Publicado en edición impresa de Discurso y práctica  

La hora de la coherencia

La reciente incursión mediática de la joven dirigente Beatriz Talegón en el Congreso de la Internacional Socialista, en Portugal, generó un sinfín de reacciones con los más variados matices. Si bien todo su mensaje es muy fuerte, en lo personal palpité con su dureza en la crítica por estar hablando de la crisis, del desempleo, de los planes de austeridad, en el marco de un evento “alojado en un hotel cinco estrellas”.

Quizá, porque me remitió a mi misma situación de años atrás cuando, como dirigente de Cáritas a nivel latinoamericano, diversos organismos internacionales me invitaban a “debatir sobre la pobreza” en dichos hoteles, y me negaba por considerarlo una ofensa agregada a la ya escandalosa situación de indignidad de quienes padecen la miseria. Pero, más allá de entrar en el detalle de los contenidos específicos del discurso de Beatriz –que pueden profundizarse ampliamente en internet–, sin duda la línea conductora de su mensaje es “un llamado a la coherencia”. Sería reduccionista considerar su denuncia dirigida exclusivamente a quienes la escuchaban en ese momento, es un llamado de atención a toda la dirigencia y a cualquiera que usa un cargo público para satisfacer intereses privados distrayendo recursos y servicios que deberían ser aplicados al bien común.

La misma Beatriz encuadra claramente el llamado a la coherencia entre “discurso y práctica” en un contexto de crisis mundial, que no es sólo económica y financiera sino “crisis de la condición humana”. Se dice que vivimos en la “época de los excesos”: exceso de rentabilidad para unos pocos, exceso de miseria para muchos, de inequidades para otros tantos... El reclamo de coherencia hacia buena parte de la dirigencia política no se vincula únicamente a la ejemplaridad en las conductas personales sino también a la ausencia de visión para el abordaje de la compleja problemática del mundo de hoy, a la brecha entre las demandas de la ciudadanía y la calidad de la representación de las mismas, a la pérdida de fuerza del poder político para proteger a los más débiles y vulnerables.

Por esta razón, si bien es imprescindible que la política esté en manos de honestos y capaces, al mismo tiempo hace falta volver a poner en marcha la capacidad política del sistema, los mecanismos de control, la alternancia en el poder, los principios constitucionales; ampliar la base democrática con mayor participación social. Por consiguiente, un llamado a revisar la consistencia dentro de los esquemas de representación política implicaría avanzar en una nueva sinergia y corresponsabilidad entre el pueblo y sus representantes, con un doble efecto. Por un lado, ayudaría a los elegidos a no ceder ante la amenaza de la autorreferencialidad y, por el otro, permitiría que los electores no se sintieran convocados únicamente a la hora de visitar las urnas. Celebramos nuestros “treinta años de democracia”.

Tenemos, entonces, que “hacer política”, crear las condiciones para que todos y todas podamos expresar constructivamente la riqueza de nuestras diferencias con una mirada común sobre el mejor presente y futuro para nuestra sociedad. Sin ética, la política pierde su finalidad, pero es igualmente cierto que, aunque exista la disponibilidad para hacer el bien, sin la política, sus contenidos no se implementan y el bien de todos no se alcanza. Ese “bien común” requiere redefinir el progreso, no subordinado a un instrumental mecanicista, sino como el esfuerzo y la voluntad de un pueblo que se compromete para que la vida plena sea un derecho efectivamente alcanzado sin exclusiones.

*Especialista en desarrollo humano.

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