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El arte de ganar elecciones

Después del "tsunami amarillo", llegarán las reformas, que sacudirán a la sociedad.

El que arriesga gana: Bullrich candidato no estaba en ningún manual.
El que arriesga gana: Bullrich candidato no estaba en ningún manual. Foto:Cedoc Perfil

Un tsunami amarillo recorre la Argentina luego de las elecciones legislativas del 22 de octubre. La marea de datos es intensa y debe ser diseccionada con el cuidado de un entomólogo. Sin embargo, se pueden avanzar con algunas reflexiones.

El que arriesga gana. Como viene siendo desde su irrupción en la vida política argentina el PRO, y su continuación Cambiemos, establece un nuevo juego político reinventando las reglas, que le permite generar nuevas conexiones con su base electoral, y al mismo tiempo articular una ampliación de su base de sustentación. Jugar las cartas de Martín Grande (Salta); “Coneja” Baldassi (Córdoba), Albor Cantard (Santa Fe) y en especial Esteban Bullrich (Buenos Aires), significó romper los manuales que sostienen que no se puede trasferir los votos, e implicó poner en valor el capital político de Mauricio Macri y de María Eugenia Vidal en una elección que planteaba dos opciones: la emergencia del macrismo o el olvido.

Vidal puso en juego como nadie su capital político, pues si se piensa la hipótesis contrafáctica de un triunfo de Cristina en la provincia, se hubiera transformado automáticamente en la gran perdedora de la noche. Por el contrario, hoy es la gran referente, sólo un escalón más debajo de Macri (por ahora). Por el contrario, para el peronismo (es sus distintas vertientes) la elección del domingo 22 de octubre era una más donde se iba a hacer lo que se hace siempre, poniendo en funcionamiento la maquinaria electoral típica. No va más. Sin una ampliación hacia la sociedad, internas abiertas (en serio), movilización de las bases, vinculaciones con los diversos espacios de la sociedad civil, un programa que logre superar las estrecheces de los modelos proteccionistas y auto centrados, el gran invento del General Juan Domingo Perón tiene fecha de vencimiento cual yogur en el supermercado de los bienes políticos.

La caída de los dioses. Si Carlos Grosso (hoy consultor estrella de Mauricio Macri) pergeñó hacia fines de los ochenta el slogan “el peronismo vuelve a enamorar”, hoy se podría aplicar su antítesis “el peronismo vuelve a desencantar”, para comprender la distancia entre ese conjunto de partidos locales en que el justicialismo, (o pan-justicialismo) se ha transformado, y la sociedad política. Como si esto no fuera poco, se percibe una rebelión electoral en las provincias más pobres (con la excepción de Formosa, también por ahora) contra los gobernadores e intendentes que vienen reproduciendo entramados cuasi feudales desde los inicios de la democracia.

La derrota de Juan Manuel Urtubey, Carlos Menem o Cristina Fernández de Kirchner muestra que no ya no existen imbatibles en la política argentina. La balcanización del peronismo impide la construcción de un imaginario de un destino común para los argentinos desde ese espacio político. Es cierto que el regreso a la escena de la ex presidenta en la elección inmediatamente siguiente a la del fin de su mandato polarizó la elección convirtiéndola en un doble plebiscito, entre el pasado, y el futuro.

La ausencia de una rendición de cuentas sobre sus actos de gobierno por parte de Cristina en los momentos posteriores a la (fallida) entrega de los atributos presidenciales, simplemente postergó ese acto en el tiempo. Como se vio en las numerosas entrevistas que la ex presidenta dio, no puedo evitar dar cuenta de las cuestiones pendientes: actos de corrupción; la situación de Milani; las cadenas nacionales; el cepo y un largo etcétera, que llevó a que los votantes tuvieran que volver a elegir: Cristina sí o no.

Luego el oficialismo logró hábilmente generar la ilusión de un futuro promisorio con todos los insights que los voceros de Cambiemos vienen expresando en forma reiterada y sin fisuras: “el equipo”; “no somos nada sin ustedes”; “sigamos apoyando”; “no hay que tomar atajos” (la preferida de Macri); “la esperanza”; “si vamos todos juntos no podemos fallar”. Esa construcción discursiva (no política, o pos-política si se prefiere) los blindó de confrontar con los datos duros (tarifas, inflación, endeudamiento, salarios, inseguridad) para proyectarse al futuro feliz donde obviamente no hay datos. Esa “doble Nelson” no falló. Frente a la dicotomía pasado-futuro los humanos siempre eligen el futuro. 

Lo que viene, lo que viene. Si “el arte de ganar”, disciplina favorita de Jaime Durán Barba, fue aprobada con creces, ahora llega el turno a “el arte de gobernar”, para compatibilizar las demandas sectoriales con el bienestar general, que será fuente de inevitables conflictos. El contundente triunfo electoral, implica el riesgo de ser leído por el gobierno como un cheque en blanco suministrado por la ciudadanía para preferir gobernar mediante Decretos de Necesidad y Urgencia, para llevarlos luego al Parlamento para su ratificación. Sin embargo, no puede dejar de señalarse que ese camino también es un atajo (ya ensayado por el Poder Ejecutivo) en vez de seleccionar la calle larga y empedrada de la ardua negociación con los diversos espacios políticos (incluso el kirchnerismo), para ensayar el abandonado arte del consenso. El programa de reformas prometidas implícitamente por el gobierno incluye un amplio abanico de cuestiones que afectarán de lleno las relaciones laborales, sociales y económicas, y pasará automáticamente a integrar las preocupaciones ciudadanas, luego del año completo que la política dedicó a resolver el desafío de las urnas.

 Sociólogo (@cfdeangelis)