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La Argentina no es Venezuela (ni tampoco Australia)

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Durante varios años consecutivos, la Argentina disfrutó de mejoras sostenidas de sus términos de intercambio. El “bonus” llegó a representar 4,5 puntos del PBI por año, permitiendo que la economía aumentara al mismo tiempo la inversión y el consumo. Sin embargo, el pico de esa tendencia  parece haberse dado en 2011. El año 2012 cerró con una merma del orden de 3% en el índice de los términos de intercambio y para este 2013 y años subsiguientes habría que trabajar con la hipótesis de cierta estabilidad en esta variable. En otras palabras, sería arriesgado extrapolar subas adicionales a las ya registradas entre 2003 y 2011, que acumularon nada menos que 30%. Asumir esta nueva realidad tiene profundas implicancias para la estrategia de crecimiento de nuestro país. La Argentina se aleja de Venezuela, ya que las exportaciones de soja llegan a 700 dólares por habitante, contra más de 3.000 dólares por habitante que representa  el petróleo venezolano. Pero también de Australia, que puede seguir apostando exclusivamente a los recursos naturales porque tiene sólo veinte millones de habitantes.

La mejora de los términos de intercambio de la última década, junto con un tipo de cambio real que se ha apreciado a lo largo del período, hicieron que el PBI en dólares de la Argentina aumentara mucho más que el medido a precios constantes. El PBI puede ser estimado en 467 mil millones de dólares para 2012, con un incremento de 340 mil millones en relación a los 127 mil millones registrados en 2003.

Ahora bien, un tercio del aumento del PBI en dólares desde 2003 es explicado por la expansión del volumen de bienes y servicios producidos en el país y dos tercios se originan en la llamada “inflación en dólares”. No todos esos dos tercios son artificiales, ya que la mejora de los términos de intercambio puede ser un fenómeno genuino si se sostiene y, además, en 2003 el peso estaba subvaluado. A precios de hoy, el dólar cotizaba a más de 8 pesos, lo que deprimía la cifra del PBI en dólares de aquel momento.

La digresión anterior lleva a una conclusión: si los términos de intercambio se estabilizan (aun cuando sea en este elevado nivel) y si el tipo de cambio actual está en el límite de la competitividad (en realidad,  lo ha excedido), entonces todo el aumento del PBI en dólares que podamos experimentar en 2013 y años subsiguientes deberá originarse en valor agregado puro. Los anabólicos ya fueron y ahora dependemos sólo de los músculos. Si seguimos intentando engordar en base a “inflación en dólares”, entonces en algún momento el tipo de cambio se tomará venganza y devolverá el nivel del PBI en dólares al nivel que le corresponde por productividad (aunque esos fenómenos siempre incluyen sobreajuste).

Crecer en base a puro valor agregado implica concentrarse en productividad, inversión, tecnología, funcionamiento apropiado de los mercados y tarea eficaz del Estado.

La demanda por el uso eficiente de los recursos aumenta en la medida en que los términos de intercambio dejan de mejorar. Obsérvese el gráfico adjunto, con la correlación entre los términos de intercambio y el poder adquisitivo de los precios implícitos del PBI en función de los precios implícitos de la inversión. Con estancamiento o caída de los términos de intercambio, costará más esfuerzo adquirir máquinas y equipos considerando el tipo de cambio oficial (otra cosa ocurre si los dólares ingresan por el “contado con liquidación”).

Si la vía de engordar el PBI en base a inflación en dólares se ha agotado, entonces es clave ver hasta dónde hemos llegado. En los últimos años el PBI per cápita en dólares relativo a igual variable de países desarrollados se ha recuperado, pero el peldaño alcanzado no da lugar al conformismo: actualmente el ingreso por habitante de la Argentina equivale a 23% del de Estados Unidos, medido a dólares corrientes.

Con la soja estabilizada entre 450 y 550 dólares la tonelada, ¿cómo seguir recortando la brecha con los Estados Unidos? Se hace imperioso revisar la experiencia de emergentes exitosos en cuanto a acercarse al nivel de vida de los desarrollados.

Dos ejemplos de países que vienen atrás de la Argentina pueden resultar de utilidad: con respecto a Estados Unidos, actualmente Finlandia tienen un ingreso por habitante superior y Corea del orden del 50%.

¿Qué tienen en común Finlandia y Corea?:  baja inflación, elevada tasa de inversión, una economía abierta al comercio exterior (la suma de exportaciones e importaciones equivalen a entre 60% y 95% del PBI), mercado de capitales profundo y elevada participación del crédito como porcentaje del PBI, entre otros.

Se trata de economías mucho más igualitarias que las nuestras (el coeficiente de Gini se ubica entre 0,25 y 0, 30 puntos, siendo de 0,45 para la Argentina, cuando 1 es la mayor desigualdad). Esa distribución del ingreso surge de empleos de calidad, con industrias (Corea) y servicios tecnológicos (Finlandia) muy competitivos internacionalmente. Y el énfasis puesto en la educación se refleja en que ocupan el top ten en las pruebas PISA de matemática (para chicos de 15 años), mientras la Argentina obtuvo el puesto 55 en la última medición.

La eficacia (y no sólo el volumen) de la inversión se refleja en el ranking de los indicadores de infraestructura, casi tan buenos como los de educación.

La guía de estos casos exitosos debería dejar poco espacio para las excusas en los temas a incluir en la agenda de mediano y largo plazo. En todo caso, sí para atender las peculiaridades de la Argentina, logrando un mix adecuado entre actividades intensivas en recursos naturales, en industria y en servicios y también entre la actividad privada y el sector estatal en la provisión de los llamados bienes públicos. Pero siempre hablando de políticas de Estado.

¿Por qué una agenda de largo plazo para este 2013 dominado por las urgencias políticas?

Justamente, con un “bonus” de los términos de intercambio equivalente a 4,5% del PBI en  años recientes, es importante establecer si las propuestas partidarias se basan en el supuesto de una soja a 200, a 500 o 800 dólares la tonelada. En un escenario conservador en este frente, el rol de los instrumentos de política económica pasa a ser cada vez más relevante. Así, parece haber motivos suficientes para revisar los caminos seguidos hasta ahora. El Gobierno, porque tiene la obligación de gestionar tres años más y la oposición porque para proponer debe revisar  aciertos y errores del oficialismo.

Con un complejo sojero que aporta exportaciones equivalentes a 700 dólares por habitante, las combinaciones posibles entre incentivar la producción privada y canalizar recursos a través del Estado son múltiples. Pero si la Argentina necesita más exportaciones y más inversión, entonces no debería haber dudas acerca de la conveniencia de sesgar decisiones a favor de los chacareros. Hay una diferencia de cantidad, pero también de calidad, cuando se compara con la canasta exportadora venezolana.

Por otro lado, a diferencia de Australia, la Argentina ha recorrido un largo camino de experiencias por fuera de la agroindustria. Hay capas geológicas de industrias nacidas bajo incentivos diversos y contradictorios. Pero merecen el beneficio de la duda en cuanto a su capacidad competitiva, ya que por algo han atravesado exitosamente tantas crisis. Además, la Argentina con más de 40 millones de habitantes requiere una gama amplia de sectores productivos. Sin embargo,  como lo prueban Corea y Finlandia, los empleos mejor remunerados se forjan dentro de la globalización. Es la competitividad genuina la que lleva al crecimiento y a una mejor distribución del ingreso.

 

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