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Turismo cultural

Justo se me ocurre escribir una columna turística cuando termina el verano… Así es mi vida: el mundo va para un lado y yo para el otro, nada encaja y a todo llego tarde. No pego una. Debo tomar ya mismo un baño de humildad, poner mis ideas en orden, darle un sentido al asunto. Aunque, pensándolo bien, con esto del cepo pocos han viajado al exterior, y en caso de que eso ocurra, cualquier época es buena, no hay por qué prestarle atención al verano. Además, ¿qué suplemento de turismo podría dedicarles una nota a las calles y sus librerías de viejos en diversas ciudades latinoamericanas? Porque de esto trata este entretenimiento cultural de hoy, un breve repaso por dónde ensuciarse las manos con libros viejos. Incluso, más que ensuciarse, sería mejor decir “engrasarse”, tomado del portugués de Brasil, donde a las librerías de viejo las llaman sebo, en el sentido de la grasa, de lo sucio, de lo pegajoso de los libros viejos. En San Pablo, en los alrededores de la Plaça da Sé, hay varias de mis favoritas, como Sebo do Messias o Livraria Saravia, polvorientas y llenas de libros inhallables. Sin embargo, si se me permite la recomendación, propongo alejarme un poco –no demasiado– hasta el barrio de Liberdade, donde en medio de restaurantes japoneses de todo tipo –desde carísimos hasta comederos al paso– se encuentra el Sebo Liberdade, tremenda librería, con un perfil quizás algo comercial (vende también CDs, revistas, best-sellers) pero donde hace poco conseguí por ocho reales Abismo de rosas, uno de los pocos libros que me faltaban del genial Dalton Trevisan. En Río de Janeiro, la escalera del edificio que baja hasta el subsuelo, donde se encuentra la librería Leonardo da Vinci, debería figurar en alguna guía arquitectónica. Leonardo da Vinci vende libros en lenguas extranjeras y mantiene una pequeña sección de “sebo”, de la que siempre salgo con algo en mis manos.


Santiago de Chile tiene un lugar obvio y sin embargo inevitable: las librerías de las Torres de Tajamar: caras, insoportablemente prolijas, poco recomendables para buscadores avezados. No obstante, alguna vez me vi en la situación de dejar media (o toda) billetera ante una primera edición autografiada, en impecable estado, de La chica del Crillón, de Joaquín Edwards Bello. Siempre en Santiago, la calle San Diego ya no es lo que era (mis amigos se quejan mucho: a mí no me disgusta que el barrio se haya llenado de negocios de baratijas importadas de China, incluso recomendaría el shopping chino como un sitio imperdible de Santiago). Cierto es que me falta visitar una librería alejada del centro, grande, barata y muy recomendada por esos mismos amigos (agendado para el próximo viaje).
La calle Tristán Narvaja y su feria dominical, en Montevideo, fue durante años el templo de la perdición para mí. Pero desde hace un tiempo viene en cierta decadencia. Sin embargo, si tuviera que contar los libros que conseguí en Tristán Narvaja necesitaría más espacio que el de las largas columnas que el funcionario del PRO Carlos Ares dedica a darle consejos a Cristina. Parafraseando a Alfonsín (padre), estoy persuadido de que Tristán Narvaja tarde o temprano va a volver a ser lo que era. Fuera de eso, algunas de las librerías insípidas de la 18 de Julio, sin embargo, tienen primeros pisos o trastiendas donde a veces se encuentran cosas. En la Ciudad Vieja, Linardi y Risso es la mejor librería de la Banda Oriental. Muy buena, hermosa, pero cara en serio. Sobre las librerías de México ya escribí alguna vez en estas mismas páginas. Mejor no repetirme. Sobre las europeas pienso escribir después de la devaluación.

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