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João Gilberto no odia el verano

Dentro de cada uno de nosotros hay un ser estúpido. No importa cuán inteligentes y sensibles seamos de vez en cuando; la estupidez, como la vida y la muerte, siempre se abre camino. Le pasó a André Gide, no veo por qué no podría pasarle a cualquiera de nosotros. En 1913, después de una lectura superficial, Gide, que entonces trabajaba para la editorial Gallimard, rechazó el manuscrito de En busca del tiempo perdido, de Proust. Años después le hicieron una entrevista y el periodista le recordó aquel hecho. La respuesta de Gide fue más o menos la que sigue: “Todos tenemos un minuto de estúpidos en la vida, y yo lo tuve delante de la obra de Proust”. João Gilberto también lo tuvo. En realidad, tuvo varios minutos de estúpido en su vida, en especial cada vez que cantó Estate, de Bruno Martino.

La canción fue compuesta en 1961 por Martino y desde entonces la interpretaron... todos. O casi todos. Chet Baker, Eddie Higgins y Michel Petrucciani hicieron sus versiones instrumentales, pero la cantaron desde Ornella Vanoni hasta Andrea Bocelli, pasando por Mina, Vinicio Capossela y muchos más. La canción tiene un encanto particular, posee un ingrediente resignificador que la hace distinta. Comienza como una vulgar canción de amor, para arremeter enseguida con un “odio el verano”, repetido al menos tres veces a lo largo de la canción. Es ese “odio el verano” el que digo que resignifica la canción. Así como Las aventuras de Pinocho tiende, desde las primeras líneas, a confundirse con el típico cuento de hadas que al final resulta no ser (“Había una vez... ¡un rey!”, dirán mis pequeños lectores. No, muchachos, se han equivocado. “Había una vez un pedazo de madera”), Estate insiste en querer confundirse con la canción melosa de amor que al final no es (“Verano,/ que ha dado su perfume a cada flor,/ el verano que ha creado nuestro amor/ para después hacerme morir de dolor./ Odio el verano”). Un cantante de aquellos años, Lelio Luttazzi, hizo incluso una versión simpática cuyo estribillo, en vez de decir “odio l’estate” decía “odio le statue” (odio las estatuas). Estúpido, pero por lo menos gracioso.

João Gilberto hizo una gira italiana por aquellos años y, naturalmente, conoció la canción y decidió sumarla a su repertorio, dándole ese baño de bossa nova. El asunto es que parece que a Gilberto eso de andar despotricando contra el verano no le gustó, porque el verano, para un brasileño, bueno, ya sabemos. De modo que incorporó la canción pero sin tanto odio. Y lo que quedó es, sencillamente, una estupidez.
Las conjeturas son muchas, pero a mi juicio ninguna es aceptable. Vinicio Capossela, más inteligente que João Gilberto, consideró que mejor que andar odiando el verano al final de cada cuarteto era lanzar la breve frase resignificadora al final. Los demás jugaron a piacere con la melodía, pero nadie se atrevió a censurarla del modo flagrante en que lo hizo João Gilberto. Yo no pienso tomarme ese trabajo, pero sería una contribución enorme a la comprensión de la música brasileña del siglo XX si un día João Gilberto explica qué lo llevó a hacer semejante estupidez.

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