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El oportunismo de Ratzinger

Hace más de veinte años apareció la encíclica Centesimus Annus del Papa polaco: un manifiesto reformista, fuertemente innovador, de una Iglesia que se deseaba, de allí en adelante, representante exclusiva de los pobres luego de la caída de la URSS.

Veintidós años después, el Papa alemán abdica. No sólo se declara fatigado en cuerpo e incapaz de hacer frente a la confusión y la corrupción en la Curia romana, sino también impotente, en el alma, para enfrentar al mundo. Pero esa renuncia sólo debió sorprender a los cortesanos de la Curia: todos los que prestan atención a los asuntos de la Iglesia Católica saben de otra abdicación, mucho más profunda, que ocurrió hace tiempo ya, durante el papado de Juan Pablo II, cuando, con el fervoroso apoyo de Ratzinger, aquel Papa por fin abrió las puertas a los pobres y al compromiso de una Iglesia renovada con la liberación de los hombres de la violencia capitalista y la miseria. ¿Aquella encíclica de 1991 fue puro engaño? Hoy es imperioso reconocer que posiblemente sí.

De hecho, en América latina, la Iglesia Católica canceló todo apoyo a la Teología de la Liberación; en Europa, volvió a reivindicar el liberalismo; en los países arabes vio a los musulmanes, en sus diversas sectas y fracciones, tomar el lugar del socialismo árabe (y frecuentemente cristiano) y del comunismo chiita, en defensa de los pobres y de la continuación de las luchas de liberación.

En lugar de quedarse a la izquierda de la socialdemocracia, como proponía la encíclica Centesimus Annus, el papado viró hacia la derecha en la escena social y, políticamente, en dirección a una derecha que intentaba seducir a los militantes de los Tea Parties (también los europeos).

Puede que el nuevo Papa admita en el ministerio eclesiástico a las mujeres; que favorezca la gestión de una Iglesia burguesamente colegiada; que garantice una posición independiente respecto de la política... demandas banales y lejos de lo esencial. Lo que le falta a la Iglesia es la pobreza.

Es tiempo de comprender que el Papa no es una especie de rey, sino que tiene que ser pobre. Sólo puede ser pobre. ¿Van a intentar enmascarar este problema, esta vez, promoviendo a un Papa africano o filipino? ¡Qué terrible gesto racista si el Vaticano y su oro y sus bancos y sus dogmas políticos a favor de la propiedad privada y el capitalismo continuaran siendo blancos y occidentales!

La Iglesia del Papa polaco y el Papa alemán confundió Iglesia y Occidente, cristianismo y capitalismo: precisamente lo que la encíclica Centesimus Annus había prometido nunca más hacer. Ante las crisis monetarias, de producción y sociales, los cristianos esperarán de la Iglesia una definición adecuada de “caridad”, “amor al prójimo”. No la encontrarán.

Hay quien cree que la renuncia de Benedicto podría eventualmente conducir a la Iglesia fuera del siglo XX; otros piensan que provocará una reflexión profunda y un reconocimiento de que es necesaria una  reforma. ¿Pero no tienen mucha más razón los que entienden que estamos ante la agonía de un imperio enfermo? ¿Y que este acto de Benedicto no es más que una coartada oportunista, un intento desesperado por despegarse de la crisis? Es tiempo de romper con la función que el Occidente capitalista le confió a la Iglesia: la de pacificar, con esperanzas huecas, el espíritu de los que sufren; y de estigmatizar el alma de los que se rebelan.

 

*Filósofo italiano.

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