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Brasilia y la cabeza de Goliat

Una reflexión a partir del pensamiento de Ezequiel Martínez Estrada, que vio en Buenos Aires la “cabeza de Goliat”, y de una comparación con Brasilia, la capital nacida de la nada en el corazón del Brasil en sustitución de la colonial Río de Janeiro. ¿Por qué no pensar en una intervención similar para nuestra capital que, de lunes a viernes, acumula más de siete millones de personas? Una propuesta para dar nueva vida a la Reina del Plata.

  • Por Gustavo Adolfo Druetta | 16/09/2012 | 02:38
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La abominable pelea entre el Gobierno porteño y el Gobierno nacional remite a la metáfora de Ezequiel Martínez Estrada, La cabeza de Goliat. Obra publicada en la década anterior a la no metafórica construcción de Brasilia iniciada a principios de 1957, culminando el traslado de la capital del Brasil desde San Salvador de Bahía al Río de Janeiro colonial, luego imperial y republicano, hasta la meseta central semidesértica del “cerrado”. Inaugurada a la entrega del gobierno a Janio Quadros en enero de 1961, el gobierno nacional-desarrollista de Juscelino Kubistchek había dado crucial impulso a la energía, industrias, rutas, vías férreas y educación, y cumplido su audaz Plan de 30 Metas “50 años en 5” a fuerza de inversiones externas orientadas por –y asociada a– la acción pública, desplazando el centro de las decisiones político-institucionales desde el litoral a la puerta del Brasil profundo, su “meta síntesis”. Gesta que intentara parangonar Raúl Alfonsín en los 80 con análoga intención geopolítica, aunque reproduciendo el sino portuario capitalino –esta vez marítimo– con menoscabo de una ubicación de la nueva capital en el centro-norte del país, más propicio a la conexión estratégica y territorial con el corazón de América del Sur. La idea no era nueva: cortarle la cabezota al Goliat criollo para reimplantar sus funciones macrocéfalas en algún lugar de la Argentina subpoblada. Aquella frustración del presidente arrepentido por no haber trasladado su despacho a Viedma-Carmen de Patagones para forzar la decisión abortada, podría ser hoy retaliada con un giro osado frente al insoluble embudo, poblacional y urbano, del área metropolitana.

¿No podría encararse “el desmontaje y… cambio de función y dirección de las actividades del país, por un uso nuevo de la ciudad”, cuyo gigantismo era “un problema espiritual que concierne a nuestro trascendental destino de pueblo” según Martínez Estrada? ¿Por qué no un plan de tres años y medio a completar en el bicentenario de la Independencia? Eso tardó Kubistchek en terminar Brasilia, y la hizo en medio de la nada. No dudó en dar el ejemplo pues aprobada la construcción de la nueva capital y definido el lugar de asentamiento, se trasladó periódicamente durante las obras a despachar en una modesta edificación de madera, precursora del Palacio da Alvorada en la Plaza de los Tres Poderes. Discutió paso a paso con los ganadores del concurso urbanístico y arquitectónico, Lucio Costa y Oscar Niemeyer, los detalles del diseño, y luego de mucha insistencia logró que un geólogo le asegurara socavar y llenar un gran lago artificial para proveer de mayor humedad y riqueza ecológica a la nueva capital. Sin embargo, no convendría imitar a Brasilia reconcentrando la burocracia estatal en otra super-ciudad atrayente de nuevas y concéntricas aglomeraciones urbanas, y no sólo por ser muy costoso. Ni siquiera es necesario modificar la Constitución para distribuir regionalmente la mayoría de los organismos del Estado nacional dejando una pequeña cabeza republicana en Buenos Aires: la Presidencia y Jefatura de Gabinete, el canciller y su gabinete, el Senado y la Corte Suprema. Se trata de la desconcentración geográfica del aparato funcional del Estado nacional y sus órganos especializados, desplazándolos e instalándolos en diversas regiones de la Argentina. Por un lado, para impulsar la atracción, distribución y asentamiento de población migrante, e incentivar y facilitar nuevos desarrollos socioeconómicos con el gesto simbólico y concreto de su traslado. Y por el otro, para que al trabajar en proximidad de los mismos lugares donde se generan y/o concentran actividades y problemas económicos, sociales, habitacionales, de transporte, medioambientales y otros incumbentes a la gestión y control del Estado-nación, los funcionarios y sus auxiliares los conozcan in situ, los sientan y palpen a simple vista, lejos del microclima deformante y autorreferencial de la City, al ser entornados en la vida cotidiana por los sujetos y objetos de su acción. La Cámara de Diputados podría tener su asiento permanente en alguna provincia del centro-norte (Tucumán o Santiago, “madre de ciudades”) y sesionar alternativamente en distintas regiones según los proyectos en tratamiento. La magnífica ala vacante del Palacio del Congreso podría ser sede inmejorable de los parlamentos del Mercosur y la Unasur.

Las constituciones de 1891,1934 y 1946 del Brasil ya establecían el futuro traslado de la capital al Planalto Central en un triángulo formado por afluentes de las cuencas del Amazonas, San Francisco y el Plata. Nuestro Martínez Estrada cita al senador cordobés M. Piñero en el debate de 1869, previa referencia al triple veto de Mitre y Sarmiento sobre leyes de 1868, 1869 y 1873 que erigían a Rosario en capital federal (el sanjuanino proponía Argirópolis en la isla Martín García, capital simultánea de Argentina, Uruguay y Paraguay). Decía Piñero: “Mientras el gobierno nacional esté en un gran centro de población no ha de ser el gobierno de la República Argentina, por más virtudes que tengan los hombres”. En 1867 el diputado Carlos Tejedor excluía también a Córdoba por idénticas razones, prefiriendo “cualquier lugar que se eligiera en medio del desierto”. Concluye Martínez Estrada: “La ley de 1880 (y la confrontación armada) cortó el nudo. Desde entonces Buenos Aires dejó de ser capital de la provincia y quedó siendo capital de sí misma”. Y levanta las palabras proféticas de don M. D. Pizarro en la Revista de Derecho, Historia y Letras en 1898: “¿Por qué sólo se oyen las voces metropolitanas que desde la capital de la República se levantan como zumbidos… de colosal colmena? Porque ahí está concentrada toda la vida política de la República… El interior es la necrópolis de las autonomías del régimen federativo que hoy sólo pertenece a la historia política de la República”. Con su status federal minusválido y hostigado por dirigentes nacionales que gozan de su patrimonio cultural pero degradan su autonomía, la CABA actual no podría pretenderse hegemónica. Políticos virtuosos o no del interior que la habitan o vienen a habitarla, sienten amor-odio por ella y por la porteñidad que los subyuga pero no se les doblega.

El efecto modernizador sobre regiones sub-pobladas y marginales del NE, NO y la Patagonia, de la presencia cercana y diaria de órganos del Estado nacional –análogo al cumplido en el siglo XX por las Escuelas nacionales; las FF.AA. y de seguridad federal, y las sucursales del Correo y Banco de la Nación–, incrementaría la orientación de los factores reales de la economía –mano de obra, capital y tecnología– hacia diversos entornos regionales. Nuevos servicios y comercio atraerían capitales de inversión y migraciones, y la demanda de infraestructura generaría nuevas obras públicas, o sea más puestos de trabajo en aquellos territorios despoblados y empobrecidos por la tracción fatal del litoral gran urbano. Es aún la Argentina invertebrada (J. Ortega y Gasset) de la Pampa húmeda y serranías cuyanas, del Noroeste y Noreste empobrecidos, y de la Patagonia casi deshabitada, que reúne poco más que 40 millones de habitantes. El mínimo que reclamaba Martínez Estrada en los años 40 cuando todavía éramos apenas 12 millones y 2.200.000 porteños que sumados a los del Conurbano formaban una metrópoli de 5 millones; un 40% del total poblacional. Faltaban aún 58 millones de almas, y todavía faltan 30 para llegar a 70 millones, necesarios para la formación de un razonable mercado interno. Población deseable a mediados del siglo XX, hoy duplicable, en relación a la dimensión del territorio de casi 3 millones de km2 –séptimo del mundo– y a una proporción de equilibrio entre población total/población urbanizada como ostentan países más extensos pero con similares potencialidades agroalimentarias, vgr. EE.UU., Canadá y Australia.

Alrededor de 7 millones de argentinos habitan y/o transitan de lunes a viernes por la CABA: 3 millones residen y más de 4 ingresan desde el Conurbano. Entre ellos, una cifra próxima a 400 mil trabajan en o para órganos del Estado nacional, más unos 800 mil que prestan servicios y comercio en función de la demanda de ese universo de empleados y de sus ámbitos de trabajo: sumados dan un número cercano a 1.200.000 personas. Multiplicando cada uno por tres miembros de su familia promedio, resultan alrededor de 3.500.000 de personas cuya vida material está vinculada, directa o indirectamente, al empleo público nacional. Si al menos se restasen 3 de los 7 millones que atestan cotidianamente la vida urbana en la CABA, los 4 millones que seguirían viviendo, transitando y/o trabajando en buenos Aires podrían recuperar una calidad de vida hace mucho tiempo perdida. Para el traslado a Brasilia de los empleados nacionales, se les aseguró vivienda a bajo costo y atractivo plus salarial por un tiempo suficiente para ir creando una población estable hoy cercana a los 3 millones. En el caso argentino, diversas capitales y ciudades intermedias o pequeñas del interior serían las receptoras de ese reasentamiento institucional. Así las calles céntricas porteñas quedarían sujetas básicamente a los conflictos municipales, sin sufrir en su tránsito cotidiano múltiples atascos y piquetes frente a órganos nacionales, llevando a residentes, transeúntes y turistas un toque de alivio y disfrute urbano. Transportes, seguridad y limpieza no estarían en colapso. El Goliat argentino habría perdido su testa no en vano y su cuerpo se vería fortalecido.

*Instituto H. A. Murena.

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