Publicado en edición impresa de Represiones  

Morar en CABA

Hace dos semanas me quejaba del horrendo puente de Calatrava en Venecia. Bastó aterrizar en esta CABA con nombre de cueva húmeda y estofada para que el puente, en mi memoria, se me presentara hermoso y escultórico, si bien resbaladizo.

Es que esta ciudad que amamos es un asco.

El subte A sigue cerrado, sin fecha de reapertura, mientras los viejos vagones de madera se pudren tristemente al sol o se maceran con las tropicales inundaciones. ¿Será verdad que los vagones nuevos (usados) que compraron no caben en los andenes? ¿Por qué no medir antes, comparar precios, hacer las cosas bien? Para equilibrar la balanza transportista (que supone que es mejor atravesar una ciudad que vivir en ella) se empezó a talar judicialmente los árboles de la 9 de Julio para un Metrobus que copia y redunda el recorrido del subte C. La obra no fue consultada a las comunas, que sólo sirven para decorar alguna esquina con sus mapas caprichosos. ¿De qué me sirve que prometan estudios ambientales? No hace falta un experto para notar que los árboles ya no estarán allí y que –adicionalmente– trasladarse por la 9 de Julio será tan imposible como por la avenida Juan B. Justo. Macri me manda un mail de spam (supongo que va a muchas direcciones y temo indagar cómo las ha conseguido) asegurando que todo está en regla, un mail que mete miedo y que imagina el futuro como algo pecaminoso: “No habrá más calles, pero los autos seguirán aumentando”, me dice. Tal es su discurso paisajístico.

El parque Centenario estuvo blindado como si se tratara del lúgubre perímetro de un crimen espantoso. Y justo en verano, cuando era casi la única opción de verde donde ir a pasear con mi bebé. Me pregunto cómo se las arreglaron para hacer lucir como progreso lo que es en realidad un plan macabro iniciado en plena dictadura por Cacciatore (¡qué nombre para un seudourbanista!) para “cazar” a quienes “no estén preparados culturalmente para vivir en Buenos Aires. Concretamente: vivir en ella no es para cualquiera sino para el que la merezca, para el que acepte las pautas de una vida comunitaria agradable y eficiente. Debemos tener una ciudad mejor para la mejor gente”. Así declaraba a la revista Competencia en marzo de 1980 el sucesor de Cacciatore y presidente de la Comisión Municipal de la Vivienda, Guillermo del Cioppo, signando para siempre un feísmo estructural que castiga a los muy “culturalmente preparados” a vivir en un ghetto armado a imagen y semejanza de las políticas más represivas, más inconsultas, más impunes.

El plan ya mostró sus intenciones cuando el duhaldismo concibió la idea de enrejar plazas, no casualmente en el fragor de las asambleas populares. Las plazas se convirtieron en sitios de reunión pública por excelencia, regresando a la raíz invisible y antiquísima de su razón de ser: la polis. Enrejar las plazas no tuvo que ver con preservar su belleza. Nuestras plazas, de hecho, no son realmente muy bellas y –salvo escasas excepciones– carecen de la mano piadosa de artistas, escultores o jardineros. No son particularmente lindas, no aportan el misterio de los quietos jardines japoneses, ni la boscosidad lacustre de Berlín, ni la exuberancia inglesa, ni la propensión al laberinto formal de la imperial Francia. Pero amenazaban con tornarse útiles, pese a su modesta fealdad. Útiles para reunir a la gente enojada en contra de sus ineptos gobernantes. Separarlas de la ciudad mediante rejas no iba a preservar sus tímidos rosales embichados, ni su rala grama bahiana de Brasil, incultivable a la sombra. Tampoco iba a evitar el asentamiento de indigentes que no tienen dónde tirar sus colchones; en todo caso la reja no es la solución a la indigencia, y esto lo sabemos todos, expertos ambientalistas y ciudadanos de a pie.

La política represiva es la misma, o al menos nadie ha dicho ni hecho nada por revertir esta impresión, ni con actos ni con discursos. Apenas responden con el típico latiguillo prepotente, que parece nuevo pero que tiene ya antigua data: “Las obras continuarán”.
Hemos perdido muchas cosas. La pérdida más grande es, como suele suceder, la inmaterial: aquella que duerme en el nombre. ¿Soy el único al que le molesta que nos hayan cambiado con subterfugios el nombre de la ciudad en la que vivimos? ¿Cuándo fue que su nombre –falso y espumoso como cada nombre– se transformó en una sigla, en un código para resumir, desplazar, empujar el acontecimiento que latía en la imagen? Los buenos aires, “die günstigen Winde” (como le gustaba traducir a mi profesora de alemán: los vientos favorables) están soplando muy para otro lado.

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