Publicado en edición impresa de Abstractos en Elsi del Rio  

Un laboratorio de las formas

En la muestra “Constelaciones”, tres jóvenes artistas de la escena local proponen una amalgama de colores y líneas duras que se entrelazan de manera simbólica con un universo geométrico. En las obras de Laura Quesada (Buenos Aires, 1964), Guillermo Llacay (Buenos Aires, 1963) y Jimena Fuertes (La Plata, 1972) se manifiestan, sin un punto fijo que sirva de guía, planos superpuestos que movilizan la percepción del espectador.

Planos. La geometría viviente de las formas puras. Arriba: una obra de Laura Quesada. Derecha: ambas obras de Guillermo Llacay. |

Hace un siglo, Wassily Kandinski pintó el primer cuadro abstracto. A comienzos del siglo XX era muy importante ser reconocido como el primero en algo: el precursor, el artista original. Las vanguardias apostaban justamente a eso: a romper con el pasado, inaugurando lo nuevo. Un artista de vanguardia era el que apostaba a lo nunca visto: lo original. Todo ese marco conceptual ya no tiene ningún sentido para el arte contemporáneo, pero muchas de las intervenciones que tuvieron sentido hace un siglo (como la abstracción) siguen insistiendo en nuestra época, incluso medio siglo después de la muerte de la pintura. Hasta los 60, la pintura era el soporte supremo (cuando no el único valioso) en el campo de las artes visuales. La gran ruptura (de la que nace el arte contemporáneo) se basa en el cambio radical del punto de vista: ya no hay soportes privilegiados (con cualquier cosa se puede hacer arte) porque tampoco importa ni la factura artesanal (lo cual rompe con la tradición medieval que subsistía en la primera modernidad) ni la impronta original: ya no se considera que algo pueda ser origen porque todo se relaciona con todo. Cada obra dialoga con la tradición y se inventa un futuro. Esto es visible en la muestra colectiva Constelaciones, que reúne pinturas abstractas de Jimena Fuertes (La Plata, 1972), Guillermo Llacay (Buenos Aires, 1963) y Laura Quesada (Buenos Aires, 1964).

Fernando Entín, que además de galerista es el curador de la muestra, dice en el texto que la presenta: “Según los astrólogos, intentar orientarse en el cielo nocturno puede resultar desalentador porque lleva tiempo localizar un punto inicial que nos guíe. Sin embargo, si uno enfoca su atención en dicho punto puede comenzar su recorrido a través de figuras y mapas astrológicos que se presentan de golpe ante nuestros ojos. Las posibilidades que se pueden descubrir son infinitas”. A partir de tres puntos luminosos (Fuertes, Llacay y Quesada), Entín arma una constelación de diversidades que confluyen. Los proyectos de los tres artistas son muy diversos entre sí, pero al verlos en conjunto se tiene la impresión de enfrentar una pieza musical en la que las diversas voces cantan en armonía. La obra de Jimena Fuertes sale de la tela: parte de las tres dimensiones, pero a través de un predominio del vacío. Así como los artistas concretos de los años 40 y 50 del siglo pasado apostaron a sacar a la pintura del cuadro a través de diversos procedimientos (como el marco recortado, por ejemplo), Fuertes apuesta al marco sin cuadro, de manera conceptualmente similar a las propuestas de Gumier Maier de comienzos de los 90 (aunque de manera muy diferente en lo formal). Fuertes suma marcos pintados y los engarza como si fueran joyas gigantescas: una orfebrería perversa.

Las pinturas de Guillermo Llacay remiten irónicamente a la primera vanguardia. A partir de procedimientos de repetición y transformación, como los que Klee y Kandinski fomentaban en la Bauhaus, Llacay pinta formas geométricas que se despliegan y se concentran sobre las dos dimensiones de la tela. Planos y objetos conviven, como en una pintura cubista, con fragmentos de textos impresos, simulando los collages de hace un siglo: pero sin collages. El proyecto de Llacay es, a la vez, sólido y evanescente. Sólido en la propuesta y poético en la resolución. Un sueño hecho de bloques de realidad.

Los objetos imaginados en las telas de Laura Quesada semejan paralelepípedos desplegados sobre un plano. Cada cara del objeto es un recuadro irregular, pintado de distintos colores. Es como si viéramos, a la vez, el despliegue de una figura y su representación en 3D. Falsas piezas de rompecabezas que no encajan del todo, esta geometría es una alucinación gozosa: un flash congelado.

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