Publicado en edición impresa de jon lee anderson  

Del otro lado del abanico

En el marco del Hay Festival Cartagena, celebrado del 24 al 27 de enero, Jon Lee Anderson dialogó con PERFIL. Literatura, periodismo y política bajo el prisma de un viajero que ha reporteado y vivido en los cinco continentes.

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No es muy común, en el mundo anglosajón –por oposición al mundo latinoamericano– entreverar la creación literaria con el compromiso político. Habida cuenta de que, desde hace tiempo, el periodismo es un género literario por derecho propio, ¿inscribirías tu trabajo en la línea política de Howard Zinn o Noam Chomsky?
—No, la verdad es que no lo pienso en esos términos; simplemente hago lo mío, me pienso como un reportero. Supongo que tengo una inquietud social que me lleva en una especie de búsqueda. A Noam Chomsky, por ejemplo, lo veo como a alguien de otra generación, ideológicamente; es decir, nunca me he sentido tan convencido de las cosas, siempre me he quedado con cierta duda. Mi formación ha sido muy de periodista, de reportero, en el sentido más amplio de la palabra. Yo no soy un columnista, un editorialista: he rehuido de eso. A buenos entendedores, pocas palabras. Siempre dentro del texto.
—¿Deliberadamente?
—Sí y no. En mi proceso de elaboración soy bastante instintivo, no tengo un plan general. A veces hago un bosquejo pero casi nunca lo atiendo, trato de pensar en escenas puesto que casi nunca es concluyente lo que opino visceralmente o intelectualmente sobre una problemática. El proceso de escritura es mi exploración del evento. Reservo mi opinión de forma consciente para poder estar en sintonía, a veces, con gente muy poco afín, para tratar de ser justo. Esa es mi escuela. A veces me cuesta, pero lo hago. Es al ponerme a escribir cuando me doy cuenta de lo que tengo adentro. Si puedo hacerlo de una forma narrativa, no literal, lo hago.
—Un striptease invertido.
—En términos prácticos, cuando me entrevistan termino soltando más que en la narrativa. Obviamente tengo un rol político, pero mi papel principal es del escritor.
—En un sentido técnico, ¿qué posibilidades te ha dado la crónica para esa exploración? ¿De qué forma editas?
—Yo escojo las escenas, ahí hay una valoración mía. Cuando trabajo con tiempo edito más; cuando estoy con la soga al cuello y tengo que trabajar hombro a hombro con el editor, si hay confianza, él respeta mi instinto y mi matiz filosófico, aunque también discutimos. Pero las escenas son la clave, escenas cinematográficas. Pienso de una manera muy visual. Describir momentos adquiere gran importancia en la crónica, pero tiene que tener un fondo. Yo intento hacer crónica de la forma más tridimensional posible, sin tener muy en cuenta pautas conocidas. Lo mío es bastante sencillo, nada rebuscado: no escribo con guiños para nadie. Mi primer esfuerzo es entender. Y luego desentrañar el fenómeno, que vendría a ser el tratamiento. Terminar un borrador, digamos, de unas diez mil palabras, que es más o menos mi distancia habitual, me lleva más o menos tres semanas. Llegar a algún lado lleva tiempo. A veces me enojo, aflijo o emociono y eso le da su matiz al texto. Tiene que tener un matiz para poder entrar al lector. Yo no quiero que los lectores lean y olviden: si yo he sentido algo, quiero que lo sientan ellos. Si no logro que lo sientan, ¿para qué lo hice?
—Provocar al que lee.
—Aunque sea confusión, una duda. Lo que me jode en la vida son los dogmatismos. Aborrezco los dogmas, por eso te mencionaba lo ideológico.
—Decía Juan José Saer que la ficción no es lo contrario de lo real. En ese sentido, ¿qué opinión te merece el caso de Ryszard Kapuscinski, de Bruce Chatwin, con respecto a la “edición de lo real”? ¿Termina todo por ser ficción? ¿Cuáles son los límites de la representación de lo real, hasta dónde se trata de la proyección de la mirada de uno mismo?
—En efecto, la crónica es una proyección de la mirada de uno mismo, sin duda. Uno intenta ser justo, y yo diría, en mi caso, que ése es mi guiño a la máxima periodística de la imparcialidad: “Esto es la verdad”, pero la verdad como la percibo yo, por lo que se trata de una construcción subjetiva ¿Es una ficción de la verdad? Suena para un buen debate entre críticos literarios. Creo que hasta cierto punto sí, pero eso no aniquila la no ficción inherente a la crónica. Quizá se trate de una verdad con ingredientes, artificios o herramientas de ficción y termine por construirse más una ficción de una no ficción. Kapuscinski… no sé lo que hizo Kapuscinski, pero argumentaría que lo que él hizo fue más ficción que no ficción. En ese sentido, si hay un abanico, yo creo que Kapuscinski –con grandes virtudes– creó un modelo muy original, por eso lo admiramos tanto y le reconocemos tantas virtudes, que fundan su fama internacional. Yo me ubico en el otro lado del abanico, quizás por tradición o por supervivencia. A lo mejor un día yo llegue a un punto en que decida torcer las reglas, pero tendría que anunciarlo antes. No puedo dejar que los lectores piensen que yo juego con los tiempos o con los personajes, componiéndolos, algo que no es literalmente lo que yo viví; tendría que hacer una seña de advertencia: “Mira, esto no es exactamente lo que he escrito antes, esto es otra cosa, un experimento mío, un juego más ficcional”. Dentro de lo que cabe, si lo que escribo es una ficción, intento con ahínco que no lo sea. Yo no sé filosóficamente quién gana este debate, pero reconozco que sí, todo lo que se escribe tiene elementos de ficción. Quizás esto sea el Santo Grial.
—Digamos entonces que, en tu calidad de lector, ¿te interesa leer más un domingo a la mañana una crónica de Alma Guillermoprieto o una de Juan Villoro? ¿Periodismo de investigación o construcciones textuales eminentemente literarias?
—Me gustan las dos, según mi estado anímico. Aunque casi siempre los domingos salgo con mi perro, no me dedico a la lectura.
—Al respecto de la experiencia, sostenía Borges que para escribir una novela policíaca no hacía falta haber sido comisario. ¿Crees tú que en el periodismo que practicas, por llamarle de alguna manera, más cercano a la realidad o callejero, es necesario salir al sol, hacer trabajo de campo?
—Absolutamente; para mí, sin duda. Yo creo que muy pocos periodistas lo intentan. No hacen el menor esfuerzo por sentir el pellejo de otros. Muchos chicos y chicas salen de buenas universidades con el don de la palabra y las herramientas intelectuales para ejercer el oficio, y lo hacen bien, viviendo en la gran metrópolis de las ideas e intercambiando opiniones, y pueden incluso llegar a ser muy famosos, pero no deja de ser un juego entre intelectuales. Con esto no digo que la última virtud o la máxima virtud sea haber trabajado en el campo, ser campesino, pero al menos en el caso mío ha sido fundamental. Yo no quería ser simplemente alguien de la torre de marfil, yo siempre he querido escribir la vida real. No podía concebir esa vida y ser escritor sin vivir a su vez la vida al máximo posible. Mis héroes han sido personas que, de alguna forma u otra, se alineaban a esa pauta.
—Abonando la mítica leyenda del gringo loco perdido por el mundo…
—Sí, pensando en quienes me llamaron la atención de joven: Hemingway, Conrad, obviamente Kapuscinski. Admiro mucho a Naipaul, quien ha tenido la virtud de irse al campo, ha sido siempre demasiado pulcro para mi gusto pero reconozco sus grandes virtudes; aunque prefiero al Naipaul antes de su época Hilton de los años 60 que al autor de gran éxito.
—Pregunta obligada. Respecto del caso del presidente Hugo Chávez, ¿qué piensas del manejo de la información que ha tenido el gobierno? ¿Cuál es tu perspectiva en caso de un probable escenario post- Chávez? ¿Observas algún otro liderazgo regional evidente?
—No me gustan mucho las adivinanzas porque no soy adivino, pero creo que el manejo de la información proviene de un deseo del entorno mundial y presidencial de mantener una discreción total en torno al parte médico. No es aceptable, o no sería aceptable en una sociedad más abierta, y no es aceptable tampoco una oposición que en todo momento le quiere bajar los pantalones. Para mí esta trama kremlinesca es producto de la gran polarización y el delirio que hay en Venezuela y hasta cierto punto en el continente entre los países de la causa cubana y venezolana y entre los países del bloque Nafta. Hay que verlo bien en lo que es. El gobierno venezolano no quiere entregar nada al enemigo, y de eso se trata también, es una táctica de ambos lados, como sucedió con El País. Ellos no pueden cometer una metedura de pata mediática como la de la foto. Eso no se hace; ¿acaso si el rey estuviera entubado en una clínica exclusiva lo sacarían en portada? A lo que voy es que existe un manejo ideológico, un manejo político que va más allá de la coyuntura periodística, y eso es un error que les va costar, y que tiene que ver más con la flaqueza de una corporación como grupo Prisa en este momento. Porque uno entiende que todos como periodistas queremos saber más –yo también–. Hasta cierto punto todos hemos avalado fuentes de información que parecen ser más o menos ciertas, y ha habido estos soplos y filtraciones, ha habido declaraciones del entorno del presidente abonando misterios debido a un gobierno que no sabe manejar bien la información, en un tono de emperador sin ropa a nivel internacional, práctica que normalmente se hacía en casa, ante una población donde la mayoría lo acaba de votar, donde existe una idiosincrasia muy propia que tiene que ver con el carisma de Chávez y su simpatía, algo que sucede como un proceso caótico, emocional y una polarización política que impide entregar nada al otro. Esto llevado a instancias internacionales se ve barroso, y eso es lo que estamos viendo. Ahora, ¿qué vendrá después de Chávez? Temo que mucho caos, puesto que no ha cuajado una institucionalidad muy creíble; en algunos aspectos, como el manejo del petróleo, parece que más o menos lo tienen negociado, pero en muchos otros no. Les ha faltado crear un Estado de derecho, no había tanta violencia ciudadana.
—¿Se cae la revolución bolivariana sin Chávez?
—Si tuviera que apostar, diría que sí, pero quizás no inmediatamente. Y es que yo no sé si hay revolución. Creo que siempre ha sido una revolución retórica, y no quiero decir con esto que no han hecho cosas dentro la dinámica revolucionaria, como intentar levantar a los venezolanos que viven en la extrema pobreza, pero hay mucha barriada todavía. Es decir, no sé si han cambiado el chip de la sociedad misma, y es que no solamente estoy hablando de los pobres, cuyas existencias están girando alrededor del gobierno. El dinero fácil de Venezuela ha creado una sociedad donde todo mundo quiere cosas, quiere el bienestar social que tienen los ricos, y tienen una clase media alta absolutamente asquerosa, cuyo lema de toda la vida ha sido “patria libre en Miami”, y han expatriado su riqueza y también su tesoro cerebral; ¿dónde están esos venezolanos?
—¿Ves un liderazgo regional no chavista en Argentina, en Ecuador?
—Brasil es todo un liderazgo regional. Brasil poco a poco, bah, en realidad rápidamente, desde la época de Lula y ante el gran vacío y la negligencia de parte de Estados Unidos, aunque quizás para muchos latinoamericanos sea fuente de gran alivio, es el hecho de que de pronto Estados Unidos dejó de mirar a América latina desde hace años, hecho que ha seguido con Obama, ahora son menos beligerantes. Fue Bush quien ayudó a crear esta corriente izquierdosa nacionalista en América latina. Quizás era inevitable luego del período post dictadura y post revolución, de los 90 de la gran bonanza y de las fijaciones pseudodemocráticas, donde se hizo mucha ganga y mucha corruptela y se envileció el término “democracia”, lo que ocasionó que esta nueva vieja y rebuscada izquierda surgiera y entrara en escena ante una economía americana disparatada. Entonces Brasil se dio cuenta de que era su hora, y miró a su alrededor y dijo: “¡Coño! Somos los más fuertes aquí”, con un dinamismo muy fuerte. En ese sentido yo veo el despertar de Brasil y el despertar de los países hispanoparlantes que están alrededor, lo que es muy positivo. Brasil era una especie de India sumergida, y que aun con su despertar tiene políticas encontradas, problemas ambientales, indígenas y posiciones del siglo XVII o el XVI. Por eso a Brasil le viene bien el reto, la oportunidad de sacudirse, de confrontarse, y es algo que le viene bien a Estados Unidos porque es un contrapeso. Enhorabuena que Brasil viene a jugar un papel geoestratégico pragmático. Es socialdemócrata pero no ideológico. Es bueno que un país tan fuerte tenga valores democráticos. En América latina aún hace falta el gran Estado, pero el gran Estado que ayuda a levantarse.
—Digamos, la retórica del PRI en México.
—Ese es un caso muy particular, ya lo veremos. Es intrigante ver lo que pasará en un país donde buena parte de la población piensa que el presidente es un criminal.

*Desde Colombia.

 

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