Publicado en edición impresa de  

Censura geográfica

0
Comentarios
| Este artículo fue leído
0
veces

En la última edición de este suplemento, Gonzalo León se queja de que un artículo mío hace referencia a su país de origen. Dice León que se siente discriminado cuando va a comprar agua mineral al kiosco y le preguntan por su nacionalidad. Aunque la pregunta podría demostrar cierto interés por el prójimo, él cree que la conducta apropiada se da cuando “la gente que atiende en un kiosco o en cualquier comercio no se preocupa de qué nacionalidad es quien compra, o al menos lo disimula bien”. Disimular bien es una de las reglas de la Corrección Política, esa ideología por la cual las diferencias nacionales, étnicas o religiosas entre las personas son invisibles y cualquier referencia a ellas convierte a quien las enuncia en un nazi. No exagero, al menos en este caso: como esta polémica comenzó a raíz de una reseña suya a un libro de Marcelo Birmajer, León afirma que “sacar a relucir mi nacionalidad es lo mismo que sacar a relucir la religión de Birmajer”. No advierte, sin embargo, que la corrección política produce todo tipo de berenjenales semánticos y que él se ha metido en uno. Dado que los apellidos tienen connotaciones, lo que quiso decir es que hablar de su propia nacionalidad es equivalente a señalar que Birmajer es judío. Como León es políticamente correcto, no puede escribir la palabra “judío”; pero se la da a entender al lector y así la frase despide cierto aroma antisemita, ya que los eufemismos siempre subrayan lo que quieren disimular.

Pero supongamos que León tiene razón y sea discriminatorio decir de qué país viene la gente. Extrapolando un poco, tal vez no sería del todo correcto decir de qué país es una película. O contar de qué nacionalidad eran las personas que en mi pantalla de Twitter se sintieron muy decepcionadas el domingo pasado porque el film No de Pablo Larraín no ganó el Oscar a la mejor película extranjera (en este contexto, vacilo ante la sola mención de la palabra “extranjera”). Agrego que entre esas personas había connacionales del director pero también de otros países vecinos, ya que la solidaridad oscariana es una práctica obligatoria entre críticos de cada región del planeta (apreciarán mi esfuerzo por no mencionar de cuál se trata en este caso). Se supone que uno debe alegrarse por los triunfos de los vecinos y es mejor una mala película de cerca que una buena de lejos.

En este caso, la película no es muy buena. Cuenta la historia del plebiscito que el sangriento dictador de cierto país convocó una vez para ver si sus conciudadanos querían que siguiera en el poder. Larraín hizo dos películas más que transcurren bajo ese mismo dictador. Vi la primera de ellas, Tony Manero, una alegoría truculenta en la cual el director sugería que ese pueblo cobarde y sumiso merecía ser maltratado por el tirano. Aquí pasa algo parecido: en ese país, eternamente gobernado por las mismas familias, ni el pueblo ni sus políticos fueron capaces de derrocar al dictador y sólo lo lograron gracias a un publicitario genial que les vendió el voto con los mismos argumentos con los que les vendía gaseosas o telenovelas. Los borregos que se habían dejado maltratar por Tony Manero no tienen, dice Larraín, la conciencia cívica ni la inteligencia que sus cineastas y publicitarios monopolizan. El protagonista de No se llama Gael García Bernal. No puedo decir si Bernal, que actúa muy mal y aparece en demasiados primeros planos, es del país en el que transcurre la película, pero para qué mencionar lugares si la película es aplaudida en todo el mundo porque, como la campaña del No, utiliza “un lenguaje universal, familiar y atractivo.”

 

Comentarios

Comentá en Perfil.com

Para comentar debes estar logueado,
ingresá a través de:


 
Últimas noticias
Fotogalerías