ELOBSERVADOR ENTREVISTA A GILLES LIPOVETSKY

“Argentina no logró crear un verdadero capitalismo”

Antes de llegar al país invitado por la Fundación Osde, el pensador habló con PERFIL sobre nuestras oportunidades perdidas y el esnobismo de la filosofía, que desprecia lo cotidiano. Las artes estéticas como bienes de consumo.

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Foto:Cedoc

Es difícil que una persona sea dogmática cuando es producto de la diversidad. Hijo de un judío ruso y de una católica francesa, Gilles Lipovetsky ha honrado ese valor no sólo desde su nacimiento y su formación familiar, sino también desde una vasta carrera académica que le ha permitido estudiar en la Sorbonne, coquetear con el marxismo, descubrir el universo de Alexis de Tocqueville y analizar el individualismo en la postmodernidad a través de una óptica compleja, profunda, aguda y cercana a la realidad de millones de personas.

Profesor agregado de Filosofía de la Universidad de Grenoble, ensayista de nota y autor de más de diez libros traducidos a veinte idiomas, Lipovetsky habla con un vigor contrario al que indicaría que es un intelectual consagrado que nació en el año 1944.

Precisamente desde Grenoble, durante 88 minutos y con una claridad meridiana, el Caballero de la Legión de Honor oriundo de Millau, una ciudad francesa donde solamente viven cerca de 22 mil habitantes, conversó con PERFIL. Y comenzó hablando de la Argentina.

¿Arrojará este visitante de lujo de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires guiños complacientes o, sin perder la educación, optará por el camino de la crudeza?, podría haberse preguntado cualquier interlocutor en ese momento. La segunda opción –y así fue durante toda la charla– prevaleció.

Pensar en presente. “En los años 20, la Argentina era dueña de un espíritu formidable y la gente creía efectivamente que se convertiría en una de las cinco potencias del mundo. Pero un conjunto de factores políticos y sociales no ha permitido que este país rico llegara a un nivel de desarrollo parecido, por ejemplo, al de Chile”, dice, e inmediatamente agrega: “Argentina no ha logrado crear un verdadero capitalismo como el de América del Norte, es decir, un sistema duro pero creativo. En ese estado, que si usted quiere es precapitalista, no se puede generar un porvenir favorable. Yo lo veo como un drama que ha atravesado toda la historia de la nación, como un gran desperdicio: ustedes tienen excelentes cartas, pero las han jugado muy mal”.

Sin embargo, Lipovetsky también tiene palabras duras con Europa, particularmente con Francia. Según él, algunos políticos alemanes, a diferencia de los franceses, han tomado decisiones valientes y a tiempo, lo que les ha permitido que la crisis económica fuera menos dramática que en el resto del continente y que “el interés general prevaleciera por sobre el personal”.

¿Cuánto de esto tiene que ver con la vieja tradición antiliberal, jacobina y proclamativa de la Revolución Francesa y en qué medida sigue vigente el pensamiento de Tocqueville? “Mire, no sólo el estilo de Tocqueville es una maravilla de claridad, sencillez y profundidad, sino que su pensamiento está plenamente vigente”, asegura. Y apunta que si bien “la cultura revolucionaria ha muerto”, su herencia retórica tiene efectos concretos en la manera de regular los conflictos sociales. “En Alemania los conflictos no derivan necesariamente en una huelga, mientras que en Francia comienzan necesariamente con un paro”, grafica.

Mientras elogia la capacidad de autosuperación de Alemania pero también de Gran Bretaña y de Estados Unidos, mete la pinza a fondo: “El fracaso francés tiene que ver con la persistencia de una cultura de izquierda anticapitalista, clasista y antiliberal cuya influencia sigue presente en los partidos políticos moderados. Por ejemplo, el señor Hollande fue elegido con un programa inimaginable y ahora está haciendo lo contrario de lo que prometió, lo cual está muy bien. Pero su discurso absurdo y electoralista nos ha hecho perder dos años. Es que los franceses tenemos una enorme capacidad con los grandes principios, pero para proclamarlos”.

De todas maneras, no es Lipovetsky un liberal a ultranza, como queda demostrado cuando declara que “el hiperindividualismo –manifestado en el hecho de que las religiones, la ideología y la política no tienen más fuerza organizativa en el comportamiento de la gente– ha hecho que el centro de la vida comenzara a girar alrededor del interés personal, con el retroceso que eso implica en los compromisos de transformación colectiva de una sociedad”.

La caverna y la libertad. Antes de hablar de su obra cumbre, La era del vacío, recordando cómo en los años 80 la academia denostaba la palabra “individualismo” porque pensaba “casi todo en función de la lucha de clases” en lugar de considerarla como “la llave para entender las transformaciones de la vida social y política”, se refiere a “La estetización del mundo” (ver recuadro) y comenta que en un universo hipermoderno donde el hiperindividualismo y el hiperconsumo se han impuesto, juegan un papel considerable las artes visuales, uno de los puntos más enriquecedores de la charla.

“Damien Hirst no ha hecho más que radicalizar el punto de partida de Warhol, quien reivindicaba el estatus del arte como business (negocio). Con esa legitimación, él y Takashi Murakami pueden hacer desde juguetes hasta remeras, gadgets, carteras, películas, en fin, todo, puesto que funcionan como empresas, a diferencia de lo que ocurría en movimientos opuestos al mercado, a los museos y a la tradición, como el surrealismo. Y lo hacen con el fin explícito de venderlos inmediatamente. Pero atención: los artistas contemporáneos tienen más libertad que los maestros del Renacimiento, que debían ceñirse a contratos sumamente exigentes y precisos no sólo en los precios de las obras sino también en su tamaño, en el plano que debía ocupar cada personaje y en los colores que tenían que utilizar”, dice. Y probando, por si hiciera falta, su capacidad didáctica, remata: “El Papa logró que Miguel Angel retocara cuadros que no le conformaban. En definitiva, Murakami tiene más libertad con Louis Vuitton que la que tenían los artistas del Quattrocento con sus mecenas”.

Enseguida, a pedido de PERFIL, retorna a La era del vacío, reivindica a Barthes, se define como un “filósofo social” y evoca no sin orgullo su trabajo pionero en la consideración del individualismo como “una revolución cultural que transforma la vida de la gente en todos los terrenos”, pues su intención fue acercarse deliberadamente a fenómenos despreciados por la filosofía tradicional, como la publicidad y la moda, para “realizar una especie de fenomenología de la vida cotidiana”.

—¿Por qué considera usted que la filosofía tantas veces se aleja, ya sea en el lenguaje o en la temática, de la vida cotidiana?
—Porque es una forma de esnobismo. Los filósofos suelen menospreciar lo que la gente ama. Esto es así desde Platón. Pero yo no estoy de acuerdo con eso: pienso que la vida cotidiana está llena de cosas interesantes y que el empirismo no es un error ni una ilusión. Hay que quedarse en la caverna para iluminarla un poco. ¿Por qué? Porque es la única que hay.

Una respuesta tan libre como la que ofrece para cerrar un diálogo en el que, en una de las habituales jornadas en las que combina de ocho a diez horas de trabajo con un buen rato de caminata, desecha la existencia de Dios y subraya que, aunque no teme la muerte, no puede decir lo mismo de la vejez y del sufrimiento.

Se sabe: Lipovetsky puede renegar de muchas cosas. Pero para él la libertad, como anotó Juan Carlos Onetti, es “un aire habitual, sin perfumes exóticos, que se respira junto con el oxígeno”.

 

Consumir estética, una obsesión capitalista

Para Gilles Lipovetsky, filosofar es, siguiendo a Spinoza, “aprender a vivir y no a morir”, y “cada libro es una gran aventura amorosa”. El caso de La estetización del mundo. Vivir en la era del capitalismo artístico, la última obra que publicó escrita en conjunto con el escritor, crítico de cine y colega de la Universidad de Grenoble, Jean Serroy, y que ya abandonó a favor de otra que tratará sobre la levedad, no constituye una excepción.

Pero, ¿qué quiere decir el francés con esta idea? Que lo que se produce en el mundo de los medios y de la industria moderna no es sólo sinónimo “de tontería y de pérdida de calidad”, puesto que desde mediados del siglo XIX existe un amplio sector que se desarrolla a través del capitalismo y que ofrece en el mercado bienes estéticos “con una búsqueda de estilo y capaz de producir emociones genuinas”.

La arquitectura, el diseño, la publicidad, la moda, las artes plásticas y la música forman parte de esa lógica según la cual “la sociedad de consumo capitalista, obsesionada por el dinero, ha incorporado el paradigma de la estética por una razón simple: porque vende”.

 

Mujica: el presidente al que el filósofo “adora”

No es frecuente encontrar en Lipovetsky, un hombre para el que “los intelectuales deberían ser más modestos”, respuestas unívocas. Pero eso no ocurre cuando PERFIL le pregunta si comparte el entusiasmo que en tantas partes del mundo despierta el presidente uruguayo José Mujica.
“A Mujica lo adoro porque ha legalizado la marihuana. Hace quince años que soy un liberal en este terreno, pues creo que la legalización de la droga con un control público estricto es la única solución para luchar contra las narcomafias”, dice.

Y agrega: “Es esta una guerra que no se puede ganar. Cuando cierran un cartel, enseguida abren otro o los narcotraficantes emigran. Y aunque habría que analizar qué hacer con las drogas duras, lo que es seguro es que la política antidrogas de los últimos treinta años ha sido un fracaso. Pero no sólo por esto, sino porque los Estados son exitosos cuando adoptan políticas inteligentes, en vez de políticas moralistas afirmadas en la virtud”.



Pablo Cohen