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Hay una noticia policial que se esfumó algo prontamente de los medios de comunicación, por razones de pura puntería. De mala puntería, a decir verdad: si el balazo que pegó por ventura en una pierna hubiese malhadadamente pegado en un cráneo o en una médula, si hubiese traído muerte o hemiplejia como consecuencia de su impacto, estaría comentándose todavía la tragedia. Y tanto más se la estaría lamentando si el disparo hubiese dado, horror de los horrores, en el niño que hasta hacía pocos minutos paseaba sentado sobre esa pierna que el vil balazo perforó. Un niño inocente habría muerto entonces, por accidente, en un marco de violencia social, y por ende todos habríamos debido admitir que no podemos ni podremos jamás salir de El matadero de Echeverría.
Por suerte, claro, nada de eso pasó. La bala quedó en una pierna y la pierna se sanó sin trauma. Eso sí: los disparos existieron. Y fueron hechos a mansalva, de cara a una multitud inerme. La habitual impericia vernácula impidió una matanza como ésas que cada dos por tres acaecen en Estados Unidos, donde salir a balear indefensos es un hábito cultural más extendido. Aquí quedó apenas en agresión genérica, y de hecho el imputado lo fue por “lesiones leves”, no por intento de homicidio, por ejemplo.
Tal vez no sea un aspecto menor que este hecho policial haya tenido lugar tan luego en la República de los Niños. Ese sitio está, y por algo está, en las afueras de la ciudad de La Plata, como si a la estricta geometría racional de la urbe positivista le hiciese falta como compensación una ciudad complementaria de ilusión y fantasía. A diferencia de sus equivalentes de Walt Disney, donde impera un imaginario monárquico de reyes leones, príncipes encantados y princesitas, aquí se declara la república y a los niños se la consagra.
Pero sabemos que, además, la República de los Niños es un espacio netamente peronista. No por nada esa maqueta de metrópoli en miniatura es presidida desde su acceso mismo por un busto del general Perón, primer trabajador, y otro de Eva Duarte, abanderada de los humildes. Y no por nada fue ahí, precisamente ahí, donde el genial Daniel Santoro intentó echar a volar su versión del mítico Pulqui, emblema de la Argentina del peronismo clásico: un prodigio eventual de la industria nuestra, que Santoro convirtió en objeto de arte y a la vez, por qué no, en un juguete. Podría pensarse que el célebre apotegma justicialista “los únicos privilegiados son los niños” se consuma territorialmente en esta república suburbana.
Claro que podría pensarse también que la República de los Niños como tal da una clave posible del peronismo en sí. ¿El peronismo como República de los Niños? Una vez más, Daniel Santoro demuestra entender mucho el asunto, con esos cuadros en los que Evita aparece haciendo chas chas en la cola. Una República de los Niños: un movimiento sostenido por la evocación mítica de las respectivas infancias en los años 40 y 50. Y una nueva interpretación posible para la palabra “imberbes” con que el Viejo descartaría a los jóvenes unos veinte años después (no los vio jóvenes, los vio niños; y empero no los privilegió).
¿Es tan diferente La razón de mi vida, de Eva Perón, destinado a lectores adultos, de los manuales escolares que se empleaban en esa misma época para la educación infantil? ¿Lo es en términos retóricos, más allá de los repudios y las adhesiones que pueda suscitar en cada caso? Me llama la atención, ya en el presente, que entre aquellas personas a quienes la Presidenta de la Nación disgusta podrían según creo distinguirse por lo menos tres variantes: aquellos que la rechazan por las cosas que dice (desacuerdo ideológico), aquellos que la rechazan por la manera en que habla (desacuerdo estilístico) y aquellos que la rechazan por el hecho mismo de que hable (intolerancia stricto sensu: no consiguen tolerarla).
Me detengo en los segundos, sin emitir opinión personal al respecto. ¿Qué es lo que en concreto le objetan a la Presidenta de la Nación? Le objetan que hable como “una maestrita” a sus párvulos, que rete a la población, que aleccione y reconvenga, que instruya y que aplique correctivos; es decir, resumiendo, que infantilice.
Si tienen o no tienen razón, no es cosa que yo aquí considere. Lo que quiero saber no está en los diarios, en la marcha o en la contramarcha, en esta bancada o en aquella otra. Lo que quiero saber está cifrado en las callecitas, los trencitos, las casitas de la República de los Niños. Prometo visitarla pronto y, entonces sí, pronunciarme.
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