Publicado en edición impresa de Erudiciones  

Añejas tradiciones

Una de mis amigas es historiadora y sabe de todo, y ayer en el café Victoria (que les recomiendo especialmente) nos leyó un artículo para no sé qué revista especializada, sobre las ordalías. ¿Las qué? Las ordalías, que no son frutos exóticos en almíbar sino, según mi amado Covarrubias Horozco, “castigos mágicos y religiosos ideados para determinar si una persona tiene o no relación con el Maligno” (a saber, el diablo en persona), y que consistían por ejemplo, fácil, en calentar un hierro al rojo e invitar al acusado, que en general era una acusada, a que lo aferrara. Si no le quedaban quemaduras, el tipo o la tipa era seguro cómplice del diablo y lo ahorcaban o lo quemaban en la hoguera de la plaza pública. Si se quemaba hasta el hueso era inocente y podía irse con los amigos, que en adelante lo llamarían el Manco Pepe, a tomar un cortadito pero no al Victoria, que me impresiono. O también, y esto es más fácil todavía, al tipo o tipa le atamos las manos y los pies y lo tiramos al agua al proceloso mar y si no, a un río correntoso o mejor una catarata. Si sobrevive es cómplice de Satanás y lo quemamos en la plaza. Si se ahoga era inocente, lástima haberlo perdido porque los inocentes no abundan, ¿vio? Sensacional. Una lástima que hayamos dejado esa práctica, vea, porque hoy en día con eso de la civilización y/o progreso (que no son sinónimos, créame) tenemos largos juicios llenos de papelotes, y si es en Estados Unidos peor, con los jurados y los abogados y los fiscales que hablan y hablan y nunca al final hay un buen espectáculo en el río o en la hoguera. Yo voto por el retorno de la ordalía y desde ya invito a imitarme, querida señora, estimado señor, y hacer una lista de posibles candidatos al hierro o a la catarata. O a la hoguera.

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