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América del Sur

Considerando la incertidumbre sobre el futuro de la Unión Europea (UE) y los graves problemas que enfrenta Estados Unidos; la desestabilización del mundo árabe y, en fin, el desempleo estructural y la crisis económica y financiera mundial, América del Sur aparece como la región mejor situada para atravesar el momento de la mejor manera y, al cabo, surgir incluso como potencia de primer orden. Al menos en teoría.

Dotada de todos los climas y recursos naturales estratégicos y de la mayor reserva forestal y de agua potable del planeta; con salida a los dos océanos y la Antártida, América del Sur ocupa una superficie de 17,8 millones de kilómetros cuadrados –42% del continente americano y 12% de las tierras emergidas– y está habitada por 370 millones de personas, el 6% de la población mundial.

Aunque ostenta los mayores niveles de desigualdad del planeta, la región es “moderna”, en el sentido de que exhibe un desarrollo agropecuario, industrial, científico y técnico apreciable –aunque desigualmente repartido–, cuyos picos serían la industria nuclear argentina y la aeronáutica de Brasil. Su PBI ronda los 4,5 billones de dólares, de los cuales más del 60% corresponden a Brasil y Argentina. Sólo a Brasil, casi la mitad del total. Políticamente, la región está unida en el proyecto republicano.

Es decir que ante la actual tendencia a la pérdida de poder e influencia –sino al disloque, como en la UE– de los centros de poder mundial tradicionales y a la simultánea formación de nuevos centros de poder, apuntar a un sólido bloque sudamericano alrededor de un proyecto de corto, mediano y largo plazo aparece como la estrategia adecuada.

Es la política…

En eso estamos, se dirá. Y no es de ahora, sino que dura al menos desde hace décadas; desde la formación de la Cepal y las primeras asociaciones regionales, para no remontarnos a Bolívar y San Martín. En octubre de 2004, impulsada por los vientos políticos actuales, favorables a la integración, se firmó un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones. En diciembre de 2004 se creó en Cusco la Comunidad Sudamericana de Naciones. Y en la volada se anunciaron proyectos grandiosos: un gasoducto sudamericano; un Banco de Desarrollo y un sistema coordinado de defensa, entre otros.

Pero esos proyectos están postergados, si no abandonados. Y el resto no avanza. El Mercosur, por ejemplo, no ha pasado aún de ser un acuerdo comercial y aduanero entre gobiernos en representación de los sectores más poderosos de cada país, en general multinacionales. El sacudón que provocó el ingreso de Venezuela, que tiene al Mercosur al borde del colapso político, es el último dato de su fragilidad.

Ocurre que la integración regional se enmaraña en dos concepciones de la construcción política: la populista y la republicana, que por supuesto reflejan el mismo conflicto al interior de cada país. En el primer grupo tenemos a Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina; en el segundo, a Brasil, Uruguay, Chile y Colombia, para citar los ejemplos más precisos. El poder populista es por definición un método de construcción de corto plazo; inmediatista. El republicano apunta al mediano y largo plazo.

En el campo populista, es preciso obviar al peronismo argentino, actualmente en su enésima fase de gestión, liderada por un grupo de patanes y una cabeza desmelenada. El novedoso chavismo venezolano, en cambio, operó en esa sociedad transformaciones profundas, comparables a las del primer peronismo en Argentina. Como aquél después de 1950, debe elegir ahora entre profundizar, consolidar e institucionalizar los cambios, o perderse en el descalabro del personalismo, el clientelismo y la corrupción. La imposibilidad física, o la muerte de Hugo Chávez, son a la vez un desafío y una oportunidad para ese proceso. Los de Ecuador y Bolivia –también Perú– van en la misma dirección, pero son difíciles incluso de esquematizar, a causa de la diversidad étnica, incluso idiomática y cultural; del peso de las razones y tradiciones históricas.

En el campo republicano las cosas pintan mejor, lo que no quiere decir que allí no haya conflictos, incluso serios. La crisis política chilena actual es un ejemplo. Pero la sociedad no está dividida “a la argentina” y Michelle Bachelet, una ex presidenta ejemplar, tiene todas las chances de ganar las próximas elecciones, apaciguar los ánimos y avanzar en el proceso transformador. El mismo panorama en Uruguay y en Brasil, donde Dilma Rousseff ha encarado una lucha sin cuartel contra la corrupción, incluso en su propio partido y gobierno. O sea, contra el clientelismo, la financiación, los negocios y compromisos políticos y las conexiones de todo eso con el mundo del delito.

Populistas y republicanos son, por el momento, la expresión política, en la cima de las instituciones, del fracaso del modelo neoliberal y de quienes lo ejecutaron, por un lado; de la confusa esperanza de cambio de una masa amorfa, política y socialmente hablando, de desencantados y/o desesperados, por otro. Eso no hace un proyecto político sólido y claro; es sólo un momento de un proceso histórico de transición. No contemplar esta complejidad; no tener en cuenta la necesidad de que el tejido social de base y el entramado institucional recuperen su fortaleza y coherencia; no acompañar –de manera crítica y vigilante, pero activa– el desarrollo del proceso, comporta ignorar las enseñanzas de la historia.

El populismo avanza, pero no concreta o no consolida. El republicanismo avanza y concreta, pero muy lentamente. No obstante, un mercado de casi 400 millones de personas –muchas sin alimentar–, un interland despoblado y una naturaleza prodigiosa reclaman un proyecto razonable y a la vez grandioso, capaz de movilizar a las sociedades hacia una meta digna, necesaria y posible. Un “compromiso histórico” republicano, hegemonizado por fuerzas de cambio y de progreso, como propuso en su momento, sin éxito, Enrico Berlinguer para la UE…

 

*Periodista y escritor. Acaba de publicar La encrucijada argentina: República o país mafioso” (Planeta).

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