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El viaje mínimo

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Hace años, en un viaje en ómnibus de Chicago a Madison, fui sacando fotos de lo que veía en la ruta y la autopista: camiones, banquinas con nieve sucia, playas de estacionamiento, árboles negros, lagos helados, carteles. Sacaba las fotos mientras anotaba cosas para la conferencia que estaba preparando. Me gusta viajar solo, sobre todo porque me puedo poner insoportable e insistente con la cámara sin molestar a nadie. Cuando viajo con alguien me inhibo porque me parece que llega un momento en que a los compañeros de viaje les empieza a dar ganas de hacerme tragar la máquina de fotos. Y quizá tengan razón. Pero esa vez estaba solo.

La conferencia iba a ser en la Universidad de Madison, Wisconsin. Me habían invitado a un coloquio llamado “Escritores iberoamericanos y globalización”. Iba con la laptop tratando de articular el enjambre de temas que me rondaban la cabeza. Hasta ese momento había estado muy enredado con las ideas; quería hablar de demasiadas cosas en la conferencia y la ansiedad me estaba enmudeciendo. Pero por alguna razón el viaje en ómnibus me tranquilizó. El avión tiene algo de máquina teletransportadora. Te encapsulan y aparecés en el otro hemisferio, y el cuerpo (la persona que uno es) anda como perdido durante un par de días. Hay una elipsis, un salto en el montaje, que confunde. En cambio el ómnibus –quizá por el contacto de las ruedas con toda la superficie del viaje o por esa velocidad más fácil de entender o porque se ve el recorrido y se asimila– tiene algo más narrativo, algo gradual, más amable.

El ómnibus es menos neurótico que el avión. El problema del neurótico, del ansioso, es que se le anula el tiempo y se olvida de la sucesividad. Ve todo de golpe. Da vueltas en la cama atormentado por la cantidad de trámites del día que se viene, sin darse cuenta de que el día va a estar poblado de horas y momentos que le van a ir permitiendo hacer las cosas paulatinamente. Su cabeza salta y se instala ya dentro de la dificultad, olvidando las transiciones. El avión también salta, saltea. El ómnibus, en cambio, es pura transición.
El Van Galder Coach tardó tres horas durante las cuales subimos hacia el norte y nos metimos cada vez más en territorios nevados, congelados. Estoy hablando de un viaje dentro de otro viaje. El gran viaje de aeropuertos, visas, países, es decir, el viaje total que incluye los días en Chicago y en Madison entre los escritores, los estudiantes y los profesores nunca logré contarlo porque adquirió una dimensión que me superó y después se fue borrando. Quizá por eso hablo de ese pequeño viaje dentro del viaje. La felicidad de lo desconocido. El frío allá afuera en el paisaje plano y blanco. Podría enumerar todas las cosas simples y triviales que me interesaron y me asombraron a lo largo de esos kilómetros, pero no sé si alcanza con mencionarlas. Perdí las fotos en un disco rígido que se quemó. Pero me acuerdo hasta del tapizado de los asientos, de una chica con capucha de esquimal parada en una esquina cuando entrábamos a la ciudad. El pasado es imprevisible.

 

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