ELOBSERVADOR JULIO MARIA SANGUINETTI

“Argentina es un país apresurado”

El dos veces presidente de Uruguay habló con PERFIL sobre su país, la región y el continente. Este intelectual político defendió el gradualismo que utiliza Cambiemos.

Clásico. Sanguinetti es un estilo de pensador renacentista, con múltiples inquietudes culturales y sociales.
Clásico. Sanguinetti es un estilo de pensador renacentista, con múltiples inquietudes culturales y sociales. Foto:cedoc

Son casi las doce del mediodía cuando, para refugiarme del frío y meterme en ese mundo de enredaderas que es su casa, le toco timbre. Me atiende su secretario, pero después de dos minutos de espera, aparece para resolver el misterio de otras enredaderas –las que teje, en cientos de subterfugios, su mente privilegiada– Julio María Sanguinetti Coirolo, dos veces ex presidente de la República Oriental del Uruguay.

Con devoción, este político, periodista, escritor, dibujante y crítico de arte ha creado en su hogar un circuito cerrado, austero y fascinante. Austero, porque no hay allí un solo objeto ostentoso. Pero fascinante porque delante de cada pared uno se puede topar con decenas de cuadros de algunos de los mejores pintores uruguayos de la historia, entre ellos un entrañable retrato que de él y su mujer, la historiadora Marta Canessa, realizó el maestro Ignacio Iturria.

Fascinante, también, porque detrás de los anaqueles hay espacio para una infinita cantidad de libros que este matrimonio ha separado con ejemplar rigor en las bibliotecas que, a un costado y a otro, convocan desde los usos y costumbres rioplatenses, el análisis historiográfico, la literatura universal y la ensayística política de tendencias ideológicas que no siempre se comparten pero casi siempre se disfrutan.

En suma, estamos ante el último político renacentista del Uruguay, un privilegiado producto de la nación batllista que llegó a la cima tanto por sus méritos personales como por los del ambiente que lo forjó y que le permitió triunfar siendo un producto de la clase media y, en gran medida, de la educación pública.

Comienzo la charla citando el perpetuo ensayo de Pablo Giussani Montoneros, la soberbia armada, en uno de cuyos pasajes el autor sostiene que “la violencia es siempre fascista, aun cuando la acompañen envoltorios de fraseología revolucionaria”. ¿Cómo es posible, le pregunto a este cultor del racionalismo, que gran parte de la izquierda latinoamericana sea cómplice de la dictadura militar de Maduro?

“En América Latina sobreviven ciertos prejuicios como fósiles de un tiempo definitivamente enterrado”, asegura Sanguinetti, antes de graficar: “Basta ser antiyanqui para merecer una calificación plausible de antiimperialismo o independencia; basta declararse revolucionario para merecer admiración, aun cuando luego los hechos lo desmientan”. Y remata: “Cuando el socialismo no distingue la socialdemocracia del fascismo, cae en equívocos de esta magnitud”.

¿Nadie ha hecho lo que debería?, insisto. “Así como el gobierno uruguayo ha estado zigzagueando, el de Macri ha sido uno de los más claros”, opina.

La región está convulsionada. ¿Podría su estabilidad verse afectada, entonces, por la monumental crisis brasileña? “No, porque con Brasil pasa una cosa muy particular, y es que es un gran desconocido en el resto de América Latina, que siente su importancia pero lo ve como algo distinto. Y realmente lo es, porque los grandes acontecimientos de su historia están vinculados a la monarquía”, contesta. Una larga lección prosigue, en la que las llamas de la emancipación, pero también de la inestabilidad, alumbran una explicación imprescindible: “Cuando llevábamos ya cinco gobiernos de dos partidos nacionales, la alternancia se comenzó a derrumbar”.

Pero, ¿hasta dónde es positiva la marea Odebrecht? “La crisis brasileña tiene un origen político, termina siendo sistémica y arranca en la segunda administración de Lula, cuando comienza la tentación de la permanencia indefinida en el poder y diversos políticos intentan construir un sistema para que el PT sea imbatible electoralmente. Allí se instala, a través de Petrobras, una maquinaria de corrupción dirigida a sustentar aquella otra maquinaria. Y como suele pasar cuando hay robo para la corona, además hay robo para quien lo hace. Lo que luego se traslada a una inestabilidad política, jurídica y económica, a una gran crisis moral del país, a un gigantesco desencanto y a la apertura de una etapa de mucha incertidumbre”, recuerda. Pero advierte: “Cuando la Justicia pasa a ser el árbitro institucional de la política, se politiza a ella misma. Y la Justicia tiene tiempos distintos a los de la vida política institucional”.

¿Podrá, en suma, regenerarse el sistema? “Difícilmente. Van a ocurrir cosas nuevas, ojalá que buenas, porque en Italia el necesario proceso del mani pulite acabó con los dos partidos del milagro italiano y terminó con Berlusconi”.

Sin los apremios que hoy puede evitar el otrora hombre fuerte de un partido, el Colorado, que, pese a sus últimas performances electorales, siempre se sintió como pez en el agua en el ejercicio del poder, Sanguinetti se hace tiempo para hechizarme evocando su reciente visita a la Capilla Sixtina y para referirse a la laicidad como valor fundamental para entender el Uruguay como sociedad integradora.

Charlamos, aparte, del Papa, a quien cuestiona por su prédica en el terreno económico y evalúa con altibajos en su actuación internacional pero elogia entusiastamente, desde su perspectiva de agnóstico, como un “hombre que le ha hecho un gran bien a la Iglesia, porque ha recuperado la imagen de una institución que estaba afectada por la crisis moral provocada por la pederastia de los sacerdotes y los escándalos financieros”. Y conversamos de José Mujica, de quien Sanguinetti distingue dos facetas: la de un presidente “que no tuvo un buen gobierno pese a la prosperidad internacional que recibía, pues su espíritu anarquista era inconciliable con un buen manejo administrativo”, y la del comunicador “que se muestra como una especie de gurú de la autoayuda desde la autoridad que le da la entronización del concepto de que es el mandatario más pobre del mundo y de que, como luce desaliñado y despojado de todo lujo en un universo corrupto, aparece como una figura excepcional”.

Ocurre que Mujica –el pincel de Sanguinetti todavía no se ha secado– es un viejo guerrillero que pecó por haber atentado contra un gobierno democrático, pero, matiza, “no fue revanchista después de la dictadura ni abusó del poder como gobernante”.

Antes de terminar la charla, es imprescindible saber si el sistema político de libertades públicas y pesos y contrapesos que los dos admiramos, producto de una sociedad heterogénea que, con cientos de contradicciones, confió en el liderazgo de líderes tan inspiradores como Lincoln, Jefferson, Truman, Lyndon B. Johnson, Obama y Theodore y Franklin Delano Roosevelt, podrá ponerle un freno a un sujeto tan peligroso como Trump.

“Trump”, dice firme y serio el veterano líder, “es un típico dirigente populista con todas las características del personalismo, del irrespeto a las reglas, de la violación constante de las formas y de la apelación demagógica a prejuicios y temores. Pero él, a causa de la institucionalidad estadounidense, no va a poder construir un régimen populista. Entonces, creo que lo que vamos a vivir es una muy mala presidencia. Y debo confesarle que, antes que diferencias políticas, tuve con Trump diferencias estéticas, porque entre ese extravagante peinado y los horrorosos edificios de lujo barato que ha hecho en la vida, sentí con él una enorme lejanía”. Lo cual –culmina– ahora se ha trasladado al gobierno de Estados Unidos y al mundo, “aunque todas las actitudes disparatadas que asume pueden ser revisadas hasta por él mismo, porque dice una cosa y al otro día hace otra”.

Una charla con Sanguinetti no estaría completa sin una radiografía de la situación actual de la Argentina, que ocupa un lugar central en su corazón. “Personalmente creo que el gobierno de Macri, sin mayoría parlamentaria, ha puesto al país en un camino fecundo”, declara, y agrega: “Sacarlo de la marginación financiera en la que estaba, comenzar a manejar los tipos de cambio con realismo, ir quitando la artificialidad de tarifas y subsidios cruzados que hacían de la economía una maraña inviable, han sido aspectos muy relevantes. Y otro aspecto muy relevante es el ejercicio efectivo de la libertad de expresión del pensamiento”.

¿No hay, acaso, críticas al presidente argentino?, pregunto antes de terminar. Desde ya no por su gradualismo, y no cabría esperar otra cosa de un socialdemócrata como Sanguinetti. Pero sí las hay para el modo de comunicar de un gobierno que “no hizo la radiografía del desastre heredado, que en algunos momentos se fijó plazos apresurados para una recuperación que objetivamente iba a demorar y que cometió errores producto de la voluntad de transmitir optimismo”.

En ocasiones, concluye este abogado de 81 años de edad, “no hay más remedio que explicar las cosas para que la gente las entienda, sobre todo en la Argentina, que es un país apresurado porque la historia lo ha hecho así: ha vivido de crisis en crisis y ha salido muy rápido entre la capacidad de su gente y el amplio espectro de su economía”.

Sin duda, reafirma dándole peso a cada palabra, “es un país con prisas”.


Lacalle: “Estamos entre Trump y China”

El ex presidente uruguayo Luis Alberto Lacalle ve como una oportunidad para América Latina el nuevo escenario geopolítico internacional. Este es el punto de partida de su nuevo libro, titulado América Latina, entre Trump y China (el cambio esperado).

Desde Madrid y consultado por PERFIL, Lacalle comentó que se ocupó de examinar dos game changers: “El fin del castrismo, con la muerte de Fidel, la de Chávez y el desastre venezolano y, por otro lado, el triunfo de Trump y sus tendencias aislacionistas, sobre todo respecto de nuestro continente”.

El abogado, nieto del célebre político e historiador Luis Alberto de Herrera, agregó: “El análisis del avance de una China que preconiza el libre comercio y aumenta sus inversiones en nuestra zona termina de constituir el meollo de un libro que en realidad nació de una columna periodística”. Finalmente, Lacalle explicó que su retiro de la actividad política uruguaya le permite explayarse con mayor comodidad sobre estos temas.