modificación del régimen. Las conclusiones apresuradas son que algo ha cambiado, que la sociedad dijo basta. Me permito decir que, en principio, el cacerolazo por ahora es sólo eso, un aparente gran cacerolazo. El resto es ilusión macrista.
Ningún episodio es relevante en sí mismo sino que importa en función de las alternativas que activa, y es allí donde lo del jueves pasado debe ser atendido con atención.
En términos de opinión pública, los indicadores que más han caído son los relacionados a temas económicos: inflación y la economía en general. Pero al mismo tiempo, CFK ganaría las elecciones si se presentara hoy como candidata, y sus valores de imagen, si bien más bajos que en 2011, continúan altos. La economía debe estar haciendo su juego de fondo en estas protestas.
Hay algo más. En el proceso más fuerte de la crisis del campo empezaron a detectarse aspectos de enojo fuerte vinculados a su modo de hablarle a la sociedad. Lucas Klobovs y yo demostramos en una publicación que el rechazo a las formas personales de Cristina Kirchner tenían un enorme peso a la hora de evaluar negativamente su gestión. En abril de 2010, un 83% señalaba por lo menos alguna molestia con sus modos, y en diciembre de ese mismo año esa cantidad había descendido a 50%. Algo había logrado modificar.
El riesgo mayor para el Gobierno es el regreso a esos modos, que son los que seguramente estén también motorizando las ganas de ir hasta una esquina con la cacerola.
Otra vez el Gobierno define la escena. Si Cristina y sus funcionarios incurren en desautorizar la resistencia social al cambio, por ser “falsa conciencia”, estarán a las puertas de una serie de marchas en aumento. Abal Medina ya ha dado un paso en ese sentido. Si hace al revés y ensaya un comentario del tipo “hay que escuchar las quejas y asumir errores”, entiendo que desactivaría el malestar. Pero eso sería traicionar la revolución.
*Director de Ipsos Mora y Araujo.
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