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Vieron lo que conseguí, finalmente”. Pleno, hinchado, con un premio en la mano, casi burlándose, José Ignacio de Mendiguren les planteó a sus pares o acompañantes de la UIA que la devoción cristinista a veces produce resultados positivos.
Aunque afecte en parte, claro, ciertos costados que el resto de los humanos consideran dignos. Pero tal vez esa condición sea imprescindible para presidir –en estos tiempos– institutos, cámaras u organizaciones empresariales que requieren concesiones del Estado. Logró De Mendiguren, luego de casi seis años de insistencia y con distintos titulares, que la Presidenta le concediera el fin de la doble vía a las ART, un mecanismo de compensación salarial ante un despido que las empresas consideraban excesivo y lesivo. Tan solitario fue el triunfo, que el plantel de la UIA se desparramó en el fondo del salón; sólo el Vasco compartió los titulares, como si fuera a ser él quien garantice mayor cantidad de empleo en el futuro, la única y persistente demanda que Guillermo Moreno le exige a cambio de postergar intereses de los trabajadores. Música celestial para la mandataria.
La melodía oficialista pega más en De Mendiguren: debe creer que su voz penetra los oídos presidenciales y, gracias a su entonación, Cristina advierte la conveniencia de corregir el modelo y quitarle la impronta de izquierda que lo caracteriza. Así debió discurrir con Moreno en Brasil antes de la ceremonia local (no olvidar que ambos fueron funcionarios en la misma área en la infradevaluadora gestión presidencial de Eduardo Duhalde), ya que el zar de Comercio algún malestar reúne por el tentacular avance de Axel Kicillof en distintos sectores de la economía. Y si bien los dos son estatistas y no están salpicados con affaires de corrupción –lo que los distingue, según ellos, de Julio De Vido y su grupo–, las finalidades no son comunes. Kicillof suele sorprenderse de que todavía existan ejemplares peronistas como Moreno.
Afinidades aparte, la noticia llegó para fortalecer a De Mendiguren y quizás aplazar intrusiones en la UIA, jaqueada por la incorporación eventual de “industriales” (el entrecomillado pertenece a todos los integrantes de la organización) tipo Cornide o Gómez Galicia, y la aceptación o no en su cuerpo de grupos editoriales con manifiesta cercanía al Gobierno. Se supone que la alfombra roja que tiende el Vasco cada vez que se aproxima Cristina impedirá el acceso, por ejemplo, de José Luis Manzano a la cúpula empresarial, aun a riesgo de que en algún momento deba expresarse contra el monopolio Clarín. Duro trance sería, casi como el que La Cámpora le quiere imponer a Daniel Scioli como muestra de afecto, confianza y obediencia a la Presidenta.
Venía De Mendiguren como mediador del conflicto entre Cristina y Paolo Rocca, un estallido que las partes involucradas pudieron controlar, sea con la carta reparadora del empresario siderúrgico (rectificando parte de lo que había dicho en una reunión presuntamente cerrada al mundo de los ingenieros) o por la visita obligada que la mandataria le impuso a Kicillof a los altos hornos de Campana, una forma de que el teórico economista por primera vez observara una fábrica (sólo le falta pagar una quincena para completar la tarea práctica). En rigor, una reprimenda al indolente, ya que después de tantos meses de funcionar como director del grupo por parte del Estado, el ahora viceministro alguna vez debía haber visitado la planta. De paso, también él se rectificó: dijo que el periodismo, venal y corpo, le había cambiado la frase de “podemos fundir a Rocca, pero no lo vamos a hacer”, por la original que él pronunció: “Podemos fundir a Rocca, pero no lo vamos a hacer”. Tal vez entiende Kicillof de Keynes; en cambio, con el castellano tiene algunos problemas.
Se suspendió el pleito con Techint a pesar de que las usinas oficiales (y sus medios) ya habían deslizado parte de la campaña contra Rocca: desde vínculos con Héctor Magnetto y otros empresarios, presuntamente disolventes, a una simpatía en otros tiempos manifiesta por el radical Ernesto Sanz (como si la empresa, por ejemplo, no hubiera sido en épocas pasadas y con otros tiempos familiares partidaria de Raúl Alfonsín) con escraches periodísticos a colaboradores o contratados.
De repente, ante el repliegue de la compañía, Cristina también retrocedió dos casilleros, le pareció que no era necesario continuar la batalla. Ahora son todos felices, empezando por De Mendiguren, quien hasta logró que sindicalistas como el taxista Omar Viviani apoyaran el cambio al sistema de las ART. Una curiosidad por lo menos o, tal vez, una conducta de cerrar los ojos frente a los que pueden perjudicarlos. En esa actitud están los gremios de la CGT Balcarce, oficialistas, casi dispuestos a no tener este año satisfacción económica a su paquete de demandas (cambio en los montos del mínimo no imponible, por ejemplo) y han asimilado, sin siquiera mostrar mal gusto, que el Gobierno diga que la deuda por obras sociales a los gremios es de $ 8 mil millones (los sindicatos sostienen que es de l8 mil), de los cuales sólo le pagarán 2 mil, en cuotas y con un sistema de computación y pasos tecnológicos que los gremialistas no podrán cumplir ni con la ayuda de los organismos de inteligencia. Mundo insólito.
Mientras, han estado prudentes, por no decir alelados, frente al último acto opositor en las calles: evitaron comentarios y una apreciación sobre el episodio, impensable en una conducción de trabajadores; de ahí que sean varios los que se cuestionan a sí mismos por el oficialismo gratuito, por ser parte de algo que no los interpreta en lugar de permanecer, al menos, neutros. Ese es el principal reproche dentro de la UOM, organismo que dispone de cierta tradición sindical. Saben que no les alcanza lo que el Gobierno les promete en línea con De Mendiguren: una garantía para que no se pierda ningún empleo.
Para los desplazados, como Hugo Moyano, menor es la duda: acompañará sin reservas la manifestación propuesta por la CTA de Pablo Micheli y, luego de una reunión en Córdoba esta semana, habilitará movimientos en distintas partes del país. Acompañe o no la clase media. Si bien el drama de este sector es administrar el tiempo, hasta el propio hijo del jefe camionero, Facundo, evalúa apartarse ya de la conducción cristinista en Diputados y armar su propio bloque, solo o acompañado. Finalmente, es un cantor y está acostumbrado a los coros, los cuartetos o al ejercicio de solista. Bien se lame, si es necesario.