Publicado en edición impresa de Desencanto  

Pasión celestial

La señora que a veces trabaja en casa me lo dice. “¿Qué le pasa, señor Dani?” (no sé si el “Dani” se restituye a la condición adulta, aunque afantasmado con el “señor”, o el “señor” achicado gracias al diminutivo: las bellas alquimias del castellano en labios del Paraguay). “¿Qué le pasa que ya no lo veo contento? ¿Está enfermo o mareado?”.

Ojalá.

Tampoco puedo decirle una verdad que sonaría falsa si no recibiera luego el beneficio de la increíble explicación: me deprimió la renuncia del Papa. Creo que ya escribí sobre eso. En realidad, no me preocupó particularmente el futuro destino de la fe católica, como tampoco me preocupa el de ninguna otra, ya que doy por hecho que en los siglos o milenios que nos toquen de supervivencia todo credo durará o mutará basado en la siempre fascinante estructura que crea el objeto ausente que es propuesto por el sujeto presente como fetiche de la predicación. Sólo de lo que no existe se puede hablar a perpetuidad. Pero me parece que a Elvira el Papa le interesa menos que a mí. Y lo que me impresionó del gesto de Benedicto XVI es, precisamente, aquello que nadie le creyó: su renuncia por cansancio. Cansancio de la edad, de los rituales, la impotencia. Es curioso que alguien a quien la tradición le achaca línea directa con la divinidad y perenne auxilio del Espíritu Santo se confiese desanimado. Esa renuncia, ese desasimiento, dice algo sobre el fin de una pasión, se lee como literatura. Y de eso, en el fondo, se trata.

Hace tiempo leí que el período creativo de un escritor no excedía los veinticinco años de obra; luego venía la repetición, el autoplagio. Andan por ahí novelistas como Nabokov, destinados a desmentir esa sentencia (siendo buenísimos, los libros de entre los 20 y los 40 años de don Vladimir no le llegan ni a los talones a su Ada o el ardor, escrito a los 80). De todos modos, ¿cómo saber cuándo se termina algo? ¿Cómo saberlo si, para uno, en el fondo de toda sensación de agotamiento palpita siempre la ilusión de lo inesperado y de lo nuevo? Un autor puede estar vivo cuando cree que ya murió, muerto cuando se siente resucitado.

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