ELOBSERVADOR UN PERSONAJE QUE MARCO LA DECADA MENEMISTA

Al-Kassar, del poder a la cárcel y a Vanity Fair

Una entrevista al traficante sirio, uno de los símbolos de los oscuros negocios de los años 90, que cumple una condena a treinta años en una prisión de EE.UU. La historia de su paso por la Argentina. 

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Foto:Cedoc

La década de los 90 en la Argentina aún provoca esa sensación de haber vivido alimentados por la pizza con champán y cegados por el brillo de personajes extravagantes. Uno de esos personajes, al que la edición española de la revista Vanity Fair acaba de volver a poner bajo el foco de la opinión pública, es el sirio nacionalizado argentino Monzer al-Kassar, a la sazón acusado de traficante de armas y drogas, y cuya amistad con el ex presidente Carlos Saúl Menem le valió, entre otros beneficios, obtener la ciudadanía argentina casi en tiempo récord, otorgada a pocos meses de su llegada al país junto a su familia –su mujer, Raghda Habbal, y los tres hijos que habían tenido hasta entonces– por el juez federal mendocino Gerardo Walter Rodríguez.

Por esa causa, en 2009 –cuando ya estaba detenido en España a pedido de Estados Unidos–, Al-Kassar fue condenado en el país a cinco años de prisión por “irregularidades en la obtención” de su documento nacional de identidad. Nunca fue extraditado.

Hoy, Monzer al-Kassar cumple en la prisión de Terre Haute, Indiana, una condena de treinta años que le impuso el gobierno de los Estados Unidos por acordar la venta ilegal de armas a la guerrilla colombiana y, por ende, conspirar contra intereses estadounidenses. Al-Kassar estaba dispuesto a vender a las FARC cargamentos valorados en millones de dólares en misiles, armas, explosivos y municiones, y había prometido proporcionar mil hombres para luchar contra militares estadounidenses y facilitar campos de entrenamiento en Siria para los colombianos.

Es que dos años antes, en 2007, Monzer al-Kassar ya había sido detenido en España, donde se había reunido con dos supuestos compradores, que se hacían llamar Carlos y Luis, y habían llegado a través de su socio libanés Mousa al-Ghazi, que le dijeron que querían comprar armas para el gobierno de Nicaragua. Las armas provendrían de Polonia y Rumania. El sirio aseguró que desconocía que las armas fuesen para las FARC, porque, “de haberlo sabido, lo hubiera denunciado inmediatamente”, según explicó en ese momento.

Hoy, siete años más tarde, ya en prisión, agrega que entonces, además, “estaba retirado, pero que se embarcó en aquel negocio para ayudar a su amigo libanés, que necesitaba el dinero”, según publicó Vanity Fair en su edición de septiembre pasado. El periodista David López llevó adelante, durante meses, un diálogo con Al-Kassar a través de correos electrónicos monitoreados por el gobierno estadounidense.

En uno de ellos, el que fue visto durante años como el príncipe de Marbella –tal su fastuoso apodo en su época de esplendor– dice haber sido ingenuo. “Nunca se me pasó por la cabeza que agentes de un gobierno respetado con documentación legal fueran a ocultarse en la sombra y a pagar millones para fabricar un proceso así. Los recibí en mi casa porque no poseo una oficina ni gente trabajando en el negocio de las armas. Eso demuestra que no tengo nada que esconder, no que me equivocase”, escribió al periodista español.

Su paso por la Argentina. López se concentra en su nota en los tropiezos judiciales que Al-Kassar tuvo en España. Uno de los más resonantes fue el juicio al que se enfrentó por su participación en el caso del secuestro, en 1985, del crucero Achille Lauro, en travesía rumbo a Port Said. El sirio fue acusado de haber provisto las armas al Frente de Liberación Palestina, que tomó el barco para exigir la liberación de cincuenta de sus combatientes detenidos en Israel y que  asesinó a un pasajero judío estadounidense, León Klinghoffer, al ver rechazadas sus exigencias. La Audiencia Nacional española lo sobreseyó “por falta de pruebas” en 1995.

Pero el paso del traficante sirio por nuestro país también dejó su impronta. La relación de Al-Kassar con la familia presidencial Menem-Yoma se remonta a los orígenes: su familia provenía de Yabrud, un pequeño poblado a las afueras de Damasco, de donde también eran los Yoma. En 1990, Amira Yoma visitó a Al-Kassar en Marbella. Según reveló entonces la revista Noticias, en un especial titulado “Al Kassargate” (publicado el 17 de junio de 1992), “tres noches de ese viaje las pasó con él en el palacio Mifadil en Marbella, propiedad de Al-Kassar, con quien, según varias fuentes, mantuvo un intenso romance. Posteriormente ambos viajaron a París y Checoslovaquia (…)”, escribía el periodista Carlos Aznárez. Y agregaba: “Al-Kassar había asistido al Club Oriente, de Damasco, donde organizó una fastuosa recepción el nuevo embajador argentino en Siria, Munir Menem, hermano de Carlos. Al- Kassar había logrado acceder al círculo familiar del presidente Menem, gracias a otros argentinos de lazos de sangre con Siria, como el empresario Jorge Antonio y el embajador Vaquir; y gracias también al handicap que representaba haber nacido en Yabrud, como los Yoma. Tres meses después de la recepción, el mismo Munir Menem y Amira, entonces responsable de la Secretaría de Audiencias de la Casa Rosada, recibían en privado a Al-Kassar en la embajada argentina en Damasco, lo que marcaría el comienzo de una fructífera amistad”.

Así fue cómo el sirio obtuvo su pasaporte, junto a su hermano Ghassan, su mujer y el sirio Ibrahim al-Ibrahim, ex esposo de Amira Yoma, implicado en el lavado de dinero, conocido luego como Yomagate. Toda esa trama fue luego investigada por el juez español Baltasar Garzón, que quiso extraditar entonces a Al-Kassar a España.

Con todos. Pero la historia de las colaboraciones de Al-Kassar con los gobiernos de distintas partes del mundo no se circunscribe sólo a América. En la misma publicación española de septiembre de este año, un contacto de la policía española detalla cómo el sirio “hacía todo lo que se le pedía. Siempre por España. Y jamás pidió nada a cambio”. Además, había usado sus contactos en Líbano, durante la década de los 80, para liberar a un policía español que había sido secuestrado en Beirut. Lo logró. También el gobierno francés le había pedido rescatar a cuatro periodistas secuestrados allí. Y tras los atentados de 2004 en Madrid, se le pidieron contactos para rastrear llamadas telefónicas hechas por los terroristas a supuestos miembros de Hezbolá. A esos veinte años de colaboración Al-Kassar los llamó “ayuda humanitaria”, porque “nunca cobró pero que le daba a cambio cierta tranquilidad en su vida marbellí”, consignó la revista Vanity Fair. Esa misma vida que lo había traído a la Argentina una década antes.

 

Purcell Mena, el supuesto testaferro

Meses atrás, PERFIL reveló que el chileno Ignacio Purcell Mena sería el heredero de los negocios globales de Monzer al-Kassar, una especie de “hijo adoptivo” del traficante sirio.

En un artículo escrito desde Ginebra, el periodista Juan Gasparini sostuvo que “pistas convergentes detectan a Purcell en las sombras de las finanzas y negocios oscuros entre el norte de Africa, el Cono Sur, Europa y los Estados Unidos. En sus antecedentes resalta una caída en prisión en su país natal durante su temprana juventud, consecuencia de una cadena de fraudes con tarjetas de crédito de la firma Transbank. Hace gala de un DNI argentino a nombre de José Alberto Ramos Figueroa”.

Según Gasparini, “Purcell Mena se dice ‘amigo’ de Monzer al-Kassar, al que habría conocido en Mendoza, cuando el sirio maniobraba en esa provincia para obtener de forma espuria la nacionalidad argentina”.

Purcell Mena nació en 1972 en una familia chilena de ascendencia irlandesa. Además, había pedido, sin éxito, la nacionalidad española.



Clara Fernández Escudero